4.10.11

Trece

Otra vez tiene que marcharse. Dos años aquí, como en cada sitio, y luego partir.

Otra vez debe despedirse de sus amigos, de aquellos niños que no volverá a ver.

Ha compartido sus juegos en el parque y en el recreo, ha estado con ellos los dos últimos cursos de Primaria, y ahora que todos sus compañeros van a cumplir trece años hay que irse a otro lugar.

Porque su crecimiento se estancó a los doce años. Y según parece no va a crecer, ni a cambiar, ni a madurar más.

Fue un caso insólito. Los médicos lo diagnosticaron y advirtieron a sus padres: “Es probable que sea un niño vitalicio; que toda su vida sea, física y mentalmente, un niño de doce años”. Y los psicólogos les aconsejaron: “Conviene que esté siempre en contacto con niños de su edad”.

Y por eso sus padres han venido cambiando de residencia cada dos años. Al llegar a la nueva ciudad le inscriben en un colegio en el penúltimo curso de Primaria, para que esté con niños de once y doce años, y justo al terminar el ciclo se mudan a otro sitio. Y vuelta a empezar.

Él se ha sentido bien así y, al igual que sus padres, ha guardado el secreto. Sabe que no está hecho para vivir en un mundo de adultos. Sabe que ese otro mundo, el de los mayores, no fue ideado para él.

Pero se le hace duro llegar al final de cada etapa. No tanto despedirse de sus amigos (“nos mudamos: mi padre ha encontrado trabajo en otro sitio”) como ver a éstos salir de la niñez.

Sí: ellos dejan las canciones infantiles y oyen música-disco con auriculares.

Ellos abandonan los tebeos y empiezan a leer libros y revistas.

Ellos dejan de comprar golosinas y se estrenan en la cerveza, el tabaco, el café.

En la feria no hacen caso a los coches de choque y, en su lugar, van a discotecas.

Dejan los dibujos animados y se las ingenian para ver películas eróticas.

Abandonan las peonzas, los balones, los juegos en el parque y empiezan a citarse con chicas.

Dejan de llevar pantalón corto.

Les crecen pelos más arriba de la boca.

Les cambia la voz…

Siempre igual. Siempre lo mismo. (¿Y cómo puede dejar de gustarles, de pronto, todo lo que hasta ahora les gustaba?)

Con los años han ido cambiando los juegos que los demás dejan al cumplir trece años. Al principio eran sencillos, últimamente sofisticados y electrónicos. Pero siempre hay juguetes arrumbados. Siempre hay juegos y diversiones que al cumplir trece años se abandonan.

Si hace memoria, puede recordar hasta ocho sitios en los que ha vivido, ocho ciudades en donde ha sido escolarizado durante dos cursos con niños de once y doce años. Los primeros de aquéllos deben de tener ahora cerca de treinta. Muchos se habrán casado y serán padres.

Cerca de treinta… Ésa, treinta años, es su edad biológica, su verdadera edad. Pero no: él será siempre un niño de doce.

Sin embargo hoy, inesperadamente, lo siente. Una especie de tensión, un estiramiento más abajo de la barriga, en ese colgajo que sirve para orinar. Nunca antes lo había experimentado, pero ha oído hablar de eso. Sabe lo que significa: la madurez sexual, la pubertad. Y con ella el destierro, la expulsión de la infancia.

Se mira y descubre un bulto en el pantalón, entre las piernas.

“Entonces –se dice-, puede que esta vez no tenga que irme. Puede que no tenga que cambiar de ciudad. Puede que también yo cumpla trece años”.

Y al pensarlo, le invade una rara mezcla de miedo y esperanza.

6 comentarios:

M. Carme dijo...

No todos cruzamos el umbral a los trece, aunque me parece que el miedo y la esperanza es el mismo.El desconocimiento de lo que nos espera y de lo que seremos mañana así nos lo hace sentir.
Saludos

Aquí me quedaré... dijo...

De nuevo me dejas con la boca abierta.

Es magnífico el relato.

Un abrazo

saiz dijo...

Gracias a vosotras por vuestra lectura. Es verdad que no se cruza el umbral al mismo tiempo por todo el mundo, pero lo que está claro es que hay un umbral. Ah, por cierto, ahora que no nos oye nadie, el relato se me ocurrió mientras veía con mis hijas una de las películas de la "saga" Toy Story.

Blanca dijo...

Que relato Saiz,me da para pensar, eso, no en como seguimos, si no, en si no siguiésemos, si tuviésemos que estar siempre en la misma edad. Y me recuerda como, muchas madres nos oponemos a que los hijos crezcan; que tremendo si se nos cumpliera el gusto. Gracias. Un abrazo.

saiz dijo...

Y no sólo madres, también padres. Pero en gran medida es por miedo a que sufran. Nos gustaría tenerlos siempre bajo nuestro amparo, como la gallina que protege con su ala a los polluelos. Hay una canción de Serrat ("Esos locos bajitos") que dice

Nada ni nadie puede evitar que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día nos digan Adiós.

Anónimo dijo...

Si, lo conozco, a Serrat y los locos bajitos. Pero crecemos y el yugo estorba.
Blanca