2.1.06

Confieso que he reído

El niño tiene once años. Le han contado un chiste y él, a su vez, lo ha contado a otras personas.

Le remuerde la conciencia y por eso el domingo va a confesarse.

-Me acuso de haber contado un chiste.

-Está bien, hijo, ¿era un chiste de mayores?

-Es que en él interviene Dios y no sé si es pecado.

El niño cree que, para obtener la absolución, tiene que contar el chiste al sacerdote.

-Un obispo está jugando al golf con otra persona. Cada vez que el obispo equivoca un golpe, grita “¡coño, qué fallo!”. Su acompañante le dice: “Reverendo, no es propio de un obispo usar esa expresión. El Señor puede castigarle”. A la tercera vez que el obispo exclama “¡coño, qué fallo!” se abre el cielo y un rayo fulmina, no al obispo, sino a su acompañante. Ante lo cual una voz procedente del Más Allá grita: “¡coño, qué fallo!”.

El confesor rompe a reír y durante un minuto (o sea, una eternidad) sus carcajadas se amplifican por el confesionario y retumban en las paredes. El niño siente que toda la parroquia lo mira mientras siguen sonando las risotadas y hasta el techo de la iglesia parece desternillarse.

1 comentario:

Antón dijo...

Allí se rió hasta el ángel de la guarda.