15.3.10

Tenía 12 años

Tenía 12 años. Acabó de leer El principito. Llegó al párrafo en que el aviador (ese aviador que no se identifica pero se supone que es el propio Saint-Exupéry) dice:

Éste es, para mí, el paisaje más bello y más triste del mundo… Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra y luego desapareció…

Si llegáis a pasar por allí, os lo suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño se acerca a vosotros, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se le pregunta, adivinaréis quién es. Sed, entonces, amables. No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto
”.

Y entonces le invadió una extraña tristeza. Porque se dio cuenta de que, si bien podría releerlo muchas veces, nunca más podría descubrirlo. Nunca más podría sentir la fascinación, el asombro de encontrarlo.

Tenía 12 años y aún le quedaban algunas cosas por descubrir. Pero ya no más, ya nunca más El principito por primera vez.

3 comentarios:

M.Carme dijo...

Si la alegria de la primera vez que se hace algo, no se repite una segunda. Lo que no quiere decir que la segunda vez no nos guste el Principito incluso más que la primera.
Saludos

M.Carme dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
saiz dijo...

Sí, M. Carme. Yo he leído el Principito varias veces, pero sólo la primera vez experimenté el asombro y la fascinación de descubrirlo.

Oí una frase, una pregunta: "¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?".

Es lo malo de hacerse adultos: que el mundo deja de ser un descubrimiento, una revelación; porque casi todo es ya sabido y consabido. Supongo que por eso recordamos los años de la infancia como si hubieran durado largo tiempo, porque en ellos las viviencias eran mucho más intensas, ya que continuamente estábamos descubriendo cosas.