20.11.09

Labios de hastío

He tenido que beber bastante para escribir esta carta y ahora con el valor que me ha dado el alcohol y metida en una nube la escribo de corrido sin corregir ni tachar porque quiero soltarlo a bote pronto, que siempre he tenido problemas para hablar, que el silencio me acuciaba, no podía contar cosas, no sabía decir nada ocurrente, nada con gracia, menos aún interesar a nadie, con esta voz endeble, raída y casi afónica que tengo, y al mismo tiempo me quemaba el silencio, necesitaba apagarlo, sentía que todo el mundo me pedía romper el silencio, vamos rómpelo, la gente a veces se callaba, todos a la vez, y entonces aunque no me miraran sentía que me miraban y es como si me exigieran, vamos habla, si la charla se ha cortado es por tu culpa, nunca cuentas nada, di algo que haga volver la conversación, y no sé si es timidez o cortedad o apocamiento o como quiera llamarse pero sí sé que me obligaba a decir algo, lo que fuera, aunque una idiotez o una mentira pero que rompiera el silencio y nadie pensara qué sosa, qué insulsa es, y no eran ganas de destacarme sino necesidad de ser tomada por normal, de que no me juzgaran rara, y por eso una vez revelé lo de tu enfermedad, no para hacerte daño, ¿por qué iba a querer hacerte daño? si apenas un conocido del pueblo, sino por parecer interesante, uy lo que ha dicho, anda lo que sabe, y ser estimada o considerada o apreciada o qué se yo, reina por un minuto, hablando desenvuelta sin interrupción de nadie. Y por eso lo conté, y no voy a decir que no supiera el daño que te hacía, a lo mejor no lo había pensado mucho pero saberlo lo sabía, y no me importó decirlo, bueno no sé si me importó o no, pero me importó menos que hacerme la importante, y por eso lo hice, dije el nombre de tu enfermedad, que lo sabía porque trabajo en el hospital y había visto el resultado del análisis, y lo dije, y eso te hizo un daño horrible, se corrió en el pueblo, ¿cómo iban las otras a guardar el secreto si no fui capaz de guardarlo yo?, y desde entonces todos te miraban con malos ojos, te rehuían, ya ves tú una enfermedad que no se contagia más que por la sangre, pero la gente no quería estrecharte la mano ni acercarse ni hablar contigo, y se cambiaban de acera, y no entraban al bar si tú ibas porque bebías en los vasos, y sé que luego los dueños de las tabernas te pidieron que no entraras, que espantabas los clientes, que no te lo tomaras a mal, que era por su familia, el pan de sus hijos, y lo mismo en las tiendas y en la piscina, como un apestado, víctima de mi jodida indiscreción, que nunca hablo y para una vez que debí callarme voy y la pifio, tanto dolor porque me fui de la lengua en el pueblo, ya se sabe pueblo chico infierno grande. Y ahora que he oído que estás ingresado no quiero que te vayas del mundo, pero sobre todo no quiero que te vayas sin decirte esto, que no sirve para nada, que no deshará nada, pero bueno, quiero decirlo, quiero que lo sepas, que te hice daño, que añadí sufrimiento a tu sufrimiento, pero no fue por maldad, créeme que no fue malicia, que no lo hice para hacerte sufrir, no digo que no supiera que te hacía daño, quizá no lo pensé mucho pero saberlo lo sabía, lo hice para que me consideraran me aprobaran me admitieran, para romper el silencio, el bendito e inofensivo silencio.

2 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

Pues está pasando exactamente lo mismo con la gripe A.
Con lo fácil que es pillarla sin tener que hacer nada.
Las personas que la tienen o han tenido están sufriendo el rechazo incluso en los ambulatorios donde no les dejan acercarse al mostrador por llevar la mascarilla puesta.

saiz dijo...

Somos expertos en dañar. No sólo agrediendo. También con las palabras ("lengua afilada / daña más que espada"), con los gestos, con las actitudes... ¿Y si el enfermo, el excluido, el proscrito fuéramos nosotros? Porque podemos serlo, porque nadie está libre de serlo.