1.6.09

Trece

Otra vez tiene que marcharse. Dos años aquí, como en cada sitio, y luego partir.

Otra vez debe despedirse de sus amigos, de aquellos niños que no volverá a ver.

Ha compartido con ellos sus juegos en el parque y en el recreo, ha estado con ellos los dos últimos cursos de Primaria, y ahora que todos sus compañeros van a cumplir trece años hay que irse a otro lugar.

Porque su crecimiento se estancó a los doce años. Y al parecer ya no va a crecer, ni a cambiar, ni a madurar más.

Fue un caso insólito. Los médicos lo diagnosticaron y advirtieron a sus padres: “Es probable que sea un niño vitalicio; que durante toda su vida sea, física y mentalmente, un niño de doce años”. Y los psicólogos les aconsejaron: “Conviene que esté siempre en contacto con otros niños de su edad”.

Y por eso sus padres han venido cambiando de residencia cada dos años. Al llegar a la nueva ciudad le inscriben en un colegio en el penúltimo curso de Primaria, para que esté con niños de once y doce años, y justo cuando va a cumplir trece se mudan a otro sitio. Y vuelta a empezar.

Él se ha encontrado bien así y, al igual que sus padres, ha guardado el secreto. Sabe que no está hecho para vivir en un mundo de adultos. Sabe que ese otro mundo no fue ideado para él.

Pero se le hace duro llegar al final de cada etapa. No tanto despedirse de sus amigos (“nos mudamos: mi padre ha encontrado trabajo en otro sitio”) como ver a éstos salir de la niñez.

Dejan las canciones infantiles y, en su lugar, oyen la FM con auriculares.

Abandonan los tebeos y empiezan a leer libros y revistas.

Dejan de comprar golosinas y se inician en la cerveza, el tabaco, el café.

En la feria ya no hacen caso a los coches de choque y van a verbenas y discotecas.

Dejan los dibujos animados y se las ingenian para ver películas eróticas.

Abandonan las peonzas, los balones, los juegos en el parque y empiezan a citarse con chicas.

Dejan de llevar pantalón corto.

Les sale bigote.

Les cambia la voz…

Siempre igual. Siempre lo mismo. (¿Y cómo puede dejar de gustarles, de pronto, todo lo que hasta ahora les gustaba?)

Con los años han ido cambiando los juegos que los demás niños dejan al cumplir trece años. Al principio eran sencillos, últimamente sofisticados y electrónicos. Pero siempre hay juguetes arrumbados. Siempre hay juegos y diversiones que a los trece años se abandonan.

Si hace memoria, puede recordar hasta ocho sitios en los que ha vivido, ocho ciudades en donde ha sido escolarizado durante dos cursos con niños de once y doce años. Los primeros de aquéllos deben de tener ahora cerca de treinta. Muchos de ellos se habrán casado y serán padres.

Cerca de treinta… Ésa, treinta años, es su edad biológica, su verdadera edad. Pero no: él será siempre un niño de doce.

Sin embargo hoy, inesperadamente, lo siente. Una especie de tensión, un estiramiento más abajo de la barriga, en ese colgajo que sirve para orinar. Nunca antes lo había experimentado, pero ha oído hablar de eso. Sabe lo que significa: la madurez sexual, la pubertad. Y con ella el destierro, la expulsión de la infancia.

Se mira y descubre un bulto en el pantalón, entre las piernas.

“Entonces –se dice-, puede que esta vez no tenga que irme. Puede que no tenga que cambiar de ciudad. Puede que también yo cumpla trece años”.

Y mientras lo piensa, le invade una rara mezcla de miedo y de esperanza.

4 comentarios:

Saphira dijo...

Siempre vuelve a empezar. Es un encantador relato, me hace recordar a Peter Pan que era un niño eterno y tambien al niño que se supone todos llevamos dentro y que sería genial no perdamos. Muchas veces también hago una valoración de lo que me rodea y de lo que me rodeaba entonces y tambien creo haber perdido buenas cosas por otras no tanto pero que son "de adultos" como si eso significara que son geniales de por si.
Besos

saiz dijo...

Gracias, Sahphira. Tu comentario no es un comentario, sino un complemento del relato. Besos también para ti.

Blanca dijo...

Me parece un relato de pesadilla, de mal sueño, desesperante para el sujeto, extraño para haberlo imaginado.Hasta luego.

saiz dijo...

Gracias, Blanca, por tu opinión. Yo también creo que ser una especie de Peter Pan no debe ser plato de gusto. Pero intenté imaginarlo.