Cuando el jefe me trata mal, maltrato a mis subordinados.
Si los que mandan me denigran, denigro a los inferiores.
Así me desquito.
Supongo que los demás hacen lo mismo: reacción en cadena, como fichas de dominó derribándose unas a otras.
Los domingos insulto al árbitro y me resarzo de mi vejación semanal.
Mi estatus de agredido se compensa con el de agresor. Una equis en la quiniela.
Hasta hoy ha sido así.
Pero esta mañana, en la fábrica, el candado no abría. De modo que he cogido una cizalla y he apretado con todas mis fuerzas. Apenas podía creerlo: la cadena se ha partido. Mira por dónde soy más fuerte de lo que pensaba.
Al ver el eslabón roto, me he propuesto quebrar otras cadenas: No tratar mal a quien me maltrate. No insultar aunque me insulten. Respetar al que no me respete.
La pregunta es ¿seré capaz?
29.5.09
28.5.09
En mi honor
Mi amigo: “Tienes que conocer mi pueblo, la casa de mis padres en mitad del campo”.
Su madre: “Para cenar hay costillas. Hemos matado la marrana en honor a tu amigo. Al despiezarla hemos visto que estaba preñada”.
Pruebo las costillas, están deliciosas. “Qué rico, qué rico, exquisito todo”. Soy un ser omnívoro, no vegetariano. Estaba preñada, no se habían dado cuenta. Fue al descuartizarla (¿no ha dicho eso?). Lo que duele y restriega es que haya sido en mi honor.
Su madre: “Para cenar hay costillas. Hemos matado la marrana en honor a tu amigo. Al despiezarla hemos visto que estaba preñada”.
Pruebo las costillas, están deliciosas. “Qué rico, qué rico, exquisito todo”. Soy un ser omnívoro, no vegetariano. Estaba preñada, no se habían dado cuenta. Fue al descuartizarla (¿no ha dicho eso?). Lo que duele y restriega es que haya sido en mi honor.
27.5.09
Erratas
Otros coleccionan sellos, mariposas, relojes de arena. Tú coleccionas errores. Errores ajenos. Devoras periódicos y recortas cuantas noticias tratan sobre errores. Un oleoducto incendiado por imprevisión del ingeniero, un accidente aéreo por descuido del comandante, trenes que han chocado porque se distrajo el guardagujas, futbolistas que al despejar marcan gol en propia meta, errores judiciales, negligencias médicas (esto sobre todo).
Te gusta agrandar la colección. Aligeras así tu propia culpa. Hace veinte años cometiste un error. Desde entonces lo arrastras. Eres traumatólogo y generalmente trabajas bien. Menos aquella vez. Erraste el diagnóstico, erraste el pronóstico, lo erraste todo. Aquel niño perdió una pierna, al final hubo que amputársela. Llevas veinte años sin verlo (cambiaste de clínica, te mudaste de ciudad) pero cada día te visita. Varias veces. Él ignora que fue culpa tuya, pero tú estas seguro. David Altozano Fuentes: tres palabras, tres pedradas cada despertar. Y necesitas saber que los demás también fallan. Mal de muchos… Por eso coleccionas errores.
Pero hoy las tres pedradas vienen en el periódico: “David Altozano Fuentes. Entrevista con el tenor”. No puede ser, pero sí. Lo lees: es él, no cabe duda. Tiene 31 años, barba crecida, ya no se parece al rostro que ves cuando despiertas. Habla de sí mismo: su carrera, sus inicios en el canto, el éxito reciente. También alude a su vida privada: está casado, tiene una hija, dice ser feliz. El entrevistador le pregunta: “¿Cómo le afectó a usted perder una pierna?”. David contesta: “Fue un accidente desgraciado. Los médicos hicieron lo que pudieron, pero no resultó. No obstante lo encajé bien. Supongo que tuvo algo que ver con mi posterior vocación por la ópera: ya que no podía jugar al fútbol como los demás niños, aprendí solfeo y me apunté a un coro”.
Mentira: el médico (no sé por qué lo dice en plural) no hizo lo que pudo. Hiciste algo pero lo hiciste mal.
Miras la foto, miras los ojos de la foto.
Tal vez David Altozano Fuentes y tú tengáis pendiente un encuentro. Y respecto a tu colección, en la calle hay contenedores para el papel reciclable.
Te gusta agrandar la colección. Aligeras así tu propia culpa. Hace veinte años cometiste un error. Desde entonces lo arrastras. Eres traumatólogo y generalmente trabajas bien. Menos aquella vez. Erraste el diagnóstico, erraste el pronóstico, lo erraste todo. Aquel niño perdió una pierna, al final hubo que amputársela. Llevas veinte años sin verlo (cambiaste de clínica, te mudaste de ciudad) pero cada día te visita. Varias veces. Él ignora que fue culpa tuya, pero tú estas seguro. David Altozano Fuentes: tres palabras, tres pedradas cada despertar. Y necesitas saber que los demás también fallan. Mal de muchos… Por eso coleccionas errores.
Pero hoy las tres pedradas vienen en el periódico: “David Altozano Fuentes. Entrevista con el tenor”. No puede ser, pero sí. Lo lees: es él, no cabe duda. Tiene 31 años, barba crecida, ya no se parece al rostro que ves cuando despiertas. Habla de sí mismo: su carrera, sus inicios en el canto, el éxito reciente. También alude a su vida privada: está casado, tiene una hija, dice ser feliz. El entrevistador le pregunta: “¿Cómo le afectó a usted perder una pierna?”. David contesta: “Fue un accidente desgraciado. Los médicos hicieron lo que pudieron, pero no resultó. No obstante lo encajé bien. Supongo que tuvo algo que ver con mi posterior vocación por la ópera: ya que no podía jugar al fútbol como los demás niños, aprendí solfeo y me apunté a un coro”.
Mentira: el médico (no sé por qué lo dice en plural) no hizo lo que pudo. Hiciste algo pero lo hiciste mal.
Miras la foto, miras los ojos de la foto.
Tal vez David Altozano Fuentes y tú tengáis pendiente un encuentro. Y respecto a tu colección, en la calle hay contenedores para el papel reciclable.
26.5.09
El porqué de las cosas
…quién conducía, quién movía aquel horrible tren
(D. ALONSO)
Si resultara que sí, que al final hay un juicio, alguien ante quien rendir cuenta de nuestros pasos, y el juez es el mismo que diseñó esto… De ser así, se haría más asumible si admitiera preguntas. Si, antes o después del veredicto, permitiera inquirirle:
¿Por qué lo hiciste así?
¿Por qué tan cruel, desigual y arbitrario?
¿Por qué el éxito de lo impuro?
¿Por qué el azar?
¿Por qué vidas segadas, masacres, hambrunas?
Debe de haber respuesta, explicación. Puede incluso que, tras oírla, nos resulte entendible.
Si el Inextricable pesa con su balanza nuestras acciones, ¿podremos también nosotros medir (una vez esclarecido nuestro rasero) las suyas?
(D. ALONSO)
Si resultara que sí, que al final hay un juicio, alguien ante quien rendir cuenta de nuestros pasos, y el juez es el mismo que diseñó esto… De ser así, se haría más asumible si admitiera preguntas. Si, antes o después del veredicto, permitiera inquirirle:
¿Por qué lo hiciste así?
¿Por qué tan cruel, desigual y arbitrario?
¿Por qué el éxito de lo impuro?
¿Por qué el azar?
¿Por qué vidas segadas, masacres, hambrunas?
Debe de haber respuesta, explicación. Puede incluso que, tras oírla, nos resulte entendible.
Si el Inextricable pesa con su balanza nuestras acciones, ¿podremos también nosotros medir (una vez esclarecido nuestro rasero) las suyas?
25.5.09
Y vuelta a empezar
Camaradas: No ha sido fácil esta lucha. Muchos compañeros se han dejado la vida en ella. Otros la hemos arriesgado. Pero al final ha merecido la pena. Hemos acabado con una dictadura que parecía eterna. Ahora sabemos que nada es más fuerte que la voluntad de nuestro pueblo. Y tenemos que consolidar la victoria. No podemos tolerar desviaciones ni resquicios por donde puedan volver los amigos del tirano. Por eso es necesario instaurar nuestro régimen. Un partido único que garantice la soberanía del pueblo. Que impida que, al refugio de las libertades formales, vuelva la misma represión que padecimos. Será el partido de las bases quien asegure los derechos de todos. El derecho a la igualdad y prosperidad tal como las entendemos. El derecho a vivir de acuerdo con nuestros anhelos. El derecho a desarrollar nuestro programa. El derecho a divulgar las ideas del partido y a acallar a quienes las traicionen. El derecho del pueblo, digo del partido (vamos: el pueblo es el partido), a elegir a sus dirigentes. Libres de impureza ideológica y defendidos de nosotros mismos, nos mantendremos fieles a la revolución.
22.5.09
Una sombra, una ficción
Pensabas asistir a un coloquio sobre cooperación internacional cuando de pronto te encontraste oyendo una conferencia sobre el tiempo. No el de los barómetros: el de los relojes. Se ve que te confundiste de sala. Y una vez allí te dio apuro levantarte.
Era un físico, al parecer eminente, quien hablaba. Ya que habías llevado folios para tomar notas, apuntaste algunas frases. Como éstas:
“El tiempo es el modo como percibimos el aumento de entropía o desorden termodinámico subsiguiente a la expansión del universo. La dirección del tiempo en que el desorden aumenta es la misma en que el universo se expande”.
Así lo dijo, textualmente.
O sea: que según eso el tiempo es una alucinación, pura entelequia sin base objetiva. Un espejismo producido por la expansión del cosmos. Se supone entonces que, en puridad, nada ocurrió. No hubo guerras, campos de concentración ni genocidios. Tampoco sufrimiento, piedad ni decencia. A nivel cósmico todo es una engañifa. No es que la historia sea mentira, es que no hay historia. Algo así como el sueño o las ilusiones ópticas: percibimos cosas irreales. Y oye, para ser ficción podría al menos tener gracia…
No lo comprendes, pero tampoco sabes cómo funcionan muchos artefactos que usas (máquinas, ordenador…), y no por eso los cuestionas. De modo que, si siempre es nunca, no vale la pena preocuparse por nada. Visto así, es tranquilizador que el tiempo no exista. Lástima no haberte enterado antes.
Era un físico, al parecer eminente, quien hablaba. Ya que habías llevado folios para tomar notas, apuntaste algunas frases. Como éstas:
“El tiempo es el modo como percibimos el aumento de entropía o desorden termodinámico subsiguiente a la expansión del universo. La dirección del tiempo en que el desorden aumenta es la misma en que el universo se expande”.
Así lo dijo, textualmente.
O sea: que según eso el tiempo es una alucinación, pura entelequia sin base objetiva. Un espejismo producido por la expansión del cosmos. Se supone entonces que, en puridad, nada ocurrió. No hubo guerras, campos de concentración ni genocidios. Tampoco sufrimiento, piedad ni decencia. A nivel cósmico todo es una engañifa. No es que la historia sea mentira, es que no hay historia. Algo así como el sueño o las ilusiones ópticas: percibimos cosas irreales. Y oye, para ser ficción podría al menos tener gracia…
No lo comprendes, pero tampoco sabes cómo funcionan muchos artefactos que usas (máquinas, ordenador…), y no por eso los cuestionas. De modo que, si siempre es nunca, no vale la pena preocuparse por nada. Visto así, es tranquilizador que el tiempo no exista. Lástima no haberte enterado antes.
21.5.09
De cuando había objeción
Quien no aceptaba el servicio militar debía cumplir la PSS. Prestación social sustitutoria. Él escoge hacerla en la playa, como socorrista. Tiene que vigilar desde su torreta, evitar riesgos y percances. Casi a diario hay una falsa alarma: alguien que parece precisar ayuda y que, tras lanzársele el salvavidas, resulta que estaba bromeando. Y también debe colgar la bandera: verde si hay mar tranquilo, amarilla si revuelto, y roja si se prohíbe el baño.
A veces amanece con viento y hay que izar bandera roja: todo el mundo en la arena sin osar zambullirse. Luego, al despejarse el día, amaina el viento y las olas menguan. Bandera verde. De inmediato el mar se llena de barrigas, bikinis, flotadores de goma, colchones inflables…
Entonces el socorrista admira el poder del trapo verde y, contemplándolo con respeto, piensa: “Para que luego digan que los objetores no honramos la bandera”.
A veces amanece con viento y hay que izar bandera roja: todo el mundo en la arena sin osar zambullirse. Luego, al despejarse el día, amaina el viento y las olas menguan. Bandera verde. De inmediato el mar se llena de barrigas, bikinis, flotadores de goma, colchones inflables…
Entonces el socorrista admira el poder del trapo verde y, contemplándolo con respeto, piensa: “Para que luego digan que los objetores no honramos la bandera”.
20.5.09
Y han convenido todos
Hace tiempo que supe de la afición de mi tío a coleccionar diccionarios. Los tenía de casi todos los idiomas: indoeuropeos, árabes, semíticos, africanos, polinesios, precolombinos… Lenguas vivas y muertas. Incluso dialectos y lenguas inventadas.
Pero no suponía que tuviera tantos diccionarios. Cuando, tras morir sin descendencia, heredé su biblioteca, me entretuve hojeándolos durante varios días.
Llegó a obsesionarme una duda: ¿Habrá algo que se diga igual en todos los idiomas? Así fue como encontré cientos de vocablos para decir nube, para decir ojo, para decir alfombra…
Un día que mi mastín entró en la biblioteca, se me ocurrió buscar “perro” y descubrí mil palabras para decirlo. Entonces empecé a llamarle con todos sus nombres: los que los humanos de todas las culturas hemos inventado para decir perro. A todas las palabras respondía, levantaba las orejas y me miraba.
Así que, en cierto modo, lo encontré. El lenguaje universal es el tono. Entonadas con afecto, en cualquier idioma las palabras significan afecto.
Pero no suponía que tuviera tantos diccionarios. Cuando, tras morir sin descendencia, heredé su biblioteca, me entretuve hojeándolos durante varios días.
Llegó a obsesionarme una duda: ¿Habrá algo que se diga igual en todos los idiomas? Así fue como encontré cientos de vocablos para decir nube, para decir ojo, para decir alfombra…
Un día que mi mastín entró en la biblioteca, se me ocurrió buscar “perro” y descubrí mil palabras para decirlo. Entonces empecé a llamarle con todos sus nombres: los que los humanos de todas las culturas hemos inventado para decir perro. A todas las palabras respondía, levantaba las orejas y me miraba.
Así que, en cierto modo, lo encontré. El lenguaje universal es el tono. Entonadas con afecto, en cualquier idioma las palabras significan afecto.
19.5.09
Para tener la alegría
Registro civil. Sección de matrimonios.
El encargado examina el expediente. Los solicitantes están divorciados. Cada uno se había casado dos veces antes. Sigue pasando hojas y apenas da crédito a sus ojos cuando observa que ambos enlaces fueron… entre ellos. O sea: que se casaron, se divorciaron, se reconciliaron, volvieron a casarse, se divorciaron otra vez… y ahora de nuevo se casan.
El funcionario especula: ¿Será para evadir impuestos? ¿Será para escaquearse del trabajo (quince días de permiso por cada boda)?
Como no hay impedimento, finalmente se aprueba el enlace. Junto al salón nupcial, los novios e invitados esperan el momento de la boda. Vestidos con atuendo flamenco, palmean y cantan:
Si me enamoro algún día
me desenamoraré
para tener la alegría
de enamorarme otra vez.
Y entonces se entiende todo.
El encargado examina el expediente. Los solicitantes están divorciados. Cada uno se había casado dos veces antes. Sigue pasando hojas y apenas da crédito a sus ojos cuando observa que ambos enlaces fueron… entre ellos. O sea: que se casaron, se divorciaron, se reconciliaron, volvieron a casarse, se divorciaron otra vez… y ahora de nuevo se casan.
El funcionario especula: ¿Será para evadir impuestos? ¿Será para escaquearse del trabajo (quince días de permiso por cada boda)?
Como no hay impedimento, finalmente se aprueba el enlace. Junto al salón nupcial, los novios e invitados esperan el momento de la boda. Vestidos con atuendo flamenco, palmean y cantan:
Si me enamoro algún día
me desenamoraré
para tener la alegría
de enamorarme otra vez.
Y entonces se entiende todo.
17.5.09
Los años perdidos
Mi perra desapareció hace cuatro años. La dejé atada junto a la puerta de un supermercado (al que no dejaban pasar con perros) y cuando salí ya no estaba. Probablemente me la robaron.
Fue un golpe duro para toda la familia, especialmente para mis hijos, tan acostumbrados a jugar con ella.
La buscamos por todas partes, pusimos carteles con su fotografía, incluso ofrecimos una recompensa a quien la devolviera o encontrara... Pero fue inútil.
Poco a poco fuimos asumiendo su pérdida. Nos resignamos a no volver a verla más.
Sin embargo, hace una semana mi perra apareció. Nos telefonearon desde una ciudad que dista más de cuatrocientos kilómetros de la nuestra. Según nos dijeron, unos policías locales la habían encontrado suelta, en la calle, y la habían llevado a la perrera municipal. Allí leyeron, con un aparato adecuado, el micochip que llevaba en una oreja (se lo habían puesto la primera vez que la llevamos a vacunar) y por ese medio dieron con nosotros.
Ya podéis imaginar nuestra sorpresa y nuestra alegría.
Al día siguiente recorrimos en coche los cuatrocientos kilómetros para recoger a la perra. Estaba casi irreconocible: demacrada, sucia y llena de mordiscos y arañazos. Había perdido varios kilos. Pero indudablemente era ella. Empezó a lamernos y a mover el rabo tan pronto nos acercamos. Y, por supuesto, seguía atendiendo a su nombre (Nala).
Ahora, como digo, lleva una semana en casa. En este tiempo ha mejorado su aspecto. Está limpia y ha ganado algo de peso. Ha reanudado sus hábitos: las carreras por el parque mientras yo hago footing, el mismo cesto de dormir… Todo igual que antes de desaparecer hace cuatro años.
En este momento me está mirando. Yo la acaricio y le digo: “Cuéntame tu historia. Sí, dime, ¿qué te pasó? ¿Te robaron? ¿Te perdiste? ¿Cuántos caminos has andado? ¿Has tenido que cazar para comer? ¿Has sentido miedo y frío y tristeza? ¿Has conocido a otra gente? ¿Has conocido a otros perros?... Vamos, cuéntamelo todo”.
Y sé que, si pudiera -si sus labios se lo permitiesen-, me lo contaría.
Pero no puede. Ella conoce su historia (“Los años perdidos de Nala”) pero no puede narrármela. Así que me quedo con la intriga, con la decepción de no poder oír tan fascinante relato.
Fue un golpe duro para toda la familia, especialmente para mis hijos, tan acostumbrados a jugar con ella.
La buscamos por todas partes, pusimos carteles con su fotografía, incluso ofrecimos una recompensa a quien la devolviera o encontrara... Pero fue inútil.
Poco a poco fuimos asumiendo su pérdida. Nos resignamos a no volver a verla más.
Sin embargo, hace una semana mi perra apareció. Nos telefonearon desde una ciudad que dista más de cuatrocientos kilómetros de la nuestra. Según nos dijeron, unos policías locales la habían encontrado suelta, en la calle, y la habían llevado a la perrera municipal. Allí leyeron, con un aparato adecuado, el micochip que llevaba en una oreja (se lo habían puesto la primera vez que la llevamos a vacunar) y por ese medio dieron con nosotros.
Ya podéis imaginar nuestra sorpresa y nuestra alegría.
Al día siguiente recorrimos en coche los cuatrocientos kilómetros para recoger a la perra. Estaba casi irreconocible: demacrada, sucia y llena de mordiscos y arañazos. Había perdido varios kilos. Pero indudablemente era ella. Empezó a lamernos y a mover el rabo tan pronto nos acercamos. Y, por supuesto, seguía atendiendo a su nombre (Nala).
Ahora, como digo, lleva una semana en casa. En este tiempo ha mejorado su aspecto. Está limpia y ha ganado algo de peso. Ha reanudado sus hábitos: las carreras por el parque mientras yo hago footing, el mismo cesto de dormir… Todo igual que antes de desaparecer hace cuatro años.
En este momento me está mirando. Yo la acaricio y le digo: “Cuéntame tu historia. Sí, dime, ¿qué te pasó? ¿Te robaron? ¿Te perdiste? ¿Cuántos caminos has andado? ¿Has tenido que cazar para comer? ¿Has sentido miedo y frío y tristeza? ¿Has conocido a otra gente? ¿Has conocido a otros perros?... Vamos, cuéntamelo todo”.
Y sé que, si pudiera -si sus labios se lo permitiesen-, me lo contaría.
Pero no puede. Ella conoce su historia (“Los años perdidos de Nala”) pero no puede narrármela. Así que me quedo con la intriga, con la decepción de no poder oír tan fascinante relato.
16.5.09
Gira
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida.
-Una docena de huevos.
-Son siete pesetas. Deja la huevera con el dinero.
Unos segundos después el torno gira. Reaparece la huevera, con sus doce (¿por qué doce?) cubiles llenos y las monedas del cambio.
-Madre, ¿hay recortes?
-Espera, voy a ver.
El torno vuelve a girar. Ahora un cucurucho de papel de estraza. Dentro, recortes de oblea. (Antes de consagrar, las hostias se llaman obleas.) El niño empieza a comerlas.
Los recortes no saben a nada. No pueden compararse con las chuches de Joaquinica. Será por eso que los regalan. Sin embargo apetece licuarlos en la boca, tragarlos sin masticar. (Los chicles se mastican pero no se tragan; las obleas se tragan pero no se mastican.)
Le gusta comprar huevos, cerezas, dulces del convento.
A veces envidia a sus habitantes invisibles. Junto al torno imagina ese mundo secreto: un jardín lleno de gallinas, vacas, árboles, horno de pan; sin colegio ni deberes. El paraíso. Y piensa: “Qué mala pata: sólo las mujeres pueden ser monjas”.
Aunque han pasado décadas, cuando atraviesa una puerta giratoria (en el hotel, el aeropuerto…) se acuerda del torno.
El torno –ya lo dice su nombre- siempre vuelve.
-Sin pecado concebida.
-Una docena de huevos.
-Son siete pesetas. Deja la huevera con el dinero.
Unos segundos después el torno gira. Reaparece la huevera, con sus doce (¿por qué doce?) cubiles llenos y las monedas del cambio.
-Madre, ¿hay recortes?
-Espera, voy a ver.
El torno vuelve a girar. Ahora un cucurucho de papel de estraza. Dentro, recortes de oblea. (Antes de consagrar, las hostias se llaman obleas.) El niño empieza a comerlas.
Los recortes no saben a nada. No pueden compararse con las chuches de Joaquinica. Será por eso que los regalan. Sin embargo apetece licuarlos en la boca, tragarlos sin masticar. (Los chicles se mastican pero no se tragan; las obleas se tragan pero no se mastican.)
Le gusta comprar huevos, cerezas, dulces del convento.
A veces envidia a sus habitantes invisibles. Junto al torno imagina ese mundo secreto: un jardín lleno de gallinas, vacas, árboles, horno de pan; sin colegio ni deberes. El paraíso. Y piensa: “Qué mala pata: sólo las mujeres pueden ser monjas”.
Aunque han pasado décadas, cuando atraviesa una puerta giratoria (en el hotel, el aeropuerto…) se acuerda del torno.
El torno –ya lo dice su nombre- siempre vuelve.
15.5.09
Cuéntame
Cuéntame tu vida. Sí, cuéntamela.
Por aburrida que sea, a mí no va a aburrirme.
Recórrela página a página, capítulo a capítulo, tal como la realidad la fue escribiendo.
Cuéntame su fluir. Cuéntame sus remansos y sus remolinos.
Cuéntame tu vida. Cuéntamela por fuera y por dentro (qué sentías, que vivías, mientras la vivías).
Cuéntame tu vida. Léeme esa novela que en ti se autoescribió.
Por aburrida que sea, a mí no va a aburrirme.
Recórrela página a página, capítulo a capítulo, tal como la realidad la fue escribiendo.
Cuéntame su fluir. Cuéntame sus remansos y sus remolinos.
Cuéntame tu vida. Cuéntamela por fuera y por dentro (qué sentías, que vivías, mientras la vivías).
Cuéntame tu vida. Léeme esa novela que en ti se autoescribió.
14.5.09
A ver si me entiendes
Tras examinar su historia clínica y los últimos análisis, dije a la paciente:
-Ya puede levantar la restricción hídrica.
La señora me miró extrañada y una enfermera tuvo que traducir:
-El doctor dice que puede usted beber toda el agua que quiera.
Y yo, avergonzado, salí de la habitación farfullando “restricción hídrica, restricción hídrica”. Me metí en el baño y mirando al tío del espejo le pregunté: -¿Cuál fue el preciso instante en que te volviste gilipollas?
-Ya puede levantar la restricción hídrica.
La señora me miró extrañada y una enfermera tuvo que traducir:
-El doctor dice que puede usted beber toda el agua que quiera.
Y yo, avergonzado, salí de la habitación farfullando “restricción hídrica, restricción hídrica”. Me metí en el baño y mirando al tío del espejo le pregunté: -¿Cuál fue el preciso instante en que te volviste gilipollas?
13.5.09
Un hombrecillo blanco
Tuvimos que llevar a mi padre a un hospital para que le operasen. Como el hospital estaba a 200 kilómetros, hubo que dejar a mi hijo de ocho años con una cuidadora. Antes de viajar preparé a mi hijo para lo peor:
-Es una operación muy delicada. No sé si tu abuelo la superará.
Y él:
-Quieres decir que puede morirse.
-Podría ser. La muerte es una cosa natural. Hay que aceptarlo así. Podemos intentar retrasarla, pero nada más. Es como tu muñeco de nieve –dije, señalando al hombrecillo blanco que el día anterior él había hecho en el jardín-. Cuando le dé el sol, se derretirá.
Dos semanas después regresamos, con mi padre restablecido. En cuanto saludé a mi hijo, la cuidadora me abordó:
-El niño se ha portado bien, pero no pude quitarle de la cabeza la idea del frigorífico.
Entonces observé que alrededor del frigorífico había un montón de botellas, latas y envases. Mi hijo los había sacado del aparato.
Al igual que vosotros, antes de abrir el frigorífico ya imaginé lo que había dentro.
-Es una operación muy delicada. No sé si tu abuelo la superará.
Y él:
-Quieres decir que puede morirse.
-Podría ser. La muerte es una cosa natural. Hay que aceptarlo así. Podemos intentar retrasarla, pero nada más. Es como tu muñeco de nieve –dije, señalando al hombrecillo blanco que el día anterior él había hecho en el jardín-. Cuando le dé el sol, se derretirá.
Dos semanas después regresamos, con mi padre restablecido. En cuanto saludé a mi hijo, la cuidadora me abordó:
-El niño se ha portado bien, pero no pude quitarle de la cabeza la idea del frigorífico.
Entonces observé que alrededor del frigorífico había un montón de botellas, latas y envases. Mi hijo los había sacado del aparato.
Al igual que vosotros, antes de abrir el frigorífico ya imaginé lo que había dentro.
12.5.09
Iris
Hasta hoy era la cosa de ahí arriba, eso que al cambiar del negro al azul deja ver ramas, frutos alcanzables, hormigas que se pueden atrapar con un palo, seres dañinos de los que hay que huir...
Aún nada tiene nombre. Se trata de comer y no ser comido.
Pero hoy la cosa de arriba ha pasado del azul al gris (ocurre a veces) y cae agua.
Vuelve el azul y ahora de pronto, en medio, hay una curva con varios colores.
Es una extraña curva porque no sirve para comer, ni para beber, ni para correr por ella. No tiene utilidad pero, por alguna razón, apetece mirarla.
Aún nada tiene nombre. Se trata de comer y no ser comido.
Pero hoy la cosa de arriba ha pasado del azul al gris (ocurre a veces) y cae agua.
Vuelve el azul y ahora de pronto, en medio, hay una curva con varios colores.
Es una extraña curva porque no sirve para comer, ni para beber, ni para correr por ella. No tiene utilidad pero, por alguna razón, apetece mirarla.
11.5.09
Contendientes
Por raro que parezca, el soldado americano que vigilaba los prisioneros y el soldado japonés se hicieron amigos. (Habían convivido en un campo de prisioneros situado en una isla del Pacífico.) Así que, al acabar la guerra, ambos “contendientes forzosos” -vigilante y vigilado- continuaron su amistad.
El soldado japonés invitó al americano a visitar su ciudad. Le enseñó la escuela en que trabajaba como profesor de inglés antes de ser enviado a la guerra. Le mostró las aulas y los patios donde, en medio del natural griterío, correteaban los niños a la hora del recreo. Le llevó al parque en que jugó de pequeño. Le presentó a su familia.
Después, el soldado americano invitó al japonés a visitar su pueblo. Le enseñó el rancho que cultivaba, las espigas de maíz, el tractor… Le presentó a sus colegas de la banda de jazz y le invitó a comer en casa, con su mujer y su hija.
El ex-vigilante y el ex-prisionero continuaron viéndose y carteándose durante varias décadas. Algunos de sus encuentros (en Japón o en Estados Unidos) terminaban de madrugada, después de una larga cena bien regada de vino. Entonces ambos soldados dedicaban certeros adjetivos a quienes, años atrás, les habían obligado a masacrarse en una horrible guerra. Cualquiera que escuchase su conversación podía oír expresiones como “cabrones”, “hijos de perra” y otros epítetos adecuados y biensonantes.
El soldado japonés invitó al americano a visitar su ciudad. Le enseñó la escuela en que trabajaba como profesor de inglés antes de ser enviado a la guerra. Le mostró las aulas y los patios donde, en medio del natural griterío, correteaban los niños a la hora del recreo. Le llevó al parque en que jugó de pequeño. Le presentó a su familia.
Después, el soldado americano invitó al japonés a visitar su pueblo. Le enseñó el rancho que cultivaba, las espigas de maíz, el tractor… Le presentó a sus colegas de la banda de jazz y le invitó a comer en casa, con su mujer y su hija.
El ex-vigilante y el ex-prisionero continuaron viéndose y carteándose durante varias décadas. Algunos de sus encuentros (en Japón o en Estados Unidos) terminaban de madrugada, después de una larga cena bien regada de vino. Entonces ambos soldados dedicaban certeros adjetivos a quienes, años atrás, les habían obligado a masacrarse en una horrible guerra. Cualquiera que escuchase su conversación podía oír expresiones como “cabrones”, “hijos de perra” y otros epítetos adecuados y biensonantes.
7.5.09
El mayor espectáculo del mundo
Feria en el pueblo. Luces de colores. Hay noria, tiovivos, carrusel, tómbolas. También un circo. Por sus altavoces anuncian: “Pasen y vean a la mujer-pájaro. Lady-bird: la estrella del circo. Funciones a las seis y ocho y media”.
Al niño le compran un globo. Un óvalo naranja que cae hacia arriba. Se lo atan del brazo para que no lo pierda.
Al cabo de un rato el hilo se rompe. El globo asciende y el niño estalla en sollozos.
La gente se ve reflejada en él. ¿Quién no lloró, de pequeño, al ver alejarse su globo de gas?
De la carpa del circo sale algo. Es Lady-bird, la mujer-pájaro.
Con su mochila propulsora se eleva sobre el recinto, atrapa el globo, desciende, pregunta de quién es, lo entrega al niño.
Ahora los ojos del pequeño no caben en sí.
Tras haber asistido al mayor espectáculo (devolver la sonrisa a un niño), los presentes empiezan a aplaudir. Y al hacerlo, se resarcen del día en que perdieron un globo y ninguna mujer-pájaro se lanzó a atraparlo.
Al niño le compran un globo. Un óvalo naranja que cae hacia arriba. Se lo atan del brazo para que no lo pierda.
Al cabo de un rato el hilo se rompe. El globo asciende y el niño estalla en sollozos.
La gente se ve reflejada en él. ¿Quién no lloró, de pequeño, al ver alejarse su globo de gas?
De la carpa del circo sale algo. Es Lady-bird, la mujer-pájaro.
Con su mochila propulsora se eleva sobre el recinto, atrapa el globo, desciende, pregunta de quién es, lo entrega al niño.
Ahora los ojos del pequeño no caben en sí.
Tras haber asistido al mayor espectáculo (devolver la sonrisa a un niño), los presentes empiezan a aplaudir. Y al hacerlo, se resarcen del día en que perdieron un globo y ninguna mujer-pájaro se lanzó a atraparlo.
5.5.09
Aparta de mí este cáliz
No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero
(A. MACHADO)
Admitiendo que un relato alegre es una tragedia a la que faltan sus últimas páginas, se propone una Pascua que termine antes de aquella cena.
Habría desfiles procesionales:
En un paso estaría Jesús dando mandobles, echando del templo a los mercaderes.
En otro aparecería en el Tiberíades. Andando sobre las aguas, para que don Antonio cantase.
Un tercero recogería la escena de Lázaro. Cuando le dan la noticia de que ha muerto y, en honor a la amistad (y para desconcierto de teólogos), Jesús llora.
En otro figuraría entre un montón de chavales: jugando con ellos al escondite o pateando una pelota (“Dejad que los niños se acerquen a mí”).
Cerraría la procesión la entrada en Jerusalén. Como en las demás cofradías, el caperuz estaría prohibido. Los nazarenos gritarían “hosanna” y marcharían, igual que el Maestro, a lomos de un burro.
a ese Jesús del madero
(A. MACHADO)
Admitiendo que un relato alegre es una tragedia a la que faltan sus últimas páginas, se propone una Pascua que termine antes de aquella cena.
Habría desfiles procesionales:
En un paso estaría Jesús dando mandobles, echando del templo a los mercaderes.
En otro aparecería en el Tiberíades. Andando sobre las aguas, para que don Antonio cantase.
Un tercero recogería la escena de Lázaro. Cuando le dan la noticia de que ha muerto y, en honor a la amistad (y para desconcierto de teólogos), Jesús llora.
En otro figuraría entre un montón de chavales: jugando con ellos al escondite o pateando una pelota (“Dejad que los niños se acerquen a mí”).
Cerraría la procesión la entrada en Jerusalén. Como en las demás cofradías, el caperuz estaría prohibido. Los nazarenos gritarían “hosanna” y marcharían, igual que el Maestro, a lomos de un burro.
4.5.09
El carpintero Fernández
Puede que el carpintero Fernández no fuese Fernández. Tal vez se apellidó de otra manera.
El carpintero Fernández nació en 1782. Aprendió el oficio de su padre, con quien trabajó desde niño.
A los diecinueve años se casó con una muchacha de su pueblo. Tuvieron cuatro hijos.
Aunque en aquella época no era infrecuente golpear a las mujeres, el carpintero Fernández nunca maltrató a su esposa.
Pese a ser analfabeto, quiso y logró que sus hijos fueran a la escuela.
El carpintero Fernández no engañaba a los clientes. Si alguien le encargó un mueble, no le mintió sobre la clase de madera ni sobre las horas de trabajo.
Cuando el ejército napoleónico invadió España, el carpintero Fernández temió ser llevado a luchar contra los franceses. Como no había escopetas y trabucos para todos, se ofreció a confeccionar camas para los heridos y así no tuvo que disparar a nadie.
El carpintero Fernández murió de neumonía en 1835, a los cincuenta y tres años de edad.
Fue enterrado en el cementerio de su pueblo, junto a la iglesia.
Cuarenta años después, debido a que el cementerio se había quedado pequeño sus huesos fueron exhumados y mezclados con otros. Ahora son tan anónimos como él. En unos siglos se habrán pulverizado.
Puede que el carpintero Fernández no fuese Fernández, sino Quesada o García. También es posible que no fuese carpintero, sino herrero o labrador.
El carpintero Fernández, el herrero Quesada, el labrador García no vienen en los libros de Historia. Ningún autor escribió sus biografías (demasiado planas, demasiado vulgares). En su honor no se erigieron estatuas ni panteones. De hecho, ahora nadie se acuerda de ellos.
Pero existieron. Pasaron por la vida sin hacer ruido, sin arruinar a nadie y sin procurar a otros la desgracia o la muerte.
Atravesaron el mundo sin dañarlo. Cruzaron por él inofensivamente.
Nada de esto, sin embargo, se considera memorable. Nada de esto se estima digno de ser recordado.
El carpintero Fernández nació en 1782. Aprendió el oficio de su padre, con quien trabajó desde niño.
A los diecinueve años se casó con una muchacha de su pueblo. Tuvieron cuatro hijos.
Aunque en aquella época no era infrecuente golpear a las mujeres, el carpintero Fernández nunca maltrató a su esposa.
Pese a ser analfabeto, quiso y logró que sus hijos fueran a la escuela.
El carpintero Fernández no engañaba a los clientes. Si alguien le encargó un mueble, no le mintió sobre la clase de madera ni sobre las horas de trabajo.
Cuando el ejército napoleónico invadió España, el carpintero Fernández temió ser llevado a luchar contra los franceses. Como no había escopetas y trabucos para todos, se ofreció a confeccionar camas para los heridos y así no tuvo que disparar a nadie.
El carpintero Fernández murió de neumonía en 1835, a los cincuenta y tres años de edad.
Fue enterrado en el cementerio de su pueblo, junto a la iglesia.
Cuarenta años después, debido a que el cementerio se había quedado pequeño sus huesos fueron exhumados y mezclados con otros. Ahora son tan anónimos como él. En unos siglos se habrán pulverizado.
Puede que el carpintero Fernández no fuese Fernández, sino Quesada o García. También es posible que no fuese carpintero, sino herrero o labrador.
El carpintero Fernández, el herrero Quesada, el labrador García no vienen en los libros de Historia. Ningún autor escribió sus biografías (demasiado planas, demasiado vulgares). En su honor no se erigieron estatuas ni panteones. De hecho, ahora nadie se acuerda de ellos.
Pero existieron. Pasaron por la vida sin hacer ruido, sin arruinar a nadie y sin procurar a otros la desgracia o la muerte.
Atravesaron el mundo sin dañarlo. Cruzaron por él inofensivamente.
Nada de esto, sin embargo, se considera memorable. Nada de esto se estima digno de ser recordado.
30.4.09
Testamento vital
Detengan a la muerte. Repelan sus avances. Ciérrenle mis puertas. No dejen que me invada, no dejen que entre en mí.
Pero -señores médicos-, si aprecian que la muerte ha ganado la batalla, entonces no opongan resistencia. Allánenle el camino. Alívienle el trabajo. Ayúdenla, en tal caso, a culminar su conquista.
Pero -señores médicos-, si aprecian que la muerte ha ganado la batalla, entonces no opongan resistencia. Allánenle el camino. Alívienle el trabajo. Ayúdenla, en tal caso, a culminar su conquista.
29.4.09
Favores y deberes
Aquéllos que vienen de la derrota
guardan en el fondo cierta ufanía
(M. BENEDETTI)
Si aquí hubiera un Paul Auster, alguien que dijera “envíenme historias reales, vivencias que les marcaron; y las publicaré”, yo le habría remitido ésta:
Román era conserje en mi edificio. Mejor dicho: uno de los conserjes, pues era una comunidad de varios inmuebles.
Román era amable y resuelto. No obstante, a veces al hablar arrastraba las palabras y su aliento olía a alcohol.
Cuando me veía sacar la bici de mi hija, Román se ofrecía a ajustar el sillín con su llave inglesa.
Un día que celebré el cumpleaños de mi hija en un local del edificio, Román, al enterarse, compró una muñeca y se la regaló.
Otra vez recogió un gorrión que había caído en el patio y no podía volar. Se lo pedí y él me lo dio. Advirtió: “No aguantará encerrado; es un pájaro salvaje y necesita vivir suelto”. Acertó.
Pero lo que más le agradezco es que, cuando mi hija tropezó y se abrió una brecha en la frente, Román corrió a avisar a un vecino médico para que la asistiera.
Esto sucedió casi al mismo tiempo que fue incluido, en el orden del día de la junta, el punto “Decisión sobre el conserje don Román…: propuesta de despido”.
Al día siguiente Román me abordó:
-Si al final me despiden y hay juicio, ¿querrá usted ser testigo?
Yo le expliqué que en el juicio se decidiría sólo si la causa de despido (desatención de sus deberes por embriaguez) era real o no. Que no se trataba de juzgar todos sus actos ni los favores que había hecho. Y que además esos favores (que yo tanto agradecía) no estaban dentro de sus obligaciones laborales.
Y Román:
-O sea, como los guardias de Tráfico: te multan si te saltas un semáforo, pero no tienen en cuenta los que sí has respetado.
Y añadió:
-Si al final me echan, me iré al pueblo. A lo mejor puedo cobrar el paro. La vida allí es más barata.
En la junta expusieron sus quejas varios vecinos y se informó de que también los demás conserjes habían protestado. Después de un debate y una votación (en la que defendí darle otra oportunidad), Román fue despedido.
Román impugnó el cese. Yo trabajo en un juzgado laboral, pero la demanda correspondió a otro juzgado. (De haberme correspondido, habría tenido que abstenerme.)
El día señalado para el juicio vi a Román, de lejos, en el pasillo de los juzgados. Él también me vio. Durante un segundo nuestras miradas se cruzaron. No era sólo la cara de Román: era la cara de la dignidad. A continuación se giró, simulando no haberme reconocido.
Después supe que el abogado de Román había llegado a un acuerdo con la comunidad. Se pactó una indemnización, el juez la aprobó y no hubo juicio.
No he vuelto a saber de Román. Lo deseo viviendo en el pueblo, libre del alcohol y rodeado de gorriones.
guardan en el fondo cierta ufanía
(M. BENEDETTI)
Si aquí hubiera un Paul Auster, alguien que dijera “envíenme historias reales, vivencias que les marcaron; y las publicaré”, yo le habría remitido ésta:
Román era conserje en mi edificio. Mejor dicho: uno de los conserjes, pues era una comunidad de varios inmuebles.
Román era amable y resuelto. No obstante, a veces al hablar arrastraba las palabras y su aliento olía a alcohol.
Cuando me veía sacar la bici de mi hija, Román se ofrecía a ajustar el sillín con su llave inglesa.
Un día que celebré el cumpleaños de mi hija en un local del edificio, Román, al enterarse, compró una muñeca y se la regaló.
Otra vez recogió un gorrión que había caído en el patio y no podía volar. Se lo pedí y él me lo dio. Advirtió: “No aguantará encerrado; es un pájaro salvaje y necesita vivir suelto”. Acertó.
Pero lo que más le agradezco es que, cuando mi hija tropezó y se abrió una brecha en la frente, Román corrió a avisar a un vecino médico para que la asistiera.
Esto sucedió casi al mismo tiempo que fue incluido, en el orden del día de la junta, el punto “Decisión sobre el conserje don Román…: propuesta de despido”.
Al día siguiente Román me abordó:
-Si al final me despiden y hay juicio, ¿querrá usted ser testigo?
Yo le expliqué que en el juicio se decidiría sólo si la causa de despido (desatención de sus deberes por embriaguez) era real o no. Que no se trataba de juzgar todos sus actos ni los favores que había hecho. Y que además esos favores (que yo tanto agradecía) no estaban dentro de sus obligaciones laborales.
Y Román:
-O sea, como los guardias de Tráfico: te multan si te saltas un semáforo, pero no tienen en cuenta los que sí has respetado.
Y añadió:
-Si al final me echan, me iré al pueblo. A lo mejor puedo cobrar el paro. La vida allí es más barata.
En la junta expusieron sus quejas varios vecinos y se informó de que también los demás conserjes habían protestado. Después de un debate y una votación (en la que defendí darle otra oportunidad), Román fue despedido.
Román impugnó el cese. Yo trabajo en un juzgado laboral, pero la demanda correspondió a otro juzgado. (De haberme correspondido, habría tenido que abstenerme.)
El día señalado para el juicio vi a Román, de lejos, en el pasillo de los juzgados. Él también me vio. Durante un segundo nuestras miradas se cruzaron. No era sólo la cara de Román: era la cara de la dignidad. A continuación se giró, simulando no haberme reconocido.
Después supe que el abogado de Román había llegado a un acuerdo con la comunidad. Se pactó una indemnización, el juez la aprobó y no hubo juicio.
No he vuelto a saber de Román. Lo deseo viviendo en el pueblo, libre del alcohol y rodeado de gorriones.
28.4.09
Las hierbas que él arrojó
Me revienta esta mierda de trabajo. Me revienta trasladarme, cambiar de ciudad cada vez que la empresa termina una obra. Me revienta tener que mudarme todos los años.
Se acumulan trastos en la casa. La mitad de lo que uno guarda (recuerdos, papeles…) no sirve para nada. No merece la pena conservar estas estanterías. Ni tampoco el abrigo pasado de moda, ni los zapatos desgastados, ni el jersey que suelta pelusa.
Tiro a la basura todo eso. ¿Para qué llenar de bártulos el camión de mudanzas?
Y ahora viene lo peor: clasificar y empaquetar lo que sí voy a llevarme.
Me tomo un respiro, me asomo a la terraza y desde allí veo a alguien: Un hombre que busca entre la basura cosas aprovechables y que, tras mirar dentro de un cubo, saca y se lleva mi jersey, mi abrigo, mis zapatos…
Se acumulan trastos en la casa. La mitad de lo que uno guarda (recuerdos, papeles…) no sirve para nada. No merece la pena conservar estas estanterías. Ni tampoco el abrigo pasado de moda, ni los zapatos desgastados, ni el jersey que suelta pelusa.
Tiro a la basura todo eso. ¿Para qué llenar de bártulos el camión de mudanzas?
Y ahora viene lo peor: clasificar y empaquetar lo que sí voy a llevarme.
Me tomo un respiro, me asomo a la terraza y desde allí veo a alguien: Un hombre que busca entre la basura cosas aprovechables y que, tras mirar dentro de un cubo, saca y se lleva mi jersey, mi abrigo, mis zapatos…
27.4.09
Esa silla vacía
Tu coche se ha averiado en la autovía. Una grúa lo traslada al taller más próximo. Es uno de esos talleres de carretera, donde van a parar los vehículos siniestrados.
Te detienes a mirar algunos: carrocerías reventadas, habitáculos hundidos, chapa rugosa como un fuelle. Caricatura cruel de estilizados diseños. ¿Cuántas personas habrán muerto en ellos? ¿De qué sirve ahora toda esa chatarra?
Cuando por fin tu coche está reparado conversas con el mecánico. Mientras rellenas un talón bancario te sorprende ver, en una vitrina, el logotipo de tu empresa. Está rotulado en un papel: la clase de formularios que usáis en la oficina. Preguntas al mecánico, y él:
-Apareció en un coche que trajeron hace quince días. Cuando se desguaza un vehículo salen muchas cosas: papeles, monedas, llaves… Objetos que se fueron colando por las rendijas. Yo los guardo, por si acaso.
Así que alguien de tu empresa sufrió un accidente. El mecánico ignora quién conducía aquel coche, pero te asegura que su chasis quedó destrozado.
Estás de vacaciones, como el resto de la plantilla. Cuando vuelvas al trabajo faltará una persona. ¿Quién?
El 1 de septiembre saludas a tus compañeros. Aún quedan varios por incorporarse a la oficina. Cada vez que se abre la puerta piensas “éste tampoco”. Después, una silla desocupada y un rumor que cobra fuerza (“murió el 2 de agosto”). Al fin la víctima tiene un rostro: ése que ya no verás. Miras a tu alrededor y a ti mismo, y piensas que componéis el club de los supervivientes.
Te detienes a mirar algunos: carrocerías reventadas, habitáculos hundidos, chapa rugosa como un fuelle. Caricatura cruel de estilizados diseños. ¿Cuántas personas habrán muerto en ellos? ¿De qué sirve ahora toda esa chatarra?
Cuando por fin tu coche está reparado conversas con el mecánico. Mientras rellenas un talón bancario te sorprende ver, en una vitrina, el logotipo de tu empresa. Está rotulado en un papel: la clase de formularios que usáis en la oficina. Preguntas al mecánico, y él:
-Apareció en un coche que trajeron hace quince días. Cuando se desguaza un vehículo salen muchas cosas: papeles, monedas, llaves… Objetos que se fueron colando por las rendijas. Yo los guardo, por si acaso.
Así que alguien de tu empresa sufrió un accidente. El mecánico ignora quién conducía aquel coche, pero te asegura que su chasis quedó destrozado.
Estás de vacaciones, como el resto de la plantilla. Cuando vuelvas al trabajo faltará una persona. ¿Quién?
El 1 de septiembre saludas a tus compañeros. Aún quedan varios por incorporarse a la oficina. Cada vez que se abre la puerta piensas “éste tampoco”. Después, una silla desocupada y un rumor que cobra fuerza (“murió el 2 de agosto”). Al fin la víctima tiene un rostro: ése que ya no verás. Miras a tu alrededor y a ti mismo, y piensas que componéis el club de los supervivientes.
24.4.09
Un lugar en el mundo
Bienvenido a esta ciudad. Suponemos que, si ha elegido instalarse aquí, conoce nuestra principal regla. No obstante y para evitar equívocos, queremos recordarle que quienes fundamos esta ciudad éramos (posiblemente) débiles, feos, bajos o torpes. Sin embargo, la razón por la que padecimos no fue ser débil, feo, bajo o torpe. La razón por la que padecimos fue que se nos comparó con otros (hermanos, primos, vecinos…) más fuertes, más bellos, más altos o más listos. Muchos de nosotros sufrimos desde niños la comparación, a menudo persistente, con otras personas. Puede que fuese un proceder irreflexivo, incluso bienintencionado, pero a nosotros nos dañó. Por eso fundamos esta ciudad, la llamamos Sin Comparación y promulgamos su norma suprema: “Nadie puede ser comparado con nadie”. Si algún residente infringe esta regla, estará obligado a irse de aquí. Por lo demás, la nuestra es una ciudad acogedora y –creemos- grata para vivir. Esperamos que, si decide quedarse con nosotros, su estancia le resulte feliz y, por encima de todo, incomparable.
23.4.09
Juntacadáveres
El viejo ex-cautivo del campo de Mauthausen fue al cine y vio El Hundimiento. Cuando Hitler ocupó la pantalla, desde su asiento le abroncó:
“Necio, más que necio, ¿para qué te ha servido todo el dolor causado? ¿Qué utilidad ha tenido destrozar tantas vidas? ¿Qué has salido ganando con tanto sufrimiento? ¡ Has destruido a tanta gente, incluyendo a ti mismo !”.
Eso fue lo que el superviviente del campo de exterminio pensó viendo El Hundimiento (los últimos días de Hitler en el búnker). Y le envolvió una mezcla de rabia y tristeza. Pero odio, lo que se dice odio, no sintió.
“Necio, más que necio, ¿para qué te ha servido todo el dolor causado? ¿Qué utilidad ha tenido destrozar tantas vidas? ¿Qué has salido ganando con tanto sufrimiento? ¡ Has destruido a tanta gente, incluyendo a ti mismo !”.
Eso fue lo que el superviviente del campo de exterminio pensó viendo El Hundimiento (los últimos días de Hitler en el búnker). Y le envolvió una mezcla de rabia y tristeza. Pero odio, lo que se dice odio, no sintió.
22.4.09
Como una ostra
Fue el caso que venía un amigo de mi padre y había que ir por él al aeropuerto, pero a mi padre le surgió un imprevisto que le tuvo ocupado hasta las seis. Así que me pidió que fuera yo a recoger a su amigo:
-Le traes aquí para que deje el equipaje y os vais a comer fuera. A las seis menos cuarto volvéis a casa y ya me encargo yo de él.
-¿Y de qué voy a hablar con tu amigo, si apenas le conozco?
-De animales. Jorge es un entusiasta de la zoología. De hecho, dirige documentales para televisión.
-Pues a mí los animales no me van mucho. Me aburriré como una ostra.
Pero finalmente no resultó mal. Hablamos de muchas cosas y, claro, también de fauna. Me preguntó cuál es mi animal favorito y yo, que al principio estaba aburrida, le contesté: -La ostra.
Ante lo cual afirmó:
-La ostra es un animal fascinante.
-¿Ah, sí?
-Por supuesto. ¿Conoces algún otro que haga perlas con las cosas que le duelen?
“Perlas con las cosas que le duelen”. Sí: cuando algo hiriente penetra en su concha, la ostra lo envuelve segregando una sustancia mágica.
Hacer perlas con las cosas que duelen. Transformar lo dañino, edificar encima de lo que nos hirió.
Se me quedó grabado: "Hacer perlas con las cosas que duelen". Lo repito a veces y me resulta útil.
-Le traes aquí para que deje el equipaje y os vais a comer fuera. A las seis menos cuarto volvéis a casa y ya me encargo yo de él.
-¿Y de qué voy a hablar con tu amigo, si apenas le conozco?
-De animales. Jorge es un entusiasta de la zoología. De hecho, dirige documentales para televisión.
-Pues a mí los animales no me van mucho. Me aburriré como una ostra.
Pero finalmente no resultó mal. Hablamos de muchas cosas y, claro, también de fauna. Me preguntó cuál es mi animal favorito y yo, que al principio estaba aburrida, le contesté: -La ostra.
Ante lo cual afirmó:
-La ostra es un animal fascinante.
-¿Ah, sí?
-Por supuesto. ¿Conoces algún otro que haga perlas con las cosas que le duelen?
“Perlas con las cosas que le duelen”. Sí: cuando algo hiriente penetra en su concha, la ostra lo envuelve segregando una sustancia mágica.
Hacer perlas con las cosas que duelen. Transformar lo dañino, edificar encima de lo que nos hirió.
Se me quedó grabado: "Hacer perlas con las cosas que duelen". Lo repito a veces y me resulta útil.
21.4.09
1945
Mientras hacía pasar a la princesa por el puente y silbaba imitando el soplido del viento, y hacía caer al agua su sombrero, donde unos patos lo cogían y llevaban río adentro… Mientras hacía todo eso su madre cocinaba, así que la princesa de arcilla rompió a llorar y mandó a sus sirvientes recobrar el sombrero, por lo que éstos se arrojaron vestidos desde el puente. No lograron alcanzar a los patos porque en ese momento mamá dijo su nombre y añadió: -Ven a desayunar. La niña guardaba las figuras mientras, encima de ella, el avión que sobrevolaba Kokura no podía localizar su objetivo prioritario porque nubes bajas cubrían la ciudad, de modo que el piloto desistió y puso rumbo a su blanco alternativo: Nagasaki.
Plutonio
Ese mismo día de 1945 otra niña se despertó en Nagasaki y jugó también con muñecos de arcilla y porcelana, pero de pronto un resplandor
20.4.09
Hemorragia interna
Entra en la habitación del hospital como si temiera llegar tarde a una cita. Mira al enfermo y éste, tras la mascarilla y los tubos, reacciona con sorpresa. El visitante y el hombre encamado se estrechan las manos, fuerte, largamente, hablándose con la mirada. El silencio lo ocupa todo, así que la hija del enfermo tiene que salir. Fuera, con la vista nublada y una presión que crece en la garganta, la muchacha identifica a aquel hombre como el viejo amigo de su padre. Recuerda las charlas y risas de ambos, años atrás, cuando ella era pequeña. Ahora el visitante sale abatido al pasillo. Se acerca a la muchacha y dice: “Dejamos de hablarnos hace años. No recuerdo el motivo. Por una sandez…”. Se gira y echa a andar, haciendo gesto de despedirse con una mano y llevándose la otra a los ojos.
17.4.09
Frescor
Iba en un viejo tren sin aire acondicionado. Como era verano, las ventanillas estaban abiertas. Cansada de ir sentada, se puso de pie y, asomada a una ventanilla, dejó que el aire la diera en la cara. Sintió que aquel aire la refrescaba por fuera y por dentro. Sintió que aquel frescor disipaba todo lo que en su vida la había entristecido, todo lo que alguna vez la hizo sufrir. Se había hecho de noche. A la luz de la luna veía pasar los olivos, los senderos, la tierra… Y de pronto se dio cuenta de que nunca, nunca como en ese instante, se había sentido tan bien.
16.4.09
Ojalá que te vaya bonito
Un convenio regulador tiene que aquilatar todos los detalles, no debe dejar nada a la improvisación. Por eso había que determinar la custodia de Aida. Entre personas maduras este asunto tenía un modo claro de resolverse. Descartada la custodia compartida (pues tras el divorcio iban a residir en ciudades distintas), la solución natural consistía en situar a Aida en el jardín, ponerse cada uno en un lugar equidistante y dejarla decidir con quién se iría. No valían trucos para atraerla: ni llamarla, ni mostrarle un obsequio... Que sus sentimientos actuaran con libertad.
Llegado el momento, Aida miró a izquierda y derecha. Sin moverse un centímetro decidió dormir una siesta. Ambos esperaron sin cruzar palabra durante hora y media, lamentando no haber cogido nada para leer.
Aida se incorporó. Bostezó, estiró regiamente sus músculos y empezó a caminar. Sin tomar impulso salvó los dos metros que había entre el suelo y la ventana de don Damián, el viejecito que nunca sale de casa. No era la primera vez que Aida saltaba hasta allí. Desde el alféizar volvió a mirar tristemente a ambos lados, hasta que el anciano la cogió y la abrazó contra sí. El ronroneo era suave pero audible.
Llegado el momento, Aida miró a izquierda y derecha. Sin moverse un centímetro decidió dormir una siesta. Ambos esperaron sin cruzar palabra durante hora y media, lamentando no haber cogido nada para leer.
Aida se incorporó. Bostezó, estiró regiamente sus músculos y empezó a caminar. Sin tomar impulso salvó los dos metros que había entre el suelo y la ventana de don Damián, el viejecito que nunca sale de casa. No era la primera vez que Aida saltaba hasta allí. Desde el alféizar volvió a mirar tristemente a ambos lados, hasta que el anciano la cogió y la abrazó contra sí. El ronroneo era suave pero audible.
15.4.09
No es palabra
Esta mañana he vuelto al tiempo, clase de francés, trece años, en que Marie dice “vamos a leer Le Petit Prince”. Es un libro raro, con emociones conocidas que creía inexpresables. Cada día un par de páginas, pero ahora es imposible pararse. Necesito leerlo entero, llegar hasta el final.
Desesperadamente busco las palabras que ignoro. Sin embargo, en el diccionario no viene baobab. Pregunto a Marie y me dice “no es palabra francesa, es un árbol africano”.
Fue a causa de los baobabs que el Principito vino a la Tierra. Necesitaba un cordero que comiera los brotes de baobabs, antes de que éstos creciesen e hicieran reventar su asteroide.
Esta mañana hemos hecho la comprobación. Esos pequeños monos se avisan entre sí cuando ven un depredador: si quien ataca es un águila emiten un sonido para que sus congéneres se oculten en los arbustos; si quien viene es un felino vocalizan otro grito distinto para decirles que trepen a un árbol. Algunos zoólogos las llamamos protopalabras. Y esta mañana, desde nuestro puesto de observación, lo he oído. Al ver acercarse una leona, el mono ha movido sus labios y ha dicho claramente baobab.
Desesperadamente busco las palabras que ignoro. Sin embargo, en el diccionario no viene baobab. Pregunto a Marie y me dice “no es palabra francesa, es un árbol africano”.
Fue a causa de los baobabs que el Principito vino a la Tierra. Necesitaba un cordero que comiera los brotes de baobabs, antes de que éstos creciesen e hicieran reventar su asteroide.
Esta mañana hemos hecho la comprobación. Esos pequeños monos se avisan entre sí cuando ven un depredador: si quien ataca es un águila emiten un sonido para que sus congéneres se oculten en los arbustos; si quien viene es un felino vocalizan otro grito distinto para decirles que trepen a un árbol. Algunos zoólogos las llamamos protopalabras. Y esta mañana, desde nuestro puesto de observación, lo he oído. Al ver acercarse una leona, el mono ha movido sus labios y ha dicho claramente baobab.
14.4.09
Sin pena ni gloria
Unos segundos antes de morir, pensó:
“Tengo la impresión de que mi vida ha sido gris y anodina. Una vida olvidable, sin gloria ni legado. Una vida de mierda.
Pero creo que no causé la ruina a otros. Creo que no arrastré a nadie a la locura. Creo que no empujé a nadie a la miseria, la perdición o la desgracia.
No es, a fin de cuentas, tan poco.”
“Tengo la impresión de que mi vida ha sido gris y anodina. Una vida olvidable, sin gloria ni legado. Una vida de mierda.
Pero creo que no causé la ruina a otros. Creo que no arrastré a nadie a la locura. Creo que no empujé a nadie a la miseria, la perdición o la desgracia.
No es, a fin de cuentas, tan poco.”
8.4.09
La tejedora de sueños
[Dedicado a quienes menciono y a todos los demás que pasan por aquí]
Érase una multitud de pantallas. Millones de pantallas repartidas por el mundo y conectadas entre sí.
Además, cualquiera podía abrir con plena libertad y gratuitamente una dirección o página, y a ella podía accederse desde cualquiera de esas pantallas.
Para escribir y publicar lo que uno quería no tenía que pasar por censuras previas, y ni siquiera debía obtener la aprobación de ningún editor.
Y las demás personas, si lo deseaban, podían leerlo desde cualquier rincón del planeta con sólo teclear http:// más esa dirección en su pantalla.
Todo eso, en buena lógica, estaba llamado a ser un ensueño o un delirio (como la teletransportación o los viajes en el tiempo). Tendría que formar parte de un relato, La red prodigiosa o algo así. Debería ser quimérico y fantástico. Debería ser fabulación pero sorprendentemente, y por algún extraño motivo, es real.
Tecleamos y, más que pulsar teclas, palpamos la ficción con la punta de los dedos. Miramos la pantalla y lo que vemos es un sueño: un anhelo sólido y cristalizado.
(¿Seguro que estoy despierto? Elio, Yahaira, Saphira, Victoria, Nán…: decidme, por favor, que no lo estoy soñando.)
Érase una vez… No: en este caso no. En este caso es una vez.
Érase una multitud de pantallas. Millones de pantallas repartidas por el mundo y conectadas entre sí.
Además, cualquiera podía abrir con plena libertad y gratuitamente una dirección o página, y a ella podía accederse desde cualquiera de esas pantallas.
Para escribir y publicar lo que uno quería no tenía que pasar por censuras previas, y ni siquiera debía obtener la aprobación de ningún editor.
Y las demás personas, si lo deseaban, podían leerlo desde cualquier rincón del planeta con sólo teclear http:// más esa dirección en su pantalla.
Todo eso, en buena lógica, estaba llamado a ser un ensueño o un delirio (como la teletransportación o los viajes en el tiempo). Tendría que formar parte de un relato, La red prodigiosa o algo así. Debería ser quimérico y fantástico. Debería ser fabulación pero sorprendentemente, y por algún extraño motivo, es real.
Tecleamos y, más que pulsar teclas, palpamos la ficción con la punta de los dedos. Miramos la pantalla y lo que vemos es un sueño: un anhelo sólido y cristalizado.
(¿Seguro que estoy despierto? Elio, Yahaira, Saphira, Victoria, Nán…: decidme, por favor, que no lo estoy soñando.)
Érase una vez… No: en este caso no. En este caso es una vez.
7.4.09
Espeluy
Tarde plana en el tren. Vagón de no fumadores. Se incorporan viajeros. Se animan a hablar. Uno dice que viaja para poner orden en un asunto de familia, ajustar cuentas con alguien y dar un escarmiento.
Al acercarse a su destino afloran nervios. Saca un cigarro, lo enciende.
Miradas de soslayo, murmullos. Uno le recuerda que no puede fumar. Los demás se unen, forman un grupo, le exigen que apague el cigarro.
Tensión.
El hombre se levanta, planta cara al grupo, les reta a decidir quién va a quitarle el cigarro.
Viaja también una madre con su bebé. Esta mujer dirige al fumador una mirada tierna, como la que mostrará a su hijo cuando un día le sorprenda en una travesura. El niño también mira al fumador, y sonríe.
El hombre apaga el cigarro, se sienta. Vuelve la calma.
Tras el viaje dos personas estrechan sus manos, comparten perdón.
Al acercarse a su destino afloran nervios. Saca un cigarro, lo enciende.
Miradas de soslayo, murmullos. Uno le recuerda que no puede fumar. Los demás se unen, forman un grupo, le exigen que apague el cigarro.
Tensión.
El hombre se levanta, planta cara al grupo, les reta a decidir quién va a quitarle el cigarro.
Viaja también una madre con su bebé. Esta mujer dirige al fumador una mirada tierna, como la que mostrará a su hijo cuando un día le sorprenda en una travesura. El niño también mira al fumador, y sonríe.
El hombre apaga el cigarro, se sienta. Vuelve la calma.
Tras el viaje dos personas estrechan sus manos, comparten perdón.
6.4.09
Calle Valdivia nº 10
La casa de Pedrito tiene dos habitaciones junto al patio a las que llamamos cuadrillas. En una de ellas solemos jugar. También tiene un pozo dividido por una pared, medio pozo para su casa y otra mitad para la contigua. A veces su madre habla con la vecina a través del pozo. De la pared cuelga un nido de barro seco, las golondrinas vuelven cada primavera (hay que respetarlas porque arrancaron a Cristo su corona de espinas). Hay también un tejado por el que andan los gatos.
La madre de Pedrito se llama Consuelo. Llama alfileres a las pinzas de tender la ropa, alacena a la despensa, peros a las manzanas, y en lugar de jersey dice saquito. Si va a comprar no dice voy al mercado, sino voy a la plaza. Cuando a Pedrito se le desarregla la ropa o lleva la camisa por fuera, dice
¡qué hechuras!
y yo no lo entiendo. En casa de Pedrito hay un botijo del que se debe beber a caño, me atragantaba siempre, por eso lo hago a morro cuando nadie me ve. La madre de Pedrito hace los polos más ricos del mundo, de leche canela y azúcar, con forma de cubito que se cogen con un mondadientes. También me da la merienda a la vez que a Pedrito, para que
no se te salte la hiel.
Me comía primero el pan para disfrutar después del chocolate solo. A veces ella, cuando ve que he comido todo el pan y aún me queda chocolate, me ofrece más pan.
En casa de Pedrito hay patos y gallinas. A los patos les damos moscas que cazamos, su padre nos regaña porque
las moscas se posan en las cacas y los patos son para comerlos.
Cada vez que su madre mata un pato, Pedrito se enoja y se niega a tomar la carne.
El Guadalquivir queda a varios kilómetros, pero se ataja por la vía abandonada del Baeza-Utiel. Por otra parte, un pato cabe en el macuto de gimnasia.
Asustado, no quiere salir, pero le empujamos y cae sobre la hierba. El agua le llama. Sumerge medio cuerpo, suelta un graznido, se aleja nadando. ¿Será verdad que este río pasa por Sevilla y desemboca en Sanlúcar provincia de Cádiz?
La madre de Pedrito se llama Consuelo. Llama alfileres a las pinzas de tender la ropa, alacena a la despensa, peros a las manzanas, y en lugar de jersey dice saquito. Si va a comprar no dice voy al mercado, sino voy a la plaza. Cuando a Pedrito se le desarregla la ropa o lleva la camisa por fuera, dice
¡qué hechuras!
y yo no lo entiendo. En casa de Pedrito hay un botijo del que se debe beber a caño, me atragantaba siempre, por eso lo hago a morro cuando nadie me ve. La madre de Pedrito hace los polos más ricos del mundo, de leche canela y azúcar, con forma de cubito que se cogen con un mondadientes. También me da la merienda a la vez que a Pedrito, para que
no se te salte la hiel.
Me comía primero el pan para disfrutar después del chocolate solo. A veces ella, cuando ve que he comido todo el pan y aún me queda chocolate, me ofrece más pan.
En casa de Pedrito hay patos y gallinas. A los patos les damos moscas que cazamos, su padre nos regaña porque
las moscas se posan en las cacas y los patos son para comerlos.
Cada vez que su madre mata un pato, Pedrito se enoja y se niega a tomar la carne.
El Guadalquivir queda a varios kilómetros, pero se ataja por la vía abandonada del Baeza-Utiel. Por otra parte, un pato cabe en el macuto de gimnasia.
Asustado, no quiere salir, pero le empujamos y cae sobre la hierba. El agua le llama. Sumerge medio cuerpo, suelta un graznido, se aleja nadando. ¿Será verdad que este río pasa por Sevilla y desemboca en Sanlúcar provincia de Cádiz?
4.4.09
Abraxas
-No hemos querido molestarla hasta que saliera de la UCI. Ahora que su hijo se encuentra bien y usted ya está en planta, querríamos que contestara algunas preguntas. Es para el atestado.
-No hay problema. Responderé hasta donde me acuerde.
-Bien, vamos allá. ¿Recuerda cómo se produjo el choque?
-Al entrar en la curva la furgoneta invadió mi carril. De pronto la vi de frente, venía directa hacia mí. Instintivamente giré el volante hacia la derecha y nos salimos. De repente me encontré “cabeza abajo”. Miré atrás y vi a mi hijo. Lloraba, así que estaba vivo. Con mucho esfuerzo conseguí salir por el parabrisas. Intenté sacar al niño, pero los brazos no me obedecían. Entonces vino aquel hombre. Recuerdo cómo soltó el cinturón de la sillita, agarró a mi hijo y lo levantó. Todo pese a llevar las manos esposadas. Lo sacó del coche y lo apartó de allí.
-¿Estaba ya ardiendo su coche en ese momento?
-Creo que todavía no, porque el niño no ha tenido quemaduras. Ni yo tampoco. Sólo traumatismos.
-Entonces, ¿cuándo se dio cuenta usted de que su coche ardía?
-Un poco después, dos minutos o así. Pero ¿por qué es tan importante el momento?
-Mire, señora, aquel hombre murió carbonizado. La hipótesis que manejamos es que sus ropas se prendieron al rescatar a su hijo.
-Así que ha muerto...
-Queremos aclarar el modo como se incendiaron sus ropas. Dese cuenta de que ese hombre estaba detenido, así que el Estado era responsable de su custodia.
-Entonces ¿murió abrasado?
-Sí. Con las esposas debió serle imposible quitarse las ropas. Y como estaban ardiendo...
-Me dejan atónita... ¿Y por qué fue detenido?
-Bueno, en realidad no estaba detenido. Ya había sido condenado. El furgón que chocó con su coche venía de la Audiencia. Era un traslado penitenciario: lo conducían a prisión, a cumplir condena.
-Condena... ¿Por qué delito?
-Homicidio.
-No hay problema. Responderé hasta donde me acuerde.
-Bien, vamos allá. ¿Recuerda cómo se produjo el choque?
-Al entrar en la curva la furgoneta invadió mi carril. De pronto la vi de frente, venía directa hacia mí. Instintivamente giré el volante hacia la derecha y nos salimos. De repente me encontré “cabeza abajo”. Miré atrás y vi a mi hijo. Lloraba, así que estaba vivo. Con mucho esfuerzo conseguí salir por el parabrisas. Intenté sacar al niño, pero los brazos no me obedecían. Entonces vino aquel hombre. Recuerdo cómo soltó el cinturón de la sillita, agarró a mi hijo y lo levantó. Todo pese a llevar las manos esposadas. Lo sacó del coche y lo apartó de allí.
-¿Estaba ya ardiendo su coche en ese momento?
-Creo que todavía no, porque el niño no ha tenido quemaduras. Ni yo tampoco. Sólo traumatismos.
-Entonces, ¿cuándo se dio cuenta usted de que su coche ardía?
-Un poco después, dos minutos o así. Pero ¿por qué es tan importante el momento?
-Mire, señora, aquel hombre murió carbonizado. La hipótesis que manejamos es que sus ropas se prendieron al rescatar a su hijo.
-Así que ha muerto...
-Queremos aclarar el modo como se incendiaron sus ropas. Dese cuenta de que ese hombre estaba detenido, así que el Estado era responsable de su custodia.
-Entonces ¿murió abrasado?
-Sí. Con las esposas debió serle imposible quitarse las ropas. Y como estaban ardiendo...
-Me dejan atónita... ¿Y por qué fue detenido?
-Bueno, en realidad no estaba detenido. Ya había sido condenado. El furgón que chocó con su coche venía de la Audiencia. Era un traslado penitenciario: lo conducían a prisión, a cumplir condena.
-Condena... ¿Por qué delito?
-Homicidio.
3.4.09
Una piedra del camino
En aquella época tenía a mi cargo velar por el orden en un edificio público. Sonó el teléfono y me informaron de un incidente ocurrido en la puerta. Un hombre se mostraba exaltado porque, después de decírsele que con la piedra que llevaba en el bolsillo no podía entrar y haberla depositado en el servicio de seguridad, cuando al abandonar el edificio quiso recuperar su piedra, ésta no aparecía. Sin apenas entender nada, acudí a la planta baja. Lo que vi no era alguien furioso, sino un hombre derrumbado, como si en ese momento lo hubiera perdido todo. Pero de repente su expresión cambió: la piedra había sido encontrada (al parecer accidentalmente había caído en una papelera). El hombre la tomó, la besó y la colocó en su pecho, al lado del corazón. No era una piedra preciosa ni tenía nada especial. Era una piedra fea, vulgar y alargada. Un pedrusco. Intrigado, le pregunté por qué aquello era tan importante para él, y así fue como me contó la historia de
Una piedra del camino.
Hace veinte años recorría con mi familia las ferias de los pueblos. Vendíamos turrones y chucherías. En verano dormíamos a la intemperie, con una lona en el suelo y otra por encima para protegernos de los mosquitos y del sol tempranero. Una noche, al ir a acostarme se me clavó algo en la espalda. Era una piedra acabada en punta que había debajo de la lona. Dado que el resto de la familia estaba ya durmiendo, no era cuestión de despertar a todos para cambiarnos de sitio. Intenté apartar la piedra por encima de la lona, pero estaba bien incrustada en al suelo. Así que al final tuve que aguantarme e intentar dormir sobre aquella piedra. Pero era imposible. Conforme pasaba el tiempo, más se me hincaba y más me dolía. Tendría que haber oído lo que rumiaba: “guarra, jodida, cabrona…”. Ya ve usted qué tontería, decirle eso a una piedra, como si pudiera entenderlo. Me entraban ganas de levantar la lona, coger la piedra y mandarla todo lo lejos que pudiera. Desvaríos por la rabia de no poder dormirme. Era ya muy tarde cuando noté un ruido extraño y, enseguida, un resplandor. La lona estaba ardiendo. Una brasa, procedente de alguna hoguera mal apagada, debió de prenderla. Inmediatamente desperté a mi mujer y a mis hijos y salimos corriendo. Mi mujer cogió en brazos a nuestra hija menor, que aún dormía en cuna. En cuestión de segundos ambas lonas, arriba y abajo, ardían por entero. De no haber sido porque al empezar el fuego yo estaba despierto, habríamos muerto todos. ¿Y sabe por qué estaba despierto? Bueno, ya se lo he dicho: por la piedra que se me clavaba. Ella nos salvó. Cuando todo había ardido la cogí y, desde entonces, la llevo siempre conmigo. Y créame que esto que le digo no es ningún cuento.
(Pues para mí sí.)
Una piedra del camino.
Hace veinte años recorría con mi familia las ferias de los pueblos. Vendíamos turrones y chucherías. En verano dormíamos a la intemperie, con una lona en el suelo y otra por encima para protegernos de los mosquitos y del sol tempranero. Una noche, al ir a acostarme se me clavó algo en la espalda. Era una piedra acabada en punta que había debajo de la lona. Dado que el resto de la familia estaba ya durmiendo, no era cuestión de despertar a todos para cambiarnos de sitio. Intenté apartar la piedra por encima de la lona, pero estaba bien incrustada en al suelo. Así que al final tuve que aguantarme e intentar dormir sobre aquella piedra. Pero era imposible. Conforme pasaba el tiempo, más se me hincaba y más me dolía. Tendría que haber oído lo que rumiaba: “guarra, jodida, cabrona…”. Ya ve usted qué tontería, decirle eso a una piedra, como si pudiera entenderlo. Me entraban ganas de levantar la lona, coger la piedra y mandarla todo lo lejos que pudiera. Desvaríos por la rabia de no poder dormirme. Era ya muy tarde cuando noté un ruido extraño y, enseguida, un resplandor. La lona estaba ardiendo. Una brasa, procedente de alguna hoguera mal apagada, debió de prenderla. Inmediatamente desperté a mi mujer y a mis hijos y salimos corriendo. Mi mujer cogió en brazos a nuestra hija menor, que aún dormía en cuna. En cuestión de segundos ambas lonas, arriba y abajo, ardían por entero. De no haber sido porque al empezar el fuego yo estaba despierto, habríamos muerto todos. ¿Y sabe por qué estaba despierto? Bueno, ya se lo he dicho: por la piedra que se me clavaba. Ella nos salvó. Cuando todo había ardido la cogí y, desde entonces, la llevo siempre conmigo. Y créame que esto que le digo no es ningún cuento.
(Pues para mí sí.)
2.4.09
Cocretas
A Dolores. (Me reía de ella porque decía “cocretas”. Pero para devorar su trabajo -sus croquetas- no ponía reparos lingüísticos.)
Para que tú aprendieras ínclitas reglas gramaticales
(se me y no me se, anduve y no andé, no mu ni cuála ni difiriencia)
fue necesario que ellos bajaran a la mina, hicieran las camas, fregaran tu baño;
todo para que tú, mientras tanto, estudiaras ortofonía.
Así que cuando oigas
me se ha caído,
mu grandísimo,
jarto,
mercer,
cuála de las dos,
no les reduzcas ni les desdeñes, no corrijas sus palabras.
Desprecias mucho cuando dices
es más fácil decir harto, mecer, diferencia.
Porque mientras tú reglas de la sintaxis,
ellos tragaban sílice, hacían papillas o limpiaban tu mierda,
niñato de ídem.
Para que tú aprendieras ínclitas reglas gramaticales
(se me y no me se, anduve y no andé, no mu ni cuála ni difiriencia)
fue necesario que ellos bajaran a la mina, hicieran las camas, fregaran tu baño;
todo para que tú, mientras tanto, estudiaras ortofonía.
Así que cuando oigas
me se ha caído,
mu grandísimo,
jarto,
mercer,
cuála de las dos,
no les reduzcas ni les desdeñes, no corrijas sus palabras.
Desprecias mucho cuando dices
es más fácil decir harto, mecer, diferencia.
Porque mientras tú reglas de la sintaxis,
ellos tragaban sílice, hacían papillas o limpiaban tu mierda,
niñato de ídem.
1.4.09
Final de trayecto
Uno escribió “apenas tenía imaginación, pero inventó cuentos junto a mi cuna”.
Otro escribió “compartió conmigo su luz y su alegría”.
Otra escribió “cuando ya no tenía fuerzas para nada, aún sacaba fuerzas para mí”.
Otra escribió “toleró mis errores”.
Otro escribió “respondió a mis gritos con palabras suaves”.
Otra escribió “después de engañarla, volvió a confiar en mí”.
Y cada uno plegó varias veces su papel hasta hacerlo diminuto y entre todos, silenciosamente, los colocaron sobre aquel cuerpo. Y al trasladarlo tuvieron sumo cuidado de que ninguno de los papeles se cayera, porque sin ellos el lívido despojo perdería su textura.
Otro escribió “compartió conmigo su luz y su alegría”.
Otra escribió “cuando ya no tenía fuerzas para nada, aún sacaba fuerzas para mí”.
Otra escribió “toleró mis errores”.
Otro escribió “respondió a mis gritos con palabras suaves”.
Otra escribió “después de engañarla, volvió a confiar en mí”.
Y cada uno plegó varias veces su papel hasta hacerlo diminuto y entre todos, silenciosamente, los colocaron sobre aquel cuerpo. Y al trasladarlo tuvieron sumo cuidado de que ninguno de los papeles se cayera, porque sin ellos el lívido despojo perdería su textura.
31.3.09
Extraños en un bus
Como casi todos los días, el conductor del autobús ve subir al viejecito con una bolsa en la mano. Al llegar a su destino, un perro espera y recibe puntualmente al anciano. A veces éste no viaja, y entonces el perro aguarda hasta que todos los viajeros descienden del autobús y se alejan. Entonces, al cabo de un rato el perro asume que el viejecito no ha venido hoy.
Pero ahora es mucho tiempo seguido sin que el anciano viaje. Demasiados días en que el perro, con ojos anhelantes, esperó inútilmente y se marchó decepcionado.
El conductor del autobús observa que últimamente el perro ha enflaquecido, y entonces ata cabos: Lo que el viejecito traía en la bolsa era comida para el perro. Tal vez el anciano esté enfermo (o haya muerto) y ahora no puede traérsela.
Entonces el conductor decide suplir al viejo. Todos los días lleva al perro los huesos sobrantes del cocido o algún despojo que compra en el mercado.
El perro sigue alegrándose cuando ve llegar el autobús. Ya no sólo espera al viejecito, ahora también busca al conductor.
Un día, de pronto, el anciano reaparece. Envuelto en una bufanda, con aspecto de haber pasado alguna enfermedad y con una bolsa en la mano, vuelve a ocupar su asiento en el autobús. El conductor lo nota tenso, con un sinvivir que le impide dejarse caer en el respaldo. Así que le dice:
-No se preocupe por su perro. Está bien. Sigue viniendo todos los días a esperarle.
Entonces el anciano sonríe y se acomoda.
El conductor no dice nada de que, durante semanas, ha sido él quien ha alimentado al perro. Y al llegar al destino no sale del autobús: contempla desde su cabina el alborozo del reencuentro humano y perruno.
-¡Canelo! ¡Canelo!
Y el rabo de Canelo gira como un aspa.
En el regreso el conductor no pone la radio. Prefiere pensar en las palabras del judío que recorría los desiertos:
“No hagas el bien pensando en que te alaben. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha”.
Y concluye:
-Puede que el que dijo eso no fuera Dios, pero en todo caso era un tío cojonudo.
Pero ahora es mucho tiempo seguido sin que el anciano viaje. Demasiados días en que el perro, con ojos anhelantes, esperó inútilmente y se marchó decepcionado.
El conductor del autobús observa que últimamente el perro ha enflaquecido, y entonces ata cabos: Lo que el viejecito traía en la bolsa era comida para el perro. Tal vez el anciano esté enfermo (o haya muerto) y ahora no puede traérsela.
Entonces el conductor decide suplir al viejo. Todos los días lleva al perro los huesos sobrantes del cocido o algún despojo que compra en el mercado.
El perro sigue alegrándose cuando ve llegar el autobús. Ya no sólo espera al viejecito, ahora también busca al conductor.
Un día, de pronto, el anciano reaparece. Envuelto en una bufanda, con aspecto de haber pasado alguna enfermedad y con una bolsa en la mano, vuelve a ocupar su asiento en el autobús. El conductor lo nota tenso, con un sinvivir que le impide dejarse caer en el respaldo. Así que le dice:
-No se preocupe por su perro. Está bien. Sigue viniendo todos los días a esperarle.
Entonces el anciano sonríe y se acomoda.
El conductor no dice nada de que, durante semanas, ha sido él quien ha alimentado al perro. Y al llegar al destino no sale del autobús: contempla desde su cabina el alborozo del reencuentro humano y perruno.
-¡Canelo! ¡Canelo!
Y el rabo de Canelo gira como un aspa.
En el regreso el conductor no pone la radio. Prefiere pensar en las palabras del judío que recorría los desiertos:
“No hagas el bien pensando en que te alaben. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha”.
Y concluye:
-Puede que el que dijo eso no fuera Dios, pero en todo caso era un tío cojonudo.
30.3.09
Sobre tus piedras lunares
-Pero no es igual. La última vez tenías 36 años y ahora has cumplido 54. No es probable que tus facultades sean las mismas: equilibrio, aptitud cardíaca y pulmonar, resistencia antigravitatoria…
-Bueno, he seguido un programa de reentrenamiento. Podría pasar un test psicofísico.
-Además, en este momento disponemos de suficientes candidatos.
-Pero no con mi experiencia.
-No, claro: hay pocos astronautas que hayan estado en la Luna. Pero tampoco hay previsión de viajes lunares a corto plazo. Son un dispendio. Ahora los proyectos tripulados tienen un enfoque más práctico: laboratorios, misiones orbitales…
-Quien pudo lo más, puede lo menos.
-Está bien: haré que se estudie tu solicitud. Pero dime, en confianza, ¿por qué quieres volver al espacio?
-Te lo diré si me guardas el secreto.
-Somos amigos, ¿no?
-¿Sabes? La última vez que vi la Tierra desde allí arriba pensé: “en aquel planeta hay tres personas a quienes detesto”. Pero ahora me he reconciliado con ellas: las he perdonado y ellas a mí. Así que quiero volver a lo alto y poder decir: “en aquella bola azul no hay nadie hacia quien sienta odio”.
-Bueno, he seguido un programa de reentrenamiento. Podría pasar un test psicofísico.
-Además, en este momento disponemos de suficientes candidatos.
-Pero no con mi experiencia.
-No, claro: hay pocos astronautas que hayan estado en la Luna. Pero tampoco hay previsión de viajes lunares a corto plazo. Son un dispendio. Ahora los proyectos tripulados tienen un enfoque más práctico: laboratorios, misiones orbitales…
-Quien pudo lo más, puede lo menos.
-Está bien: haré que se estudie tu solicitud. Pero dime, en confianza, ¿por qué quieres volver al espacio?
-Te lo diré si me guardas el secreto.
-Somos amigos, ¿no?
-¿Sabes? La última vez que vi la Tierra desde allí arriba pensé: “en aquel planeta hay tres personas a quienes detesto”. Pero ahora me he reconciliado con ellas: las he perdonado y ellas a mí. Así que quiero volver a lo alto y poder decir: “en aquella bola azul no hay nadie hacia quien sienta odio”.
27.3.09
Mientras dormías
Sin saberlo ni estar ahí, a veces aparecemos (como protagonistas o actores secundarios) en los sueños de otros.
-Anoche soñé contigo-, nos dice alguien.
-¿Y cómo era yo (ese yo) en tu sueño?
-Anoche soñé contigo-, nos dice alguien.
-¿Y cómo era yo (ese yo) en tu sueño?
26.3.09
Cosas que olvidé celebrar
-¿Quién es?
-Buenos días, doña Gema. Soy un amigo de su hijo Enrique. ¿Puede abrirme?
-¿Le manda mi hijo?
-Verá, señora. Es que su hijo ha tenido un accidente con el coche. Nada grave, pero los médicos quieren hacerle unas pruebas. Le han llevado al hospital para sacarle una radiografía. Y el problema es que el coche hay que retirarlo de la calle. Por eso Enrique ha avisado a una grúa. Y yo vengo de su parte: para que le deje algo de dinero con que pagar la grúa. Es que, claro, él ahora no puede pasar por su casa.
-Ya, comprendo. ¿Pero de verdad que mi hijo está bien?
-Se lo aseguro. Yo pasaba por allí cuando chocó y Enrique ha salido por sus pies. Sólo tiene alguna magulladura.
-Vaya por Dios… Espere, que le dejo el dinero que tenga en casa. A ver, ¿será suficiente?
-Seguro que sí. Bueno, señora, encantado de conocerla. Adiós.
Gema ansía que el hombre se marche para poder preguntar por Enrique, averiguar su verdadero estado.
Llama a casa de su hijo.
-Dígame.
-Belén, soy Gema. ¿Cómo está Enrique?
-¿Enrique? Bien. Está aquí, en su despacho… Si quieres te lo paso.
-¿Pero ya ha vuelto del hospital?
-¿Qué hospital?
-Mujer, pues por lo del accidente.
-Pero Gema, no sé de qué me estás hablando.
Gema empieza a entender que ha sido estafada. Aquel hombre, habiéndose enterado de su nombre y el de su hijo, le ha arrancado el dinero que tenía en casa.
Una parte de ella se indigna con el timador. Otra parte se llena de euforia al saber que su hijo está ileso, que no ha sufrido ningún daño, y que (sin haber reparado en ello) las personas a las que Gema más quiere viven y, pese a su innata fragilidad, se hallan saludables.
Una parte de Gema marca el número de la policía. Otra parte interrumpe la llamada, cuelga el teléfono y descorcha el vino de las grandes ocasiones.
-Buenos días, doña Gema. Soy un amigo de su hijo Enrique. ¿Puede abrirme?
-¿Le manda mi hijo?
-Verá, señora. Es que su hijo ha tenido un accidente con el coche. Nada grave, pero los médicos quieren hacerle unas pruebas. Le han llevado al hospital para sacarle una radiografía. Y el problema es que el coche hay que retirarlo de la calle. Por eso Enrique ha avisado a una grúa. Y yo vengo de su parte: para que le deje algo de dinero con que pagar la grúa. Es que, claro, él ahora no puede pasar por su casa.
-Ya, comprendo. ¿Pero de verdad que mi hijo está bien?
-Se lo aseguro. Yo pasaba por allí cuando chocó y Enrique ha salido por sus pies. Sólo tiene alguna magulladura.
-Vaya por Dios… Espere, que le dejo el dinero que tenga en casa. A ver, ¿será suficiente?
-Seguro que sí. Bueno, señora, encantado de conocerla. Adiós.
Gema ansía que el hombre se marche para poder preguntar por Enrique, averiguar su verdadero estado.
Llama a casa de su hijo.
-Dígame.
-Belén, soy Gema. ¿Cómo está Enrique?
-¿Enrique? Bien. Está aquí, en su despacho… Si quieres te lo paso.
-¿Pero ya ha vuelto del hospital?
-¿Qué hospital?
-Mujer, pues por lo del accidente.
-Pero Gema, no sé de qué me estás hablando.
Gema empieza a entender que ha sido estafada. Aquel hombre, habiéndose enterado de su nombre y el de su hijo, le ha arrancado el dinero que tenía en casa.
Una parte de ella se indigna con el timador. Otra parte se llena de euforia al saber que su hijo está ileso, que no ha sufrido ningún daño, y que (sin haber reparado en ello) las personas a las que Gema más quiere viven y, pese a su innata fragilidad, se hallan saludables.
Una parte de Gema marca el número de la policía. Otra parte interrumpe la llamada, cuelga el teléfono y descorcha el vino de las grandes ocasiones.
24.3.09
El muro
No nos asombró su soltura, sino nuestra ofuscación.
Todos los días, a la hora de comer, la misma lucha. Queríamos ver la película, pero no era posible sentarnos todos frente al televisor.
Pensamos en colocar una mesa más grande, pero el comedor no era lo suficientemente amplio.
Pensamos en comer más pronto para terminar antes de que empezara la peli, pero los horarios paternos lo impedían.
Así que siguieron las carreras para llegar antes a la mesa, y los codazos, empujones y patadas entre los hermanos. Incluso hubo algún día vuelo de cucharillas.
Más tarde hicimos turnos para sentarnos, cada día, de cara o de espaldas al televisor.
Pero los turnos no se respetaban y volvieron las broncas. Al final, mi padre se enfurecía y apagaba la tele.
Así, diariamente, durante un montón de años.
Hasta que se estropeó la persiana.
El persianero se presentó a la hora de comer. Mientras reparaba la persiana presenció una de nuestras riñas. Movido por la virulencia de la discusión, cogió el espejo que había en el vestíbulo y lo colocó en el comedor, frente a la tele.
Todos nos miramos desconcertados: De pronto, era como si en el comedor hubiera dos televisores, uno a cada lado.
Lo que nos asombró no fue la ocurrencia del persianero, sino nuestra torpeza. No su resolución, sino nuestra opacidad para algo tan obvio.
Sentimos que un muro se había alzado, durante años, entre la evidencia y nosotros. Y la energía gastada en rencillas nos había impedido demolerlo.
Borro de mi mente al persianero y todavía me veo allí, en el comedor, discutiendo con mis hermanos.
Todos los días, a la hora de comer, la misma lucha. Queríamos ver la película, pero no era posible sentarnos todos frente al televisor.
Pensamos en colocar una mesa más grande, pero el comedor no era lo suficientemente amplio.
Pensamos en comer más pronto para terminar antes de que empezara la peli, pero los horarios paternos lo impedían.
Así que siguieron las carreras para llegar antes a la mesa, y los codazos, empujones y patadas entre los hermanos. Incluso hubo algún día vuelo de cucharillas.
Más tarde hicimos turnos para sentarnos, cada día, de cara o de espaldas al televisor.
Pero los turnos no se respetaban y volvieron las broncas. Al final, mi padre se enfurecía y apagaba la tele.
Así, diariamente, durante un montón de años.
Hasta que se estropeó la persiana.
El persianero se presentó a la hora de comer. Mientras reparaba la persiana presenció una de nuestras riñas. Movido por la virulencia de la discusión, cogió el espejo que había en el vestíbulo y lo colocó en el comedor, frente a la tele.
Todos nos miramos desconcertados: De pronto, era como si en el comedor hubiera dos televisores, uno a cada lado.
Lo que nos asombró no fue la ocurrencia del persianero, sino nuestra torpeza. No su resolución, sino nuestra opacidad para algo tan obvio.
Sentimos que un muro se había alzado, durante años, entre la evidencia y nosotros. Y la energía gastada en rencillas nos había impedido demolerlo.
Borro de mi mente al persianero y todavía me veo allí, en el comedor, discutiendo con mis hermanos.
23.3.09
El secreto
Poco antes de morir, mi abuela consideró su deber confesarme el secreto que hasta entonces había guardado. El secreto era que, puesto que mis padres no me habían bautizado, ella y su esposo (mi abuelo) aprovecharon una tarde que, siendo yo niño de apenas un año, mis padres me dejaron con ellos para ir al cine, y entre los dos me bautizaron en el fregadero de la cocina. Mi abuela me sostuvo en brazos y mi abuelo ofició la ceremonia.
“Lo hicimos para que, en caso de morir, fueras al Cielo y no al Limbo”, me aclaró.
Al oírlo sentí como si la memoria se me abriera y recordé a mis abuelos puestos de pie, muy serios, y de pronto agua chorreándome cabeza abajo.
“Así que fue eso” –pensé-. “El primer recuerdo de mi vida era eso”. Y me pregunté: “¿Cómo podían creer mis abuelos que el porvenir, el destino eterno de un niño, dependería de echarle un chorro de agua? ¿Cómo podían pensar que mojándome el pelo me librarían de una cosa llamada Limbo? ¿Cómo podían creerlo?”.
Pero a mi abuela no le expuse mi perplejidad. Le dije sólo: “Gracias, abuela”. Después de todo, ¿qué culpa tenía ella de creer, de que le hubieran hecho creer, eso?
“Lo hicimos para que, en caso de morir, fueras al Cielo y no al Limbo”, me aclaró.
Al oírlo sentí como si la memoria se me abriera y recordé a mis abuelos puestos de pie, muy serios, y de pronto agua chorreándome cabeza abajo.
“Así que fue eso” –pensé-. “El primer recuerdo de mi vida era eso”. Y me pregunté: “¿Cómo podían creer mis abuelos que el porvenir, el destino eterno de un niño, dependería de echarle un chorro de agua? ¿Cómo podían pensar que mojándome el pelo me librarían de una cosa llamada Limbo? ¿Cómo podían creerlo?”.
Pero a mi abuela no le expuse mi perplejidad. Le dije sólo: “Gracias, abuela”. Después de todo, ¿qué culpa tenía ella de creer, de que le hubieran hecho creer, eso?
18.3.09
Impagable
Un día antes de cumplir su condena, el director de la prisión le dijo: "Mañana quedas en libertad. Ya has pagado por lo que hiciste".
Pero el ya ex-recluso sabía que no había pagado. Porque, años atrás, quitó la vida a otra persona y jamás podría pagar el precio. Porque nunca, nunca, nunca iba a saldar su deuda.
Pero el ya ex-recluso sabía que no había pagado. Porque, años atrás, quitó la vida a otra persona y jamás podría pagar el precio. Porque nunca, nunca, nunca iba a saldar su deuda.
16.3.09
Pájaros en la cabeza
Se dictó una norma, la Ley de Defensa de la Realidad, que dispuso que:
“Se prohíben las novelas y relatos.
Se prohíben las películas, las obras teatrales, las series de televisión, los cortometrajes, las fotonovelas y los seriales radiofónicos.
Se prohíben los poemas, los romances y las coplas.
Se prohíben los cuentos infantiles, los guiñoles y los títeres.
Se prohíben los comics, los tebeos y los dibujos animados.
Se prohíben las fábulas, las leyendas y los mitos.
Se prohíbe el humor gráfico, las viñetas y los chistes.
Se prohíben las canciones, los villancicos y las nanas.
Se prohíben las metáforas, sugestiones e hipérboles.
Se prohíben las evocaciones, ensoñaciones y premoniciones…
En materia de artes plásticas, se prohíbe todo cuanto no sea copia realista de objetos y paisajes, sin distorsión ni abstracción. Se destruirán las esculturas y pinturas (incluidas las rupestres) que no cumplan tal requisito.
Se prohíbe cualquier asomo de ficción o inventiva.
Se prohíbe todo lo anterior para que nada nos aparte, para que nada nos despegue de la realidad.”
Pero pronto empezó la avalancha de delirios y alucinaciones. Se multiplicaron los desórdenes psíquicos. Mucha gente hablaba sola por las calles. Otros andaban entristecidos, cabizbajos y arrastrando los pies, como almas en pena. Como muertos en vida.
Se disparó, también, la cifra de suicidios.
Y es que no había más alternativas que el delirio y la muerte. No había más salidas ni escapatorias. No había otras zonas de refugio o descanso.
Y, para no terminar todos muertos o dementes (o sea, por el bien de la realidad y de su percepción), las pocas inteligencias lúcidas que aún quedaban decidieron derogar, finalmente, la Ley de Defensa de la Realidad.
“Se prohíben las novelas y relatos.
Se prohíben las películas, las obras teatrales, las series de televisión, los cortometrajes, las fotonovelas y los seriales radiofónicos.
Se prohíben los poemas, los romances y las coplas.
Se prohíben los cuentos infantiles, los guiñoles y los títeres.
Se prohíben los comics, los tebeos y los dibujos animados.
Se prohíben las fábulas, las leyendas y los mitos.
Se prohíbe el humor gráfico, las viñetas y los chistes.
Se prohíben las canciones, los villancicos y las nanas.
Se prohíben las metáforas, sugestiones e hipérboles.
Se prohíben las evocaciones, ensoñaciones y premoniciones…
En materia de artes plásticas, se prohíbe todo cuanto no sea copia realista de objetos y paisajes, sin distorsión ni abstracción. Se destruirán las esculturas y pinturas (incluidas las rupestres) que no cumplan tal requisito.
Se prohíbe cualquier asomo de ficción o inventiva.
Se prohíbe todo lo anterior para que nada nos aparte, para que nada nos despegue de la realidad.”
Pero pronto empezó la avalancha de delirios y alucinaciones. Se multiplicaron los desórdenes psíquicos. Mucha gente hablaba sola por las calles. Otros andaban entristecidos, cabizbajos y arrastrando los pies, como almas en pena. Como muertos en vida.
Se disparó, también, la cifra de suicidios.
Y es que no había más alternativas que el delirio y la muerte. No había más salidas ni escapatorias. No había otras zonas de refugio o descanso.
Y, para no terminar todos muertos o dementes (o sea, por el bien de la realidad y de su percepción), las pocas inteligencias lúcidas que aún quedaban decidieron derogar, finalmente, la Ley de Defensa de la Realidad.
13.3.09
Rebobina
Recompón el vaso roto: junta sus mil añicos, las astillas de vidrio dispersas por el suelo.
Devuelve ahora a la jarra el agua que vertiste. Haz que esté otra vez llena, que no falte una gota.
Mete otra vez la pasta de dientes en su tubo.
Desquema aquellos árboles a los que hiciste arder. Reconfigúralos. Reponlos a partir de su humo y sus cenizas.
Venga, borra tus actos. Suprímelos. Deshazlos. Déjalo todo igual que antes de haberlos hecho.
Devuelve ahora a la jarra el agua que vertiste. Haz que esté otra vez llena, que no falte una gota.
Mete otra vez la pasta de dientes en su tubo.
Desquema aquellos árboles a los que hiciste arder. Reconfigúralos. Reponlos a partir de su humo y sus cenizas.
Venga, borra tus actos. Suprímelos. Deshazlos. Déjalo todo igual que antes de haberlos hecho.
12.3.09
Y tú de qué te ríes
Oí a alguien decir:
“Se aprovechan de que no tengo estudios para indiscriminarme”.
Y yo me reí, no sé si voluntaria o involuntariamente (¡ indiscriminarme !), pero luego me avergoncé de mi risa. Sí: sentí una íntima vergüenza, y me eché una gran autobronca, por haberme reído.
(Hay que ser tan bruto, tan ignorante para reírse de la ignorancia ajena…)
“Se aprovechan de que no tengo estudios para indiscriminarme”.
Y yo me reí, no sé si voluntaria o involuntariamente (¡ indiscriminarme !), pero luego me avergoncé de mi risa. Sí: sentí una íntima vergüenza, y me eché una gran autobronca, por haberme reído.
(Hay que ser tan bruto, tan ignorante para reírse de la ignorancia ajena…)
10.3.09
De estas prisiones cargado
Estoy dentro de él, así que casi nunca lo veo. A veces me lo encuentro de frente, cuando paso (pasa) ante un espejo, pero rápidamente desvío la mirada. Me cuesta aceptar que va conmigo a todas partes. Me resisto a asumir que soy él.
9.3.09
Film
Esta grabación dura varias décadas. Es una sola toma, hecha sin pausas y con la misma cámara. No son secuencias aisladas que más tarde se monten, sino una escena larga, con acciones continuas que hay que desarrollar: cada uno en su papel, ciñéndose al guión, improvisando a veces y sin ensayos previos. Actuando de un tirón hasta que venga el director (se supone que existe) y grite corten.
5.3.09
Ególatra
Siente una gran necesidad de ser admirado. Y por eso se conduce con pedantería. Anhela asumir protagonismo, acaparar la atención. Exhibe de continuo sus títulos, sus méritos. Busca con desesperación los focos y las cámaras. Y no se da cuenta de que, con todo eso, obtiene justo lo contrario de lo que busca. Lo más opuesto a la admiración. El ridículo.
4.3.09
Quinto mandamiento
Una chica joven, en la calle, repartía octavillas. Me dio una y la leí:
“Todos los animales que poseemos sistema nervioso tenemos capacidad de sentir y sufrir. A ninguno nos gustaría estar encerrados o privados de movimiento, ni que nos golpearan, ni que nos arrebataran la vida contra nuestra voluntad. Nuestro objetivo pasa por que se establezca el principio de igualdad entre todos los animales, entendido como una idea moral, reconociendo que la vida y la libertad de los demás animales son tan importantes para ellos como las nuestras para nosotros. Es hora de dar otro paso, de avanzar hacia una única moral, superando cualquier prejuicio y la idea de que los animales son cosas de nuestra propiedad simplemente por no ser iguales a los humanos y no pertenecer a nuestra especie. El `especismo’ se opone a la esclavitud, explotación y muerte de cualquier animal no humano y excluye el consumo de productos de origen animal.”
Y tras leer esto recordé que el Dios del Sinaí, cuando en sus famosas tablas dijo “No matarás”, se refería a los humanos. Sólo a los humanos. Es más: en otros lugares de la Biblia no le importaba, incluso exigía, que se le ofrecieran sacrificios animales. Y, en fin, nunca hubo una palabra suya para mandar que no se haga sufrir, al menos sin necesidad, a los animales.
Así que le dije a Yavéh:
-En cuestión de ética, de piedad, de compasión…, esta chica va por delante de Ti. Mientras que a Ti te da igual el dolor animal, a ella sí le importa. Creo que deberías tomar nota y aprender de ella.
Eso fue lo que le dije al legislador del Sinaí. No sé si Él me escuchó, pero yo se lo dije.
“Todos los animales que poseemos sistema nervioso tenemos capacidad de sentir y sufrir. A ninguno nos gustaría estar encerrados o privados de movimiento, ni que nos golpearan, ni que nos arrebataran la vida contra nuestra voluntad. Nuestro objetivo pasa por que se establezca el principio de igualdad entre todos los animales, entendido como una idea moral, reconociendo que la vida y la libertad de los demás animales son tan importantes para ellos como las nuestras para nosotros. Es hora de dar otro paso, de avanzar hacia una única moral, superando cualquier prejuicio y la idea de que los animales son cosas de nuestra propiedad simplemente por no ser iguales a los humanos y no pertenecer a nuestra especie. El `especismo’ se opone a la esclavitud, explotación y muerte de cualquier animal no humano y excluye el consumo de productos de origen animal.”
Y tras leer esto recordé que el Dios del Sinaí, cuando en sus famosas tablas dijo “No matarás”, se refería a los humanos. Sólo a los humanos. Es más: en otros lugares de la Biblia no le importaba, incluso exigía, que se le ofrecieran sacrificios animales. Y, en fin, nunca hubo una palabra suya para mandar que no se haga sufrir, al menos sin necesidad, a los animales.
Así que le dije a Yavéh:
-En cuestión de ética, de piedad, de compasión…, esta chica va por delante de Ti. Mientras que a Ti te da igual el dolor animal, a ella sí le importa. Creo que deberías tomar nota y aprender de ella.
Eso fue lo que le dije al legislador del Sinaí. No sé si Él me escuchó, pero yo se lo dije.
3.3.09
Mi verdadero origen
Mis padres se conocieron en una comisaría. Fueron llevados allí para interrogarles después de una manifestación en la que participaron. Era una de esas concentraciones antifranquistas de finales de los 60.
Antes de que la policía los detuviera, mis padres no se habían visto nunca. Fueron detenidos por separado, pues cuando apareció la policía los manifestantes salieron corriendo. Aunque los arrestaron en lugares distintos, la casualidad hizo que los llevaran a la misma comisaría.
Al detenerle, a mi padre le habían dado un golpe con una barra, por lo que le sangraba una ceja. Por eso, antes de que le tomaran declaración, mi madre le prestó un pañuelo para que se lo pusiera en la herida. Tras limpiarse la sangre, mi padre se guardó el pañuelo en el bolsillo.
Luego declararon por separado y los trasladaron a calabozos distintos.
Cuando, días después, mi padre fue puesto en libertad, se empeñó en que tenía que devolver el pañuelo a mi madre. Recordó que, durante la manifestación, mi madre llevaba un libro de Anatomía. Así que estuvo yendo durante varios días a la Facultad de Medicina hasta que, por fin, la localizó.
Le devolvió el pañuelo y… Bueno, el resto ya os lo imagináis: siguieron viéndose, se hicieron novios y nací yo.
Es una historia bastante anodina. Pero hay, en ella, una especie de paradoja. Y es que, de no haber sido por aquella manifestación antifranquista, de no haber sido por la intervención policial..., yo no habría nacido. Es casi seguro que, de no haber sido por eso, mis padres no habrían llegado a conocerse.
Mis padres odiaban la dictadura pero, de no ser por ella, nunca se habrían encontrado. Ni tampoco me habrían concebido.
En este sentido la dictadura fue beneficiosa para ellos… y para mí.
Si mentalmente elimino la dictadura, si hipotéticamente suprimo la represión policial…, entonces también desaparezco yo.
Es decir que, en cierto modo, debo mi vida a un régimen autoritario. Debo mi existencia a la represión.
Cuando este pensamiento me viene a la cabeza, intento apagarlo. Me digo a mí mismo: “es una idea absurda”.
Lo que no significa que no sea verdad.
Antes de que la policía los detuviera, mis padres no se habían visto nunca. Fueron detenidos por separado, pues cuando apareció la policía los manifestantes salieron corriendo. Aunque los arrestaron en lugares distintos, la casualidad hizo que los llevaran a la misma comisaría.
Al detenerle, a mi padre le habían dado un golpe con una barra, por lo que le sangraba una ceja. Por eso, antes de que le tomaran declaración, mi madre le prestó un pañuelo para que se lo pusiera en la herida. Tras limpiarse la sangre, mi padre se guardó el pañuelo en el bolsillo.
Luego declararon por separado y los trasladaron a calabozos distintos.
Cuando, días después, mi padre fue puesto en libertad, se empeñó en que tenía que devolver el pañuelo a mi madre. Recordó que, durante la manifestación, mi madre llevaba un libro de Anatomía. Así que estuvo yendo durante varios días a la Facultad de Medicina hasta que, por fin, la localizó.
Le devolvió el pañuelo y… Bueno, el resto ya os lo imagináis: siguieron viéndose, se hicieron novios y nací yo.
Es una historia bastante anodina. Pero hay, en ella, una especie de paradoja. Y es que, de no haber sido por aquella manifestación antifranquista, de no haber sido por la intervención policial..., yo no habría nacido. Es casi seguro que, de no haber sido por eso, mis padres no habrían llegado a conocerse.
Mis padres odiaban la dictadura pero, de no ser por ella, nunca se habrían encontrado. Ni tampoco me habrían concebido.
En este sentido la dictadura fue beneficiosa para ellos… y para mí.
Si mentalmente elimino la dictadura, si hipotéticamente suprimo la represión policial…, entonces también desaparezco yo.
Es decir que, en cierto modo, debo mi vida a un régimen autoritario. Debo mi existencia a la represión.
Cuando este pensamiento me viene a la cabeza, intento apagarlo. Me digo a mí mismo: “es una idea absurda”.
Lo que no significa que no sea verdad.
2.3.09
Qué te han hecho
¿Cómo han podido, Alonso (mi señor Don Quijote), sacarte de tu mundo de castillos, gigantes, caballeros, princesas...?
¿Cómo han sido capaces? ¿Cómo se han atrevido?
(¿Acaso no entendían que aquél era tu sitio?, ¿acaso no sabían que allí te sentías bien?)
¿Por qué te han arrojado de nuevo a la aspereza, la lucidez tediosa, el lugar del que huiste?
¿Por qué te han conducido de regreso a lo gris?
¿Cómo han sido capaces? ¿Cómo se han atrevido?
(¿Acaso no entendían que aquél era tu sitio?, ¿acaso no sabían que allí te sentías bien?)
¿Por qué te han arrojado de nuevo a la aspereza, la lucidez tediosa, el lugar del que huiste?
¿Por qué te han conducido de regreso a lo gris?
28.2.09
Una mente creativa
Veo a mi gata jugando con su rabo. Lo acecha, lo persigue, lo captura… Está imaginando que lucha o caza.
Juega para escapar del aburrimiento. Juega para escapar de la realidad.
La veo echando a volar su fantasía. Veo a mi gata cultivando la ficción.
Juega para escapar del aburrimiento. Juega para escapar de la realidad.
La veo echando a volar su fantasía. Veo a mi gata cultivando la ficción.
27.2.09
Armisticio
Y ahora que hemos puesto fin a esta guerra, es tiempo de reconciliación. Ambos bandos tenemos que perdonarnos mutuamente. Nuestra voluntad puede hacerlo. Esto no es lo más difícil.
Lo más difícil es aquello que no depende de nuestra voluntad: expulsar los rencores ocultos, disolver nuestros odios subterráneos.
Lo más difícil es aquello que no depende de nuestra voluntad: expulsar los rencores ocultos, disolver nuestros odios subterráneos.
26.2.09
Vuelvo enseguida
A punto de que le engendraran, se despidió de la Inconsciencia, la Insensibilidad y el No-Ser. Pero no fue una despedida definitiva. No fue un adiós para siempre, sino un hasta pronto. “En menos de cien años (o sea, un suspiro) estoy de vuelta”, les dijo.
25.2.09
A la vez
Has llorado y reído a la vez, igual que cuando llueve y hace sol. Y ahora, en pura coherencia, tendría que salir el arcoiris.
Último tramo
Señores pasajeros: Les damos la bienvenida al Área de las Arrugas. A partir de este momento y hasta el punto de destino pueden arrastrar los pies, pero no las ilusiones.
24.2.09
Impacto súbito
Oí a alguien decir:
-En nada aprecia sus utopías quien permite que sus actos se burlen de ellas.
Y fue como si me hubieran dado un puñetazo muy, muy certero.
-En nada aprecia sus utopías quien permite que sus actos se burlen de ellas.
Y fue como si me hubieran dado un puñetazo muy, muy certero.
23.2.09
Carne de nadie
Ayer se inauguró la primera fábrica de carne. Esta factoría no es una granja ni un criadero, sino un lugar donde se elabora carne comestible. En ella no se crían animales para sacrificarlos, sino que se confecciona la carne directamente. El producto obtenido es igual que la carne natural, pero desanimalizada, pues se genera a partir de sustancias vegetales y minerales reproduciendo, en el proceso de fabricación, los procesos fisiológicos de la nutrición animal. De este modo, el tejido cárnico (equivalente a la masa muscular de los animales) crece en unas plataformas, si bien no forma parte de ningún ser vivo, ya que carece de células nerviosas y no está conectado a un cerebro. Por lo demás, posee las mismas propiedades alimenticias que la carne natural. Es, por tanto, carne fabricada sin criar animales, ni tenerlos hacinados, ni darles muerte. Está previsto que estos productos cárnicos se comercialicen con la marca “No matarás”.
(Supongo que habrá a quien no le gustaría leer una noticia como ésta. A mí, sí.)
(Supongo que habrá a quien no le gustaría leer una noticia como ésta. A mí, sí.)
20.2.09
En la fantasía
Mientras trabaja, oye una emisora que sólo ofrece radionovelas. Después lee, durante varias horas, novelas y cuentos. Luego ve alguna película. Más tarde retoma la lectura. A veces va al teatro. El resto del tiempo escribe relatos, novelas, guiones, dramas… Por la noche, mientras duerme, su cerebro le regala varios sueños.
Y así, de ficción en ficción, de fábula en fábula, de irrealidad en irrealidad, va viviendo (o sea no viviendo) su no-vida.
Y así, de ficción en ficción, de fábula en fábula, de irrealidad en irrealidad, va viviendo (o sea no viviendo) su no-vida.
19.2.09
Desfigurado
Tras llevar puesta una máscara durante varios años, se atrevió a quitársela. Fue a mirarse al espejo y, al verse reflejado, se dio cuenta de que la máscara que sostenía en las manos y su propio rostro eran idénticos. La máscara había actuado como un molde que transfirió su forma al rostro que cubría. “Qué fue de mi cara?, ¿dónde están mis facciones de verdad?”, se preguntó. Pero no halló respuesta.
Arrojó al mar la máscara y pensó: “Lo único bueno es que ahora sé que mi rostro es modelable: si una máscara lo deformó, también podrán cambiarlo el sol, el viento… Aunque ahora soy mi máscara, no siempre seré así”.
Arrojó al mar la máscara y pensó: “Lo único bueno es que ahora sé que mi rostro es modelable: si una máscara lo deformó, también podrán cambiarlo el sol, el viento… Aunque ahora soy mi máscara, no siempre seré así”.
18.2.09
Cerebritos de hormiga
Como consideran que no disponen de espacio para abastecerse, las hormigas del hormiguero A (llamémosle Alemania) invaden el hormiguero B (llamémosle Checoslovaquia) y más tarde también el hormiguero C (llamémosle Polonia).
Ante ello y por miedo a la supremacía de A, los hormigueros D (llamémosle Francia) y E (llamémosle Inglaterra) reaccionan, declarándose la guerra entre éstos y el hormiguero A.
La guerra se extiende a otros hormigueros y se forman dos bandos con varios ejércitos de hormigas a cada lado.
Las hormigas-soldado luchan con saña. (Una hormiga siempre ha de estar dispuesta a matar y morir por su patria: su hormiguero.)
El enfrentamiento, que no soluciona nada y del que nadie sale ganando, dura seis años y se salda con la muerte de 50 millones de hormigas.
Es de esperar que, en un futuro lejano, las hormigas evolucionen, les crezca el cerebro, supriman los hormigueros-patria y sean capaces de evitar estos horrores. O quizá no.
[Con el mayor respeto a todos los que, alguna vez, fueron enviados a morir en una guerra.]
Ante ello y por miedo a la supremacía de A, los hormigueros D (llamémosle Francia) y E (llamémosle Inglaterra) reaccionan, declarándose la guerra entre éstos y el hormiguero A.
La guerra se extiende a otros hormigueros y se forman dos bandos con varios ejércitos de hormigas a cada lado.
Las hormigas-soldado luchan con saña. (Una hormiga siempre ha de estar dispuesta a matar y morir por su patria: su hormiguero.)
El enfrentamiento, que no soluciona nada y del que nadie sale ganando, dura seis años y se salda con la muerte de 50 millones de hormigas.
Es de esperar que, en un futuro lejano, las hormigas evolucionen, les crezca el cerebro, supriman los hormigueros-patria y sean capaces de evitar estos horrores. O quizá no.
[Con el mayor respeto a todos los que, alguna vez, fueron enviados a morir en una guerra.]
16.2.09
No os fagocitéis
Tras construir la máquina del tiempo, se dispuso a emprender su primer viaje.
Seleccionó en el programa la opción "Era primaria. Período precámbrico. -4.000 millones de años" y al instante se encontró en una Tierra joven, habitada tan sólo por bacterias: microorganismos que se nutrían de agua, luz y minerales (como las actuales plantas).
Esperó hasta que vio que una bacteria intentaba engullir a otra. Era el primer acto de fagocitación: la primera acción depredadora sobre el planeta.
En ese momento intervino. Se acercó a ambas bacterias y las separó diciendo:
-Eso no se hace. No vale comerse unas a otras. No, no y no.
Seleccionó en el programa la opción "Era primaria. Período precámbrico. -4.000 millones de años" y al instante se encontró en una Tierra joven, habitada tan sólo por bacterias: microorganismos que se nutrían de agua, luz y minerales (como las actuales plantas).
Esperó hasta que vio que una bacteria intentaba engullir a otra. Era el primer acto de fagocitación: la primera acción depredadora sobre el planeta.
En ese momento intervino. Se acercó a ambas bacterias y las separó diciendo:
-Eso no se hace. No vale comerse unas a otras. No, no y no.
13.2.09
Quería ser sencillo
Quería ser sencillo. Se lo proponía, intentaba serlo. Pero no le era fácil desprenderse de su petulancia, su afectación. No se le hacía fácil desenvolverse, en su vida, con sencillez.
Ser sencillo le resultaba tan difícil…
Ser sencillo le resultaba tan difícil…
Limitadme
Eligieron al más sabio para que los gobernase. Y éste tomó la palabra y pronunció su primer discurso:
“Concededme los medios para dirigir y gobernar. Pero, al mismo tiempo, ponedme límites, barreras, contrapesos.
No dejéis que un día pueda ordenar que decapiten a alguien para complacer a mi hija, o incendiar una ciudad por gusto de verla arder, o nombrar senador a mi caballo (como se contó de Herodes, Nerón o Calígula: déspotas, tiranos, seres incontrolados, víctimas también ellos de su poder inobjetable).
No consintáis que me comporte como un niño consentido y malcriado, al que todo se le permitiera.
No toleréis que mi capricho sea ley para nadie.
No admitáis que me sepa inmune, ni impune, ni irresponsable de mis actos.
No permitáis que mi poder sea omnímodo, irrefrenado, incontrolable.
¿Quién sabe los abusos, los desafueros, las arbitrariedades en que, en tal caso, podría yo incurrir?
Así que, por vuestro bien y también por el mío, limitadme”.
“Concededme los medios para dirigir y gobernar. Pero, al mismo tiempo, ponedme límites, barreras, contrapesos.
No dejéis que un día pueda ordenar que decapiten a alguien para complacer a mi hija, o incendiar una ciudad por gusto de verla arder, o nombrar senador a mi caballo (como se contó de Herodes, Nerón o Calígula: déspotas, tiranos, seres incontrolados, víctimas también ellos de su poder inobjetable).
No consintáis que me comporte como un niño consentido y malcriado, al que todo se le permitiera.
No toleréis que mi capricho sea ley para nadie.
No admitáis que me sepa inmune, ni impune, ni irresponsable de mis actos.
No permitáis que mi poder sea omnímodo, irrefrenado, incontrolable.
¿Quién sabe los abusos, los desafueros, las arbitrariedades en que, en tal caso, podría yo incurrir?
Así que, por vuestro bien y también por el mío, limitadme”.
12.2.09
Tú, que tanto criticaste
Ahora que estás en el pliegue de quienes tanto criticabas, actúas del mismo modo que un día censuraste.
Comprendes, por fin, que no era fácil obrar de otra manera. Y tienes suerte de que no haya nadie dispuesto a juzgarte con tu propia saña. Con tu propia dureza. Con tu severidad.
Ahora que estás en el enclave de quienes tanto criticabas, tienes suerte de que nadie te mida con tu propio rasero. Tienes suerte de que nadie te aplique tu código.
Comprendes, por fin, que no era fácil obrar de otra manera. Y tienes suerte de que no haya nadie dispuesto a juzgarte con tu propia saña. Con tu propia dureza. Con tu severidad.
Ahora que estás en el enclave de quienes tanto criticabas, tienes suerte de que nadie te mida con tu propio rasero. Tienes suerte de que nadie te aplique tu código.
11.2.09
Sea breve
Hace unos días se me ocurrió hacer una relación de mis lecturas pendientes: de todos los libros que quiero leer. Después calculé el tiempo que me llevará leerlos. Me quedé sorprendido al constatar que, según mis cuentas, cuando acabe de leerlos tendría 135 años de edad. Digo tendría porque obviamente no espero vivir tanto. O sea, que no los podré leer todos.
Ante lo cual, he decidido enviar sendas cartas a sus autores. La misma carta-modelo para todos. Es ésta:
“Por favor, no se extienda más de lo necesario. Sea conciso. Conténgase. Lo que pueda expresar en cien páginas, no lo exprese en doscientas. Lo que pueda escribir en cuatro párrafos, no lo escriba en ocho. Lo que pueda decir en dos palabras, no lo diga en tres. El tiempo y la vida de aquéllos para quienes escribe –o sea, sus lectores- no dan para tanto”.
Ante lo cual, he decidido enviar sendas cartas a sus autores. La misma carta-modelo para todos. Es ésta:
“Por favor, no se extienda más de lo necesario. Sea conciso. Conténgase. Lo que pueda expresar en cien páginas, no lo exprese en doscientas. Lo que pueda escribir en cuatro párrafos, no lo escriba en ocho. Lo que pueda decir en dos palabras, no lo diga en tres. El tiempo y la vida de aquéllos para quienes escribe –o sea, sus lectores- no dan para tanto”.
10.2.09
¿Mentira?
A los 15 años la fe me dejó. Fue un proceso normal, o eso me parece. El conocimiento, las lecturas, las incoherencias bíblicas, el preguntarme por qué había de ser así… El caso es que en poco tiempo dejé de creer en lo que mis padres me inculcaron. Pero a ellos no se lo dije. Ni entonces ni después. Ellos son profundamente religiosos. La religión es el eje de sus vidas. Si se lo dijera, les causaría gran sufrimiento. No un disgusto trivial, sino un daño intensísimo. Me los imagino pensando: “Nuestro hijo va a condenarse para toda la eternidad”, y culpabilizándose: “¿Qué hemos hecho mal?; ¿en qué hemos fallado al educarle?”.
Así que he seguido fingiendo que creo. Incluso cuando me he visto forzado a ir a misa con ellos, me he acercado a comulgar.
Y esta mañana, para mantener la ficción, he tenido que confesarme. Le he dicho al sacerdote:
-He mentido.
Y él ha preguntado: -¿En cosas importantes?
Entonces se lo he contado todo: -Llevo toda mi vida mintiendo a mis padres. Ellos son creyentes y no conciben que su hijo no lo sea. Pero yo dejé de creer hace años. Nunca se lo he dicho porque les haría un daño horrible. Pensarían que voy a condenarme y se sentirían culpables. Por eso aparento creer: vengo a misa con ellos, confieso, comulgo… pero no tengo fe. No soy creyente sino agnóstico. A veces pienso que lo que hago es indigno. Indigno para mí, por aparentar lo que no soy, y para ellos, por mentirles. Pero, comprenda, son mis padres y ¡ es tanto el daño que les causaría !
Y el sacerdote me ha dicho:
-Hijo, no sé qué aconsejarte. Pero está claro que tú no tienes culpa de no creer. Y en cuanto a tu mentira, es una mentira muy sacrificada, muy caritativa. Una mentira llena de amor. Seguro que Dios la ve con buenos ojos.
Y me he vuelto a mi banco. Y aquí estoy sentado, dándole vueltas a la cabeza y sin saber si creo o no.
Así que he seguido fingiendo que creo. Incluso cuando me he visto forzado a ir a misa con ellos, me he acercado a comulgar.
Y esta mañana, para mantener la ficción, he tenido que confesarme. Le he dicho al sacerdote:
-He mentido.
Y él ha preguntado: -¿En cosas importantes?
Entonces se lo he contado todo: -Llevo toda mi vida mintiendo a mis padres. Ellos son creyentes y no conciben que su hijo no lo sea. Pero yo dejé de creer hace años. Nunca se lo he dicho porque les haría un daño horrible. Pensarían que voy a condenarme y se sentirían culpables. Por eso aparento creer: vengo a misa con ellos, confieso, comulgo… pero no tengo fe. No soy creyente sino agnóstico. A veces pienso que lo que hago es indigno. Indigno para mí, por aparentar lo que no soy, y para ellos, por mentirles. Pero, comprenda, son mis padres y ¡ es tanto el daño que les causaría !
Y el sacerdote me ha dicho:
-Hijo, no sé qué aconsejarte. Pero está claro que tú no tienes culpa de no creer. Y en cuanto a tu mentira, es una mentira muy sacrificada, muy caritativa. Una mentira llena de amor. Seguro que Dios la ve con buenos ojos.
Y me he vuelto a mi banco. Y aquí estoy sentado, dándole vueltas a la cabeza y sin saber si creo o no.
9.2.09
Perspectiva
La madre y el niño de dos años van a visitar a la abuela.
Al llegar a casa de la abuela, el perro de ésta empieza a dar saltos de alegría.
La abuela dice al perro: -Tobi, estate quieto.
Y el niño: -Tobi, quédate abajo conmigo.
Al llegar a casa de la abuela, el perro de ésta empieza a dar saltos de alegría.
La abuela dice al perro: -Tobi, estate quieto.
Y el niño: -Tobi, quédate abajo conmigo.
6.2.09
tic tac
Cuando se aburren, me piden que corra.
Cuando se divierten, que vaya más despacio.
Si sufren, quieren que vuele.
Si se enamoran, que me detenga.
Si van ganando el partido, quieren que me haga corto.
Si van perdiendo, que me alargue.
Cuando esperan algo o a alguien, me piden que pase más deprisa.
Y cuando tienen lo que quieren, que no avance.
Pero no puedo complacerlos. Se empeñan en pedirme tantas cosas… sabiendo, como saben, que yo, a la fuerza y por mandato cósmico, tengo que hacer tic tac cada segundo. Precisa e irremisiblemente tic tac cada segundo…
Cuando se divierten, que vaya más despacio.
Si sufren, quieren que vuele.
Si se enamoran, que me detenga.
Si van ganando el partido, quieren que me haga corto.
Si van perdiendo, que me alargue.
Cuando esperan algo o a alguien, me piden que pase más deprisa.
Y cuando tienen lo que quieren, que no avance.
Pero no puedo complacerlos. Se empeñan en pedirme tantas cosas… sabiendo, como saben, que yo, a la fuerza y por mandato cósmico, tengo que hacer tic tac cada segundo. Precisa e irremisiblemente tic tac cada segundo…
5.2.09
Hola, clon
Ayer me encontré, casualmente, con mi clon. Tiene 8 años. Está igual que yo cuando tenía su edad (pero menos gordo: se ve que sus padres adoptivos cuidan mejor de su alimentación).
Le saludé y, como no sabía de qué hablar con él, le dije:
-Eres, o vas a ser, miope. Así que, cuando cumplas doce años, pide que te lleven al oftalmólogo. Para que no te pase lo que a mí, que estuve un año entero con dolor de cabeza y sin saber que necesitaba gafas. Ah, y cepíllate los dientes a diario y no tomes demasiada azúcar. De otro modo tendrán que empastarte todas las muelas. Te lo digo por experiencia: tenemos, o sea, nuestra dentadura tiene, propensión a las caries.
Nada más que eso le dije: unos pocos consejos de salud. Y le deseé suerte:
-En fin, chaval, que tengas más suerte que yo.
Y eso fue todo lo que hablé con mi clon. ¿Qué otra cosa podría haberle dicho?
Le saludé y, como no sabía de qué hablar con él, le dije:
-Eres, o vas a ser, miope. Así que, cuando cumplas doce años, pide que te lleven al oftalmólogo. Para que no te pase lo que a mí, que estuve un año entero con dolor de cabeza y sin saber que necesitaba gafas. Ah, y cepíllate los dientes a diario y no tomes demasiada azúcar. De otro modo tendrán que empastarte todas las muelas. Te lo digo por experiencia: tenemos, o sea, nuestra dentadura tiene, propensión a las caries.
Nada más que eso le dije: unos pocos consejos de salud. Y le deseé suerte:
-En fin, chaval, que tengas más suerte que yo.
Y eso fue todo lo que hablé con mi clon. ¿Qué otra cosa podría haberle dicho?
4.2.09
Jugando
-Mira, mamá: he construido un planeta donde brotan unas criaturitas. Y se reproducen y, como en el planeta no hay comida para todas, se fagocitan y engullen las unas a las otras. Y así se pasan la vida. Y luego...
-Hijo, ¿no podrías jugar a otra cosa? No me gusta que te diviertas con juegos tan sádicos.
-Hijo, ¿no podrías jugar a otra cosa? No me gusta que te diviertas con juegos tan sádicos.
3.2.09
Sabrás que soy yo
Dijo:
-Cuando en el cielo veas una nube gorda, una nube sin gracia y desgarbada… sabrás que soy yo.
Y en cuanto hallé un bolígrafo me apresuré a anotarlo, para que, aunque ella muriera, nunca olvidase yo sus palabras.
-Cuando en el cielo veas una nube gorda, una nube sin gracia y desgarbada… sabrás que soy yo.
Y en cuanto hallé un bolígrafo me apresuré a anotarlo, para que, aunque ella muriera, nunca olvidase yo sus palabras.
Vendetta
El cuerpo le pedía vengarse como un pequeño gángster. Pero él decidió perdonar. Es decir, que se vengó de su propia pequeñez.
2.2.09
Poncio
El romano imperialista, puñetero y desalmado... (de la Misa campesina.)
Pero, al menos, él tuvo el detalle de pedir un barreño (¿o era una palangana?) y lavarse las manos en público. Exhibió su inhibición. En ese aspecto, no engañó a nadie.
Otros (antes y después), ni siquiera eso.
Pero, al menos, él tuvo el detalle de pedir un barreño (¿o era una palangana?) y lavarse las manos en público. Exhibió su inhibición. En ese aspecto, no engañó a nadie.
Otros (antes y después), ni siquiera eso.
Chirrido
Escribió
"Impedir que otro sufra o no impedirlo será indiferente dentro de un siglo, cuando ninguno de los dos vivamos".
Y, mientras lo escribía, la frase chirrió como un tren a punto de descarrilar.
"Impedir que otro sufra o no impedirlo será indiferente dentro de un siglo, cuando ninguno de los dos vivamos".
Y, mientras lo escribía, la frase chirrió como un tren a punto de descarrilar.
31.1.09
Tan cultos
Sabían sumar, restar, multiplicar, dividir. Conocían el alfabeto, el número pi, el área del triángulo, el teorema de Pitágoras, el principio de Arquímedes... Lo sabían casi todo. Pero ignoraban la fórmula para no hacer esclavos.
30.1.09
De estreno
Cuando mamá enfermó, mis hermanos y yo tuvimos que turnarnos para cuidarla.
Uno de los días que la acompañé tuve que abrir su armario para coger un pijama. Sin saber por qué, me detuve un momento a mirar su ropa. Toda me era familiar, salvo un bonito vestido de color violeta. No sólo nunca se lo había visto puesto, sino que no me imaginaba a mi madre vestida con él.
Se lo comenté, y entonces mi madre me contó un pequeño secreto. Su secreto.
Aquel vestido lo había comprado hacía quince años, con idea de lucirlo en la boda de unos parientes. Aquel año mi familia pasaba una mala situación económica, por culpa de la sequía y las malas cosechas. Hubo que suprimir gastos. A mis hermanos y a mí nos borraron del comedor del colegio y, en su lugar, llevábamos el almuerzo en una fiambrera. Mi madre se privó de todo. No gastaba en peluquería ni en ropa o calzado para ella. Compró gallinas y conejos y habilitó un corral para así disponer de carne y huevos.
Pero, a pesar de todo, un día que mi madre fue a la ciudad y vio en una tienda aquel vestido, quedó prendada de él. Dado que iba a ser la boda de su prima, decidió comprarlo. Fue uno de los pocos caprichos que se permitió en toda su vida.
Sin embargo, unos días después le remordió la conciencia por el gasto que había hecho. Así que decidió autocastigarse: no se pondría el vestido. De hecho nunca llegó a estrenarlo. Lo guardaba en el ropero como recordatorio de su desliz y para que le sirviera de lección.
Cuando semanas más tarde mi madre murió, sugerí a mis hermanos que la veláramos con aquel vestido. A ellos les pareció bien, así que se lo pusimos. Un poco tarde, pero lo estrenó.
Después, en el crematorio, mientras su cuerpo y el vestido ardían me pregunté si con ellos se quemaba también el sacrificio de mi madre. Si era indiferente que mi madre hubiera renunciado a tanto por nosotros. Si, a la postre, habría dado lo mismo que no se hubiera privado de nada. Y dentro de mí una voz respondía “no puede ser no puede ser…”.
Uno de los días que la acompañé tuve que abrir su armario para coger un pijama. Sin saber por qué, me detuve un momento a mirar su ropa. Toda me era familiar, salvo un bonito vestido de color violeta. No sólo nunca se lo había visto puesto, sino que no me imaginaba a mi madre vestida con él.
Se lo comenté, y entonces mi madre me contó un pequeño secreto. Su secreto.
Aquel vestido lo había comprado hacía quince años, con idea de lucirlo en la boda de unos parientes. Aquel año mi familia pasaba una mala situación económica, por culpa de la sequía y las malas cosechas. Hubo que suprimir gastos. A mis hermanos y a mí nos borraron del comedor del colegio y, en su lugar, llevábamos el almuerzo en una fiambrera. Mi madre se privó de todo. No gastaba en peluquería ni en ropa o calzado para ella. Compró gallinas y conejos y habilitó un corral para así disponer de carne y huevos.
Pero, a pesar de todo, un día que mi madre fue a la ciudad y vio en una tienda aquel vestido, quedó prendada de él. Dado que iba a ser la boda de su prima, decidió comprarlo. Fue uno de los pocos caprichos que se permitió en toda su vida.
Sin embargo, unos días después le remordió la conciencia por el gasto que había hecho. Así que decidió autocastigarse: no se pondría el vestido. De hecho nunca llegó a estrenarlo. Lo guardaba en el ropero como recordatorio de su desliz y para que le sirviera de lección.
Cuando semanas más tarde mi madre murió, sugerí a mis hermanos que la veláramos con aquel vestido. A ellos les pareció bien, así que se lo pusimos. Un poco tarde, pero lo estrenó.
Después, en el crematorio, mientras su cuerpo y el vestido ardían me pregunté si con ellos se quemaba también el sacrificio de mi madre. Si era indiferente que mi madre hubiera renunciado a tanto por nosotros. Si, a la postre, habría dado lo mismo que no se hubiera privado de nada. Y dentro de mí una voz respondía “no puede ser no puede ser…”.
29.1.09
Único
Es de una clase inespecífica, rara en el mundo. No tiene pedigrí, pero les juro que no hay otro de sus mismas características. Es un ejemplar único e irrepetible. Es, ¿cómo decirlo?... Es el chucho que me quiere.
Los refranes lo dicen
“Dame pan y dime tonto”.
“Ande yo caliente y ríase la gente”.
Los refranes lo dicen: pagar os da derecho a humillarme; vestirme os da derecho a burlaros.
Lástima que últimamente, para vestirme y reiros, para darme pan y decirme tonto, tengáis que venir aquí: a la Unidad de Psiquiatría.
“Ande yo caliente y ríase la gente”.
Los refranes lo dicen: pagar os da derecho a humillarme; vestirme os da derecho a burlaros.
Lástima que últimamente, para vestirme y reiros, para darme pan y decirme tonto, tengáis que venir aquí: a la Unidad de Psiquiatría.
28.1.09
Ejercicio
Ciencias Naturales
(Examen teórico.)
Después de un embarazo de 22 meses (casi dos años -se dice pronto-) la elefanta parió un cachorro sano, al cual, en un descuido de la madre, devoraron unos leones.
El ejercicio consiste en explicar a la elefanta (de un modo que lo entienda) que esta sucesión de hechos tiene un sentido.
(Examen teórico.)
Después de un embarazo de 22 meses (casi dos años -se dice pronto-) la elefanta parió un cachorro sano, al cual, en un descuido de la madre, devoraron unos leones.
El ejercicio consiste en explicar a la elefanta (de un modo que lo entienda) que esta sucesión de hechos tiene un sentido.
27.1.09
Patentes y marcas
Una luz que se enciende cuando vemos a alguien por última vez antes de su muerte o de la nuestra. Que indica que es la última oportunidad de decirle “déjame que te explique” o “perdona” o “te quiero”.
Una lámpara que se ilumina cuando sin saber dañamos a alguien. Que alerta de nuestro poder ignorado. (Es tan difícil no herir a quien nos ama...)
Un interruptor que permite cesar de odiar. No sólo sirve para desistir de la venganza, sino que la máquina abduce el rencor.
Un botón para dejar de envidiar. Sirve para no desear a otros nuestro infortunio ni nuestras carencias; para alegrarnos de que otros posean lo que nos falta, de que no sufran lo que sufrimos.
Un pulsador que se aprieta y olvidamos acciones, propias o ajenas. Al que se ordena “olvida este trozo de vida” o esa traición o ese error, y se disipan de la memoria.
Una palanca que al moverla nos cambia los gustos, para que nada sórdido ni abyecto nos atraiga.
Cibernética de última generación. Alarmas que se activan a tiempo, botones que automatizan el perdón y el olvido.
Una lámpara que se ilumina cuando sin saber dañamos a alguien. Que alerta de nuestro poder ignorado. (Es tan difícil no herir a quien nos ama...)
Un interruptor que permite cesar de odiar. No sólo sirve para desistir de la venganza, sino que la máquina abduce el rencor.
Un botón para dejar de envidiar. Sirve para no desear a otros nuestro infortunio ni nuestras carencias; para alegrarnos de que otros posean lo que nos falta, de que no sufran lo que sufrimos.
Un pulsador que se aprieta y olvidamos acciones, propias o ajenas. Al que se ordena “olvida este trozo de vida” o esa traición o ese error, y se disipan de la memoria.
Una palanca que al moverla nos cambia los gustos, para que nada sórdido ni abyecto nos atraiga.
Cibernética de última generación. Alarmas que se activan a tiempo, botones que automatizan el perdón y el olvido.
26.1.09
Limpiamente sucios
Sin discordancias, en correcta sintaxis (sujeto, verbo, predicado), con jerga ordenancista y puntuación académica mandaban acallar otras voces, someter otras razas, invadir territorios, practicar exterminios… Y aunque lo que mandaban era sucio, lo disponían en leyes muy pulcramente escritas, con palabras cuidadas, con lenguaje esmerado, con las comas en su sitio.
Nada mejor
-Hijo, solamente podíamos traerte a esta vida. Solamente podíamos traerte a este mundo. Solamente podíamos traerte a este planeta. Podíamos no haberte traído en absoluto. Pero, si te traíamos, teníamos necesariamente que traerte a este planeta, a esta vida, a este mundo. No teníamos nada mejor que ofrecerte.
24.1.09
Ser o no ser
He sabido (no importa cómo) que mis padres me concibieron a las 23 horas 48 minutos 31 segundos.
Si la concepción hubiera sido un segundo antes (a las 23:48:30), la persona concebida habría sido yo, pero tendría los ojos verdes en vez de marrones.
Si la concepción hubiera sido un segundo después (a las 23:48:32), la persona concebida también habría sido yo, pero mediría un centímetro menos y tendría el pelo castaño en vez de rubio.
Si la concepción hubiera sido más de un segundo antes (a las 23:48:29) o más de un segundo después (a las 23:48:33), entonces no me habrían concebido… a mí. Los cromosomas se habrían combinado de tal modo que los genes serían muy distintos: no sólo un centímetro de más o de menos, no sólo el color del cabello o del iris…, sino una diferencia más profunda.
Y el concebido sería otro. Tendría otra yoidad, otra subjetividad, otra autopercepción.
Tal vez le habrían puesto mi nombre, pero sería otra persona.
Y entonces yo no existiría. Nunca habría nacido.
Como tantos: tantos otros que no nacen nunca.
Si la concepción hubiera sido un segundo antes (a las 23:48:30), la persona concebida habría sido yo, pero tendría los ojos verdes en vez de marrones.
Si la concepción hubiera sido un segundo después (a las 23:48:32), la persona concebida también habría sido yo, pero mediría un centímetro menos y tendría el pelo castaño en vez de rubio.
Si la concepción hubiera sido más de un segundo antes (a las 23:48:29) o más de un segundo después (a las 23:48:33), entonces no me habrían concebido… a mí. Los cromosomas se habrían combinado de tal modo que los genes serían muy distintos: no sólo un centímetro de más o de menos, no sólo el color del cabello o del iris…, sino una diferencia más profunda.
Y el concebido sería otro. Tendría otra yoidad, otra subjetividad, otra autopercepción.
Tal vez le habrían puesto mi nombre, pero sería otra persona.
Y entonces yo no existiría. Nunca habría nacido.
Como tantos: tantos otros que no nacen nunca.
23.1.09
Combate
Desde su puesto de observación el zoólogo ve acercarse dos grupos de chimpancés. Ambos clanes inician una cruenta pelea a base de golpes y mordiscos. Algunos chimpancés usan ramas que previamente han cortado para emplearlas en la lucha. También se lanzan piedras, cocos y otros frutos.
La refriega acaba cuando uno de los grupos se retira. En el suelo hay varios chimpancés muertos.
Por la noche el zoólogo se acerca al campo de batalla y, mientras comprueba que algunos palos habían sido afilados con los dientes, piensa “Menos mal que aún no han inventado las armas de fuego…”.
La refriega acaba cuando uno de los grupos se retira. En el suelo hay varios chimpancés muertos.
Por la noche el zoólogo se acerca al campo de batalla y, mientras comprueba que algunos palos habían sido afilados con los dientes, piensa “Menos mal que aún no han inventado las armas de fuego…”.
22.1.09
Por primera vez
Tenía 12 años. Acabó de leer El principito. Llegó al párrafo en que el aviador (ese aviador que no se identifica pero se supone que es el propio Antoine de Saint-Exupéry) dice:
“Éste es, para mí, el paisaje más bello y más triste del mundo… Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra y luego desapareció…
Si llegáis a pasar por allí, os lo suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño se acerca a vosotros, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se le pregunta, adivinaréis quién es. Sed, entonces, amables. No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto”.
Y entonces le invadió una extraña tristeza. Porque se dio cuenta de que, si bien podía releerlo muchas veces, nunca más podría descubrirlo. Nunca más podría sentir la inesperada fascinación, el sorpresivo encanto. Nunca más podría leer El principito por primera vez.
“Éste es, para mí, el paisaje más bello y más triste del mundo… Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra y luego desapareció…
Si llegáis a pasar por allí, os lo suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño se acerca a vosotros, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se le pregunta, adivinaréis quién es. Sed, entonces, amables. No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto”.
Y entonces le invadió una extraña tristeza. Porque se dio cuenta de que, si bien podía releerlo muchas veces, nunca más podría descubrirlo. Nunca más podría sentir la inesperada fascinación, el sorpresivo encanto. Nunca más podría leer El principito por primera vez.
21.1.09
¿A qué esperas?
En un rincón del aula los párvulos contemplan, sobre una estantería, la perdiz disecada: la perdiz que les mira con las alas abiertas. (Los niños aún no saben nada sobre la muerte.) Y todos ellos dicen “Eh, pájaro, ¿qué esperas? Venga: ¿qué necesitas para echar a volar?”.
20.1.09
Partículas de horror
Se suicidó en el búnker de Berlín en abril de 1945. Tras lo cual un soldado (siguiendo las instrucciones que el propio H. le había dado antes de quitarse la vida) quemó su cadáver.
Al arder, algunos átomos de H. se hicieron humo y pasaron al aire.
Se mezclaron con el aire de la Tierra. Con nuestro aire.
Y ahí siguen: fundidos, ocultos, respirables.
Como antes de H., como después de H.
Los átomos del Horror siempre han estado, siempre estarán ahí.
(¿Evitaremos que otra vez se junten?)
Al arder, algunos átomos de H. se hicieron humo y pasaron al aire.
Se mezclaron con el aire de la Tierra. Con nuestro aire.
Y ahí siguen: fundidos, ocultos, respirables.
Como antes de H., como después de H.
Los átomos del Horror siempre han estado, siempre estarán ahí.
(¿Evitaremos que otra vez se junten?)
19.1.09
Insomnio
En términos de sueño, salió caro regatear ayer con el vendedor callejero. Le arranqué un reloj a la mitad del precio inicial (es fácil negociar con un débil), pero luego me sentí culpable cuando le vi recoger deprisa la mercancía y suplicar inútilmente al policía que no se la requisara. Y después tardé en dormirme, pensando en las monedas que le había escamoteado, tan nimias para mí, tan necesarias para él. Sin duda que, de no ser por aquello, habría pasado hoy del perro de la cuneta, le habría dejado ahí cojeando en vez de parar el coche, recogerlo, llevarlo al veterinario y traerlo a casa. Y ahora tengo que darle un nombre. Pero sin pensarlo mucho: no quiero otro motivo de insomnio. ¿Piedad? ¿Conciencia? ¿Qué tal Blanqueo? ¿Aceptaría un perro llamarse Blanqueo?
17.1.09
Esto no es un cuento
Mientras en el frente morían los soldados, ambos ministros se reunieron para explorar la paz. A fin de distender la reunión tomaron crema de ostras, roastbeef, sorbete de mango y café con pastas. Pero al final las negociaciones se estancaron, por lo que el champán quedó en la cubitera. Ambos ministros se levantaron y se despidieron cortésmente mientras en el frente seguían muriendo los soldados.
(Obviamente esto no es un cuento sino una crónica.)
(Obviamente esto no es un cuento sino una crónica.)
16.1.09
Lotería
Año 1937. Guerra civil.
En un sitio de España y pese al fragor de los obuses, por amor, por deseo o por ambos impulsos un hombre y una mujer –sin reparar en consecuencias- se ayuntaron.
Tras la fecundación, los espermatozoides no concebidos, al constatar que no les había tocado nacer y vivir entre guerra y postguerra, suspiraron con alivio.
Los óvulos no germinados, también.
“De la que nos hemos librado. ¡ Menos mal !”, exclamaron unos y otros, mientras sentían compasión por los sí fecundados.
En un sitio de España y pese al fragor de los obuses, por amor, por deseo o por ambos impulsos un hombre y una mujer –sin reparar en consecuencias- se ayuntaron.
Tras la fecundación, los espermatozoides no concebidos, al constatar que no les había tocado nacer y vivir entre guerra y postguerra, suspiraron con alivio.
Los óvulos no germinados, también.
“De la que nos hemos librado. ¡ Menos mal !”, exclamaron unos y otros, mientras sentían compasión por los sí fecundados.
14.1.09
Di buenas noches
Levántate.
Vístete.
Desayuna.
Despídete de tu mujer.
Cierra la puerta despacio, no despiertes a los niños.
Sal a la calle. Camina.
Saluda a tus compañeros. Espera el autobús.
Apéate al llegar al campo de prisioneros.
Identifícate. Firma el control de entrada.
Incorpórate a tu puesto.
Separa a los reclusos. A un lado, los válidos para el trabajo. A otro, los inútiles (viejos, enfermos). Finalmente las mujeres y los niños.
Destínalos: talleres para unos; gas para otros.
No mires a los ojos. Has de creer que son objetos. Sólo di números y al taller o revisión higiénica.
No oigas sus gritos. Canturrea mientras sollozan. No mires que se abrazan. No compartas su espanto. Piensa es mi trabajo, sólo cumplo órdenes.
Comprueba que el dispositivo ha funcionado. Abre la puerta. Manda llevar los cadáveres al horno.
Mira el reloj. Pausa para comida.
Charla con los colegas. Comenta chismes, rumores de guerra.
Vuelve al trabajo. Ordena que recojan a los de los talleres. Haz recuento.
No admitas preguntas. Silencia, sanciona a quienes quieran saber.
Ve al pabellón de guardias. Date una ducha, quítate ese olor.
Firma el parte de salida. Espera el autobús.
Baja. Camina hasta casa. Besa a tu mujer. Besa a tus hijos. Acaricia al perro. Sácalo a orinar.
Piensa en frivolidades: el partido del domingo, el lavabo que gotea… Prohíbete pensar en ojos o en gemidos.
Vuelve a casa. Ayuda a los niños con los deberes. Busca una emisora que ponga música. Cena con la familia.
Di buenas noches, niños. Ponte el pijama. Buenas noches, mi amor. Dale la mano, quizá algo más. Y ahora la pastilla de dormir. No pienses en nada. Sobre todo no pienses. Duerme. Duerme. Mañana espera otro día de trabajo.
Vístete.
Desayuna.
Despídete de tu mujer.
Cierra la puerta despacio, no despiertes a los niños.
Sal a la calle. Camina.
Saluda a tus compañeros. Espera el autobús.
Apéate al llegar al campo de prisioneros.
Identifícate. Firma el control de entrada.
Incorpórate a tu puesto.
Separa a los reclusos. A un lado, los válidos para el trabajo. A otro, los inútiles (viejos, enfermos). Finalmente las mujeres y los niños.
Destínalos: talleres para unos; gas para otros.
No mires a los ojos. Has de creer que son objetos. Sólo di números y al taller o revisión higiénica.
No oigas sus gritos. Canturrea mientras sollozan. No mires que se abrazan. No compartas su espanto. Piensa es mi trabajo, sólo cumplo órdenes.
Comprueba que el dispositivo ha funcionado. Abre la puerta. Manda llevar los cadáveres al horno.
Mira el reloj. Pausa para comida.
Charla con los colegas. Comenta chismes, rumores de guerra.
Vuelve al trabajo. Ordena que recojan a los de los talleres. Haz recuento.
No admitas preguntas. Silencia, sanciona a quienes quieran saber.
Ve al pabellón de guardias. Date una ducha, quítate ese olor.
Firma el parte de salida. Espera el autobús.
Baja. Camina hasta casa. Besa a tu mujer. Besa a tus hijos. Acaricia al perro. Sácalo a orinar.
Piensa en frivolidades: el partido del domingo, el lavabo que gotea… Prohíbete pensar en ojos o en gemidos.
Vuelve a casa. Ayuda a los niños con los deberes. Busca una emisora que ponga música. Cena con la familia.
Di buenas noches, niños. Ponte el pijama. Buenas noches, mi amor. Dale la mano, quizá algo más. Y ahora la pastilla de dormir. No pienses en nada. Sobre todo no pienses. Duerme. Duerme. Mañana espera otro día de trabajo.
13.1.09
Examen
Primera pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser una loma y pasa a ser un cerro?
Segunda pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser un cerro y pasa a ser un collado?
Tercera pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser un collado y pasa a ser una colina?
Cuarta pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser una colina y pasa a ser un monte?
Quinta pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser un monte y pasa a ser una montaña?
NOTA IMPORTANTE: En las respuestas habrá de especificarse el número exacto y preciso de metros.
Segunda pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser un cerro y pasa a ser un collado?
Tercera pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser un collado y pasa a ser una colina?
Cuarta pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser una colina y pasa a ser un monte?
Quinta pregunta: ¿A partir de qué altura una elevación del terreno deja de ser un monte y pasa a ser una montaña?
NOTA IMPORTANTE: En las respuestas habrá de especificarse el número exacto y preciso de metros.
9.1.09
Trama
Vivía la realidad como si fuese una ficción, algo así como una novela que estuviera leyendo: ¿qué ocurrirá mañana, o sea, en el siguiente párrafo?; ¿cómo continuará la trama?; ¿qué pasará el año que viene, o sea, en el próximo capítulo?...
Al fin y al cabo, no hallaba gran diferencia entre el discurrir de la vida y el de las novelas: un poco de previsibilidad, un poco de sorpresa, un poco de emoción, un poco de enredo, un poco de intriga… Y, de vez en cuando, algún giro argumental.
Vivía la realidad como si fuese una ficción: una novela, o un drama, o una película. Y así se le hacía mucho más llevadera.
Al fin y al cabo, no hallaba gran diferencia entre el discurrir de la vida y el de las novelas: un poco de previsibilidad, un poco de sorpresa, un poco de emoción, un poco de enredo, un poco de intriga… Y, de vez en cuando, algún giro argumental.
Vivía la realidad como si fuese una ficción: una novela, o un drama, o una película. Y así se le hacía mucho más llevadera.
Sobras completas
Por respeto a sus posibles lectores, trató de decir lo mismo con la mitad de las palabras. Y comprobó que era posible.
Luego intentó decirlo con la cuarta parte de las palabras. Y comprobó que también podía.
Entonces se armó de valor. No le fue fácil, pero arrojó al suelo las palabras sobrantes, cogió una escoba, las barrió y las tiró a la basura.
Releyó el texto tal como había quedado. Es verdad que, con la reducción, ganaba.
Pero no lo abrevió por eso, sino por respeto a quienes lo leyeran.
Luego intentó decirlo con la cuarta parte de las palabras. Y comprobó que también podía.
Entonces se armó de valor. No le fue fácil, pero arrojó al suelo las palabras sobrantes, cogió una escoba, las barrió y las tiró a la basura.
Releyó el texto tal como había quedado. Es verdad que, con la reducción, ganaba.
Pero no lo abrevió por eso, sino por respeto a quienes lo leyeran.
7.1.09
Uno de ellos
Treinta años después, él también tiene una cita con la madera. Durante todo ese tiempo, algún gallo le ha hecho recordar, diariamente, el momento en que negó a su maestro.
Recuerda que al principio estuvo dispuesto a correr la misma suerte que él. Incluso golpeó en la oreja a uno de los que le prendían. Pero en el último momento se achantó. Luego una mujer dijo “Éste es uno de los que iban con el preso”. Él lo negó tres veces y a continuación cantó un gallo. Desde entonces, quiquiriquí significa deslealtad.
Recuerda también que al maestro lo crucificaron, entre dos ladrones, en el monte de la Calavera. Y que él ni siquiera se acercó a verlo.
Sin embargo, hoy va a arrancarse aquella espina. Está lejos de donde pasó todo aquello, pero le espera una cruz parecida. Como la del hombre al que, de no haber negado, pudo acompañar hasta el final.
Han pasado treinta años. Ya no es joven ni fuerte. Sabe que va a sufrir, pero aguarda anhelante.
El viento trae ladridos y relinchos. No se oye ningún gallo.
Pero da igual: el gallo que ahora cantase no llevaría razón.
Recuerda que al principio estuvo dispuesto a correr la misma suerte que él. Incluso golpeó en la oreja a uno de los que le prendían. Pero en el último momento se achantó. Luego una mujer dijo “Éste es uno de los que iban con el preso”. Él lo negó tres veces y a continuación cantó un gallo. Desde entonces, quiquiriquí significa deslealtad.
Recuerda también que al maestro lo crucificaron, entre dos ladrones, en el monte de la Calavera. Y que él ni siquiera se acercó a verlo.
Sin embargo, hoy va a arrancarse aquella espina. Está lejos de donde pasó todo aquello, pero le espera una cruz parecida. Como la del hombre al que, de no haber negado, pudo acompañar hasta el final.
Han pasado treinta años. Ya no es joven ni fuerte. Sabe que va a sufrir, pero aguarda anhelante.
El viento trae ladridos y relinchos. No se oye ningún gallo.
Pero da igual: el gallo que ahora cantase no llevaría razón.
Tanta gente
Mientras el resto del público abandonaba la sala, él se quedaba a leer los títulos de crédito y veía desfilar
-actores,
-guionistas,
-directores de producción,
-productores ejecutivos,
-asistentes de dirección,
-directores de fotografía,
-jefes eléctricos,
-operadores,
-maquinistas,
-jefes de sonido,
-microfonistas,
-montadores,
-mezcladores,
-localizadores de exteriores,
-músicos,
-maquilladores,
-sastres,
-peluqueros,
-y, por último, el director.
Tras lo cual se preguntaba: ¿mereció la película que acabo de ver el trabajo de tanta gente?
Raramente se respondía sí.
-actores,
-guionistas,
-directores de producción,
-productores ejecutivos,
-asistentes de dirección,
-directores de fotografía,
-jefes eléctricos,
-operadores,
-maquinistas,
-jefes de sonido,
-microfonistas,
-montadores,
-mezcladores,
-localizadores de exteriores,
-músicos,
-maquilladores,
-sastres,
-peluqueros,
-y, por último, el director.
Tras lo cual se preguntaba: ¿mereció la película que acabo de ver el trabajo de tanta gente?
Raramente se respondía sí.
5.1.09
La voz
Estaba enamorada de aquella voz tersa y compacta que salía de la radio. Por eso pidió que la dejaran presenciar, tras el cristal del estudio, la emisión del programa.
Ese día descubrió que el dueño de la voz no era como pensaba. Era un locutor desangelado, con tripa, canoso, con entradas…
¿Cómo podía brotar aquella voz perfecta de ese cuerpo sin garbo?
Y lo peor era que, en lo sucesivo, ya no podría disociar la voz de aquella imagen.
No: decididamente no tenía mucho sentido enamorarse de una voz, una garganta…, un trozo aislado de alguien.
Por todo lo cual, mientras volvía a casa se le ocurrió la moraleja más ripiosa que cabe imaginar:
Si de la voz de la radio alguien se enamora,
será mejor que no visite la emisora.
Ese día descubrió que el dueño de la voz no era como pensaba. Era un locutor desangelado, con tripa, canoso, con entradas…
¿Cómo podía brotar aquella voz perfecta de ese cuerpo sin garbo?
Y lo peor era que, en lo sucesivo, ya no podría disociar la voz de aquella imagen.
No: decididamente no tenía mucho sentido enamorarse de una voz, una garganta…, un trozo aislado de alguien.
Por todo lo cual, mientras volvía a casa se le ocurrió la moraleja más ripiosa que cabe imaginar:
Si de la voz de la radio alguien se enamora,
será mejor que no visite la emisora.
22.12.08
Por algo será
En el blog yahairavalverde.blogspot.com leo, entre otras frases de Facundo Cabral, la siguiente:
“Bienaventurado sea el Mahatma Gandhi, que fue el que dijo que hace casi dos mil años que estamos festejando el amor: o sea, el nacimiento de Jesús, y no el de Herodes.”
Ante lo cual, caigo en la cuenta de que, aunque la humanidad no siempre sea buena ni amable ni pacífica, lo cierto es que lleva 2008 años celebrando el bien, y no el mal; la paz, y no la guerra; el amor, y no el odio.
Por algo será.
FELIZ NAVIDAD A TODOS
(NOTA: Este blog no tendrá actualizaciones hasta enero de 2009.)
“Bienaventurado sea el Mahatma Gandhi, que fue el que dijo que hace casi dos mil años que estamos festejando el amor: o sea, el nacimiento de Jesús, y no el de Herodes.”
Ante lo cual, caigo en la cuenta de que, aunque la humanidad no siempre sea buena ni amable ni pacífica, lo cierto es que lleva 2008 años celebrando el bien, y no el mal; la paz, y no la guerra; el amor, y no el odio.
Por algo será.
FELIZ NAVIDAD A TODOS
(NOTA: Este blog no tendrá actualizaciones hasta enero de 2009.)
17.12.08
Ojalá
En una trinchera de la isla de Iwo Jima, mientras ve desembarcar al ejército americano, un soldado japonés piensa:
“Ojalá fuese yo una de esas olas. Ojalá fuese arena de la playa. Ojalá fuese roca. Ojalá fuese nube… Aunque pronto, muy pronto voy a ser algo como eso”.
“Ojalá fuese yo una de esas olas. Ojalá fuese arena de la playa. Ojalá fuese roca. Ojalá fuese nube… Aunque pronto, muy pronto voy a ser algo como eso”.
16.12.08
Títeres
Nacieron en un mundo desigual.
Unos nacieron en una familia rica y, cuando crecieron, aspiraron a conservar sus propiedades. Fueron conservadores.
Otros nacieron en una familia pobre y, cuando crecieron, aspiraron a salir de su miseria. Fueron revolucionarios.
Ninguno nació conservador ni revolucionario. Fue el mundo quien los volvió así.
Si los conservadores hubieran nacido en una familia pobre, habrían sido revolucionarios. Si los revolucionarios hubieran nacido en una familia rica, habrían sido conservadores.
Los explotados habrían sido explotadores. Los explotadores habrían sido explotados.
Unos y otros se enfrentaron con saña. Mataron y murieron. (En Rusia 1917, en España 1936…; ¡tantas veces y en tantos sitios!)
Pero ninguno era bueno ni malo. Sólo eran títeres de la materia.
Unos nacieron en una familia rica y, cuando crecieron, aspiraron a conservar sus propiedades. Fueron conservadores.
Otros nacieron en una familia pobre y, cuando crecieron, aspiraron a salir de su miseria. Fueron revolucionarios.
Ninguno nació conservador ni revolucionario. Fue el mundo quien los volvió así.
Si los conservadores hubieran nacido en una familia pobre, habrían sido revolucionarios. Si los revolucionarios hubieran nacido en una familia rica, habrían sido conservadores.
Los explotados habrían sido explotadores. Los explotadores habrían sido explotados.
Unos y otros se enfrentaron con saña. Mataron y murieron. (En Rusia 1917, en España 1936…; ¡tantas veces y en tantos sitios!)
Pero ninguno era bueno ni malo. Sólo eran títeres de la materia.
15.12.08
Disfraz
¿Dónde vas con disfraz de hombre civilizado? Quítate el uniforme y ponte una piel de cabra. Suelta el lanzamisiles y empuña un hacha de piedra.
Ya que haces lo que nunca has dejado de hacer, al menos no te engañes. Muéstrate como eres: perpetuo y persistente hombre de las cavernas.
Ya que haces lo que nunca has dejado de hacer, al menos no te engañes. Muéstrate como eres: perpetuo y persistente hombre de las cavernas.
Pura incoherencia
Dicen que el color es luz reflejada, pero aun así disfrutan viendo atardecer. Afirman que el sexo es una trampa, pero luego hacen el amor con su pareja. Sostienen que el tiempo no existe, pero llevan reloj en la muñeca y corren para no perder el autobús. ¿Alguien sabe de qué va esta gente?
28.11.08
Uve
Ve un perro atropellado.
Detiene el coche.
Baja.
Se acerca a la cuneta.
Comprueba que aún respira.
Lo carga con cuidado.
Tapicería en la sangre.
Luego un veterinario en la ciudad más próxima.
El corazón hace la uve con los dedos.
La razón pone cara de derrota, pero por dentro aplaude también el resultado.
Detiene el coche.
Baja.
Se acerca a la cuneta.
Comprueba que aún respira.
Lo carga con cuidado.
Tapicería en la sangre.
Luego un veterinario en la ciudad más próxima.
El corazón hace la uve con los dedos.
La razón pone cara de derrota, pero por dentro aplaude también el resultado.
26.11.08
Una foto perfecta
Ésta es una historia vulgar, real.
El fotógrafo quiere hacer una foto perfecta. Una pequeña obra de arte.
Se trata de fotografiar, por encargo, a un niño de siete años. A un niño inquieto y torpón.
El fotógrafo pide al niño que mantenga erguida la cabeza, que abra menos la boca, que no tuerza los ojos…
Pero el niño no entiende, o no sabe hacer, lo que le piden.
El fotógrafo entonces se impacienta, refunfuña, se altera, grita al niño.
Al final la foto es un éxito de encuadre, luz y sombra. Una foto logradísima de… un niño llorando.
(¿Y no era eso –la luz, la sombra, el encuadre- lo que en verdad le preocupaba? Entonces, señor fotógrafo, no hay razón para no estar orgulloso.)
Ésta es una historia vulgar, real. Es la historia de mi foto de primera comunión.
Siempre que la veo (enmarcada, en casa de mis padres) me entran ganas de romperla y poner otra: la foto, puede que movida y desenfocada, de un niño riéndose.
El fotógrafo quiere hacer una foto perfecta. Una pequeña obra de arte.
Se trata de fotografiar, por encargo, a un niño de siete años. A un niño inquieto y torpón.
El fotógrafo pide al niño que mantenga erguida la cabeza, que abra menos la boca, que no tuerza los ojos…
Pero el niño no entiende, o no sabe hacer, lo que le piden.
El fotógrafo entonces se impacienta, refunfuña, se altera, grita al niño.
Al final la foto es un éxito de encuadre, luz y sombra. Una foto logradísima de… un niño llorando.
(¿Y no era eso –la luz, la sombra, el encuadre- lo que en verdad le preocupaba? Entonces, señor fotógrafo, no hay razón para no estar orgulloso.)
Ésta es una historia vulgar, real. Es la historia de mi foto de primera comunión.
Siempre que la veo (enmarcada, en casa de mis padres) me entran ganas de romperla y poner otra: la foto, puede que movida y desenfocada, de un niño riéndose.
25.11.08
Y para qué
Érase una vez un planeta inhóspito. Con dunas (¿y para qué esas dunas?), con rocas (¿y para qué esas rocas?), con cráteres (¿y para qué esos cráteres?), con gases irrespirables (¿y para qué esos gases?).
Érase una vez, éranse muchas veces unos planetas inertes e invivibles. Y érase una pregunta: ¿para qué, con qué objetivo, esos planetas?
Érase una vez, éranse muchas veces unos planetas inertes e invivibles. Y érase una pregunta: ¿para qué, con qué objetivo, esos planetas?
13.11.08
Triunfador
Si un león nace sano y dotado, y es un depredador y caza antílopes, y es el más fuerte de la manada ganándose así el derecho a aparearse y transmitir sus genes, entonces cuando finalmente envejece y muere puede decirse (mientras los buitres picotean su cadáver) que ese león ha triunfado en la vida.
5.11.08
Por si fuera poco
Dijo el creador real o inventado (ese creador que es bueno y justo y misericordioso):
-No sólo te hago enfermo y deforme sino que, además, si al ver a los sanos y esbeltos sientes rabia por no ser como ellos, incurrirás en el vicio capital de la envidia. Y ya sabes lo que tengo reservado a los pecadores…
Ante lo cual, la criatura contestó al creador (a ese creador, real o ficticio, que es bueno y justo y misericordioso):
-De verdad, de verdad que no entiendo nada.
-No sólo te hago enfermo y deforme sino que, además, si al ver a los sanos y esbeltos sientes rabia por no ser como ellos, incurrirás en el vicio capital de la envidia. Y ya sabes lo que tengo reservado a los pecadores…
Ante lo cual, la criatura contestó al creador (a ese creador, real o ficticio, que es bueno y justo y misericordioso):
-De verdad, de verdad que no entiendo nada.
31.10.08
Desde la nave
Con el telescopio los enfoqué y cada uno iba con su fractura a cuestas, con su cicatriz a cuestas, con su pérdida a cuestas. Desde la nave los vi moverse y cada uno andaba consigo mismo a cuestas.
30.10.08
Despedida
Antes de morir llamó a sí mismo por su nombre, se contestó y (con plena convicción de que hablaba con otro) le dijo: -Adiós para siempre, compañero. Fue un placer y un dolor compartir este viaje.
13.10.08
Ya había perdido
Antes de hacer nada mal, ya había perdido. Así que cogió el tablero, las fichas, el dado, el juego, la partida... y también a sí mismo.
Lo tiró todo al suelo.
Y mientras se rompía y se hacía pedazos, sintió que estaba haciendo un acto de justicia.
Lo tiró todo al suelo.
Y mientras se rompía y se hacía pedazos, sintió que estaba haciendo un acto de justicia.
30.9.08
Sencillez
Hicieron una estatua a la Sencillez.
Pero ella se bajó, y quedó sólo el pedestal.
La gente, extrañada, se acercaba al pedestal vacío y leía "En homenaje a la Sencillez".
Pero ella se bajó, y quedó sólo el pedestal.
La gente, extrañada, se acercaba al pedestal vacío y leía "En homenaje a la Sencillez".
29.9.08
En lápidas contiguas
En lápidas contiguas del mismo cementerio se leen invocaciones a credos diferentes.
¿Qué deidad comparecerá (en su caso), anunciada por trompetas, el día del juicio?
¿Quién se llevará el gato al agua?
¿Qué fieles jalearán su apuesta ganadora y exclamarán, ufanos, "lo veis, si os lo decía"?
¿Qué deidad comparecerá (en su caso), anunciada por trompetas, el día del juicio?
¿Quién se llevará el gato al agua?
¿Qué fieles jalearán su apuesta ganadora y exclamarán, ufanos, "lo veis, si os lo decía"?
Obsequio
Mi gato me ha traído un ratón destripado. Lo cazó y, en lugar de comérselo, me lo ha regalado. Ante lo cual, le he dicho "Gracias, sinceramente nunca me regalaron algo tan valioso".
26.9.08
A salvo
Todo el horror ahí enfrente (batalla de Stalingrado), y yo sin embargo a salvo, a sólo diez metros, extrañamente parapetado entre butacas de cine.
24.9.08
Diligencia
"Contra pereza, diligencia", dice la madre. Y el niño, adormilado, espera que llegue el coche de caballos: la diligencia que vendrá a sacarle de la cama.
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