1.6.10

Qué lástima pero adiós

Soñé que estaba en un bar. Aparte del camarero y de mí, sólo había un hombre mayor. No nos conocíamos de nada, pero se dirigió a mí:

-Permita que le invite. Hoy es mi primer día de jubilación.

Entonces, mientras me bebía la cerveza, empezó a contarme su historia.

-Mi vida ha sido dura. De pequeño no fui a la escuela. Tenía que ayudar a mi padre en el trabajo. Iba con él a los ríos y arroyos, en un carro tirado por mulos, a recoger la arena de los bordes. Después de cargarla la cribábamos para limpiarla de guijarros, y luego íbamos por las obras vendiendo la arena como material de construcción.

También me refirió que más tarde trabajó de mecánico.

-Un día, sin venir a cuento, el dueño del taller me despidió. Esa noche, con la preocupación, me dio un infarto y estuve a punto de morir. Pero me repuse. Unos meses después abrí mi propio taller y acabé obligando a quien me había echado a trasladar su negocio.

La suya no era una historia especialmente interesante, pero me gustaba oírla. (En general, me gusta que la gente me cuente historias, sobre todo si son reales.) Me sentía bien en aquel sitio y con aquella compañía.

Sin embargo, indiferente a mis gustos, el despertador sonó.

Con su riiiiing se borró todo: el bar, el camarero, el hombre que me contaba su vida…

Dentro de mi sueño yo sabía que probablemente no vería más a aquel hombre. Pero me dolió irme de allí de esa manera, sin despedirme de él y ni siquiera agradecer su invitación.

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