14.11.11

Travesía

En el fondo de sus pensamientos, todos intuían que no había tierra prometida. Que la tierra prometida (ese ansiado vergel al final del camino) no existía. Pero nadie se atrevía a cuestionarla, ni a cuestionársela. Repelían al instante todo asomo de duda. Ni siquiera se permitían contemplar esa hipótesis. Todo lo demás podía discutirse, ponerse en cuestión, objetarse, incluso descreerse; pero la tierra prometida no. Cuestionarla era un delito. Cuestionársela, un pecado. Nada tan vital como no dudar de ella. Porque, sin tierra prometida, ¿cómo sacar fuerzas para atravesar, para afrontar día a día y noche a noche, el desierto?

2 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

¿Donde puede estar?

Saiz, aunque veas -cosas tontas- en mi blog, tiene una razón
En noviembre me ahogo un poco y necesito alguna tontería para respirar.

Un abrazo

saiz dijo...

No he visto ninguna tontería. Y en todo caso, aunque alguna locura hubiera, ¿sabes una cosa?: Recientes estudios han demostrado que hacer locuras de vez en cuando es sanísimo para la salud mental.

Abrazos.