23.11.09

La zona oscura

La intimidad de los muertos. Secretos guardados en sus armarios, papeles, estantes... La parte de ellos que ni siquiera revelaron a sus íntimos.

El cajón de la mesa donde trabajaba Javier.

De un sobre extraes la foto amarillenta de una muchacha, probablemente su primer amor; un collar de cuero con el nombre de “Rayo”, el perro de su infancia; y un plano.

Un plano, sí. Un croquis del barrio en que vivías con tus padres: tu casa, las calles próximas, la plaza donde aparcabas el coche.

Anotaciones junto al plano: “Suele llegar a la plaza a las nueve. Cuando ella cruce de acera y antes de que suba a su coche, girar marcha atrás hacia la derecha. Conviene que la chica vea el golpe. Asegurarme de que golpeo el faro. De inmediato bajar y decirle: -¿Es tuyo el coche? Vaya, lo siento, he roto el faro. Perdona, ahora tengo mucha prisa. Pero esta tarde te llamo y arreglamos lo del seguro. No olvidar pedirle el teléfono. Después llamarla y quedar en una cafetería.

La chica” eres tú.

Veinte años sin contártelo, haciéndote creer que vuestro primer encuentro fue casual. Disfrutabas diciendo “nos conocimos por casualidad: gracias a que Javier rompió el faro de mi coche”. Y sin embargo no fue un accidente. Él lo había planeado con detalle: dónde girar, dar marcha atrás, un golpe en el faro… “Perdona, lo siento, qué despiste. Mira, ahora tengo mucha prisa, pero dame tu teléfono y te llamo esta tarde. Tomamos un café y rellenamos el parte del seguro”. Luego más llamadas, citas… Y después, una vida entera juntos.

Trozos de él que no quiso compartir contigo, tal vez con nadie.

Tu voluntad se divide: entre el deseo de saber más y la sensación de allanar un espacio sagrado. Finalmente encuentras un cuaderno de hojas manuscritas, algo parecido a un diario. Si Javier viviera no lo leerías, pero ahora es distinto. ¿Es distinto?

Empiezas a leer su diario pero, en la segunda página, tus pies te llevan a la cocina, enciendes una cerilla y mientras el cuaderno arde te preguntas, como cuando eras niña, de qué color es el fuego.

8 comentarios:

Blanca dijo...

LAS ñañaras de saber... sobre todo siendo mujer. o , ¿ son igual de curiosos los hombres?

al final, yo hubiera leído, jajaja
Saludos amigo Saiz.

saiz dijo...

Sí, Blanca. Supongo que casi todos habríamos leído... Pero creo también que, al hacerlo, habríamos tenido la sensación de pisar un territorio sagrado: algo así como una profanación o un sacrilegio.

Quería pensar -y de paso hacer pensar- sobre la intimidad de los muertos. Que es, a fin de cuentas, la misma intimidad de los vivos cuando ya no están (cuando no estaremos) vivos.

Blanca dijo...

Tienes razón, Saiz,es la misma intimidad de los vivos, solo que los cuerpos no están para descubrirnos y reclamar la intromisión. Caramaba.

Hasta luego.

saiz dijo...

Así es, Blanca. Yo a veces tengo un poco de miedo de que, si de pronto muriera, quedarían a la vista de cualquiera mis papeles, apuntes, notas personales... en mis cajones, carpetas, bolsillos... No es nada transcendente, ningún secreto que vaya a cambiar nada. Son sólo cosas que escribo porque a veces (y esto es algo personal) tengo la sensación de que aquello que no se escribe es como si no se pensara o se sintiera. Pero son cosas que uno mismo debería poder decidir, siempre, si las da a conocer o no a los demás. Y cuando ya no se está con vida, todo queda a merced de los otros. Por eso se me ha ocurrido esa idea de una (inexistente) intimidad post-mortem.

Aquí me quedaré... dijo...

Mañana vuelvo...

Aquí me quedaré... dijo...

También es algo que me preocupa a veces.
Sobre todo si son reflexiones personales sobre algo que pueda entenderse mal cuando ya no podamos aclararla.

Seguramente no lo leería y lo guardaría, lo dejaría para la hoguera de San Juan.

* Mis hermanos me dieron el libro de firmas cuando murió mi madre. En mi familia esas despedidas las hacemos íntmas, sin alborotos.
Lo guardé para leerlo un día... Los hijos, los nietos, pusimos en el, las emociones. Cuando lo abrí, pasado el tiempo, la primera hoja estaba escrita por mi hermana mayor. Era tan personal, emotiva e íntima, que no seguí leyendo. Me costaba traspasar esa intimdad entre mi hermana y mi madre.
La sacaré del otro blog y la pondré en el mío, si os apetece leerla ¿Vale?

Buen comienzo de semana.

Un abrazo

Blanca dijo...

AQUÍ: ¿ERA TAN INTIMO QUE LO PUSISTE EN UN BLOG? ASI ENTENDÍ.


SE HACE UNO ASIDUO DE SAIZ, ¿VERDAD?

Aquí me quedaré... dijo...

No, no Blanca. Puse las sensaciones que sentí.

Me he explicado mal, tú, lo entendiste muy bien.
Sí tienes razón, se hace uno adicto a él.

Besos