26.4.10

Cuando un amigo se va

No tiene nombre. No es un castaño, ni un roble, ni un peral, ni una higuera. Tendrá, a lo sumo, un nombre en latín en libros de botánica. Pero no lo necesita. Es, simplemente, el árbol.

Tampoco se sabe quién lo plantó. Sólo se sabe que es alto, grueso y frondoso. Y que está “desde siempre” en el patio del colegio.

Bajo su copa han jugado muchas generaciones de niños. Casi todos han trepado por su tronco, han atado una cuerda a alguna rama para hacer un columpio y se han sentado a su sombra a la hora del recreo. Algunos han escrito en su corteza el nombre de su amor, de ese amor primigenio de los doce años.

La caída de sus hojas avisaba del otoño. El verdecer de sus ramas anunciaba otro abril, de nuevo manga corta, el final de otro curso. Hacia mayo le brotaban unas flores pequeñas y blancas, que esparcían en el patio un olor dulce. Y después unos frutos morados y redondos, supuestamente no comestibles (aunque muchos niños de Preescolar los mordieron y no les pasó nada), que servían para jugar a las canicas.

Hoy van a derribarlo. Se ha hecho viejo y su tronco se ha ablandado. La madera presenta signos de podredumbre. Está enfermo.

La noticia ha corrido por el barrio. Los alumnos lo han dicho a sus padres, muchos de los cuales acudieron, de niños, también a ese colegio.

Por eso es mucha gente la que asiste al derrumbe. Tres operarios van a talarlo. Mientras uno corta con la motosierra, los otros tiran de una cuerda atada al tronco.

Finalmente se dobla y cae. Despacio, sin estrépito (sus ramas amortiguan la caída), hasta quedar yacente en el patio. En ese patio que ya no será el mismo.

Cuando está en el suelo, muchos se acercan a verlo. El tronco amputado exhibe incontables círculos concéntricos. Hay quien arranca hojas y se las guarda en el bolsillo. Junto a una de las ramas se ve un nido. En el suelo hay trozos de cascarón: huevos de pájaro rotos al caer.

Algunos de los congregados se van sin despedirse, apresuradamente, temerosos de que los demás les vean llorar por un árbol.

2 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

Vi llorar a un vecino de 45 años, mientras talaban los árboles para construir los túneles de la M-30
Mirábamos desconsolados los vecinos la destrucción de tan bonita zona.
Me comentaba llorando amargamente que ese árbol lo había plantado su padre el día que él - Alberto- cumplió los cinco años.

Abrazos

saiz dijo...

Y encima, en el caso que dices no es que el árbol estuviera viejo ni enfermo. Es que había que sacrificarlo en el altar del dios-automóvil.