23.7.07

Y su vida en la garganta

Para componer la Elegía a Ramón Sijé fue imprescindible que muriera su amigo.

Para escribir El niño yuntero o Andaluces de Jaén necesitó ser mordido por la injusticia.

Para idear las Nanas de la cebolla fue preciso que estallara una guerra, que la perdiera, que lo encarcelaran…

Me pregunto qué habría escrito, de haber vivido en paz y feliz.

19.7.07

Adaptación

Me gusta tanto que me griten, me insulten, me amenacen, me ridiculicen.

Me encanta venir aquí a que me vejen, me maltraten, me hagan burla.

Al principio no me gustaba. Es más, me ofendía. Pero me adapté, le cogí el gusto y ahora soy tan feliz...

De verdad. De verdad que necesito creerlo.

21.5.07

¿Qué le pasa?

¿Qué le pasa? ¿Por qué está quieto? ¿Por qué se ha tumbado en el suelo con las patas hacia arriba? ¿Tendrá algo que ver con que ayer se me olvidó cambiarle el agua? (Bueno, el agua sí la cambié, pero después olvidé poner de nuevo el bebedero en la jaula.) Aunque eso no importa porque él está entero, no le falta nada. Le echo un poco de agua por encima, para compensar la que no bebió ayer. Pero aun así no se mueve. Pruebo a soplarle y sigue quieto. Voy a preguntarle a mamá. ¿Por qué se ha tumbado con las patas hacia arriba? ¿Por qué no se mueve? ¿Qué le pasa?

A esa hora

A esa hora mi sangre fluía, mi corazón bombeaba, mis pulmones inspiraban y espiraban, mi estómago digería, mis riñones excretaban, mi pelo y mis uñas crecían, mis glándulas segregaban. Y el resto de mí (también conocido por "yo"), ¿qué hacía yo a esa hora?

12.4.07

Innominados

No sé cómo se llama casi ningún árbol. No sé cómo se llama casi ningún pájaro. Pero hoy aquí, junto a este río, ni ellos ni yo echamos de menos sus nombres.

11.4.07

En el fondo

Añoras pero no quieres, en el fondo no quieres, volver, porque sabes que ahora no sería, de hecho no fue entonces, igual.

10.4.07

Aunque

Aunque tenía miedo, mostró seguridad para que así ellos se sintieran seguros.

Aunque estaba angustiada, exhibió alegría para que así ellos estuvieran alegres.

Y cuando hubo al fin acostado a sus hijos, abrió el sobre, sacó el análisis y, devorándolo a solas, se permitió llorar.

Te vas a enterar

Llegué a la droguería. Lo cogí de un estante. Lo mostré a la dependienta. Pregunte cuánto cuesta. Y ella: -Dos con setenta y cinco. Y así fue como acabó la era de los rehenes, el tiempo de la amenaza: cuando me enteré por fin de lo que vale un peine.

Mientras

Mientras la abrazaba, imaginaba las veces que la había imaginado.

10.7.06

Y no seréis juzgados.

Atasco de tráfico. Vehículos retenidos. Paramos, avanzamos, paramos.

Una ambulancia se anuncia con sirena y destellos. Desplazamos los vehículos a la izquierda para dejar un espacio junto al arcén. Cuando avanza la ambulancia, un coche le sigue y se abre paso.

Cláxones, protestas. Acusamos y juzgamos:

–Tío jeta, aprovechón, caradura.

El coche se detiene. Su conductor sale y grita:

-El enfermo es mi padre. Lo llevan a Urgencias. En la ambulancia no había sitio para mí.

Los que le hemos insultado desviamos la mirada: hacia el freno de mano o el acelerador.

8.3.06

Labios de hastío

He tenido que beber bastante para escribir esta carta y ahora con el valor que me ha dado el alcohol y metida en una nube la escribo de corrido sin corregir ni tachar porque quiero decirlo a bote pronto, que siempre he tenido problemas para hablar, que el silencio me acuciaba, no podía contar cosas, no sabía decir nada ocurrente, nada con gracia, menos aún interesar a nadie, con esta voz endeble, raída y casi afónica que tengo, y al mismo tiempo me quemaba el silencio, necesitaba apagarlo, sentía que todo el mundo me pedía romper el silencio, vamos rómpelo, la gente a veces se callaba, todos a la vez, y entonces aunque no me miraran sentía que me miraban y es como si me exigieran, vamos habla, si la charla se ha cortado es por tu culpa, nunca cuentas nada, di algo que haga reanudar la conversación, y no sé si es timidez o cortedad o apocamiento o como quiera llamarse pero sí sé que me obligaba a decir algo, lo que fuera, aunque una idiotez o una mentira pero que rompiera el silencio y nadie pensara de mí qué sosa, qué insulsa es, y no eran ganas de destacarme sino necesidad de ser tomada como normal, de que no me juzgaran rara, y por eso una vez revelé lo de tu enfermedad, no para hacerte daño, ¿por qué iba a querer hacerte daño? si apenas un conocido del pueblo, sino por parecer interesante, uy lo que ha dicho, anda lo que sabe, y ser estimada o considerada o apreciada o qué se yo, reina por un minuto, hablando desenvuelta sin interrupción de nadie. Y por eso lo conté, y no voy a decir que no supiera el daño que te hacía, a lo mejor no lo había pensado mucho pero saberlo lo sabía, y no me importó decirlo, bueno no sé si me importó o no, pero me importó menos que hacerme la importante, y por eso lo hice, dije el nombre de tu enfermedad, que lo sabía porque trabajo en el hospital y había visto el resultado del análisis, y lo dije, y eso te hizo un daño horrible, se corrió en el pueblo, ¿cómo iban las otras a guardar el secreto si no fui capaz de guardarlo yo?, y desde entonces todos te miraban con malos ojos, te rehuían, ya ves tú una enfermedad que no se contagia más que por la sangre, pero la gente no quería estrecharte la mano ni acercarse ni hablar contigo, y se cambiaban de acera, y no entraban al bar si tú ibas porque bebías en los vasos, y sé que luego los dueños de las tabernas te pidieron que no entraras, que espantabas los clientes, que no te lo tomaras a mal, que era por su familia, el pan de sus hijos, y lo mismo en las tiendas y en la piscina, como un apestado, víctima de mi jodida indiscreción, que nunca hablo y para una vez que debí callarme voy y la pifio, tanto dolor porque me fui de la lengua en el pueblo, ya se sabe pueblo chico infierno grande. Y ahora que he oído que estás ingresado no quiero que te vayas del mundo, pero sobre todo no quiero que te vayas sin decirte esto, que no sirve para nada, que no deshará nada, pero bueno, quiero decirlo, quiero que lo sepas, que te hice daño, que añadí sufrimiento a tu sufrimiento, pero no fue por maldad, créeme que no fue malicia, que no lo hice para hacerte sufrir, no digo que no supiera que te hacía daño, quizá no lo pensé mucho pero saberlo lo sabía, lo hice para que me consideraran me aprobaran me admitieran, para romper el silencio, el bendito e inofensivo silencio.

3.3.06

Hemorragia interna

Entra en la habitación del hospital como si temiera llegar tarde a una cita. Mira al enfermo y éste, tras la mascarilla y los tubos, reacciona con sorpresa. El visitante y el hombre encamado se estrechan las manos, fuerte, largamente, hablándose con la mirada. El silencio lo ocupa todo, así que la hija del enfermo tiene que salir. Fuera, la muchacha identifica a aquel hombre como el viejo amigo de su padre. Recuerda las charlas y risas de ambos, años atrás, cuando ella era pequeña. Ahora el visitante sale abatido al pasillo. Se acerca a la muchacha y dice: “Dejamos de hablarnos hace años. No recuerdo el motivo. Por una sandez…”. Se gira y echa a andar, haciendo gesto de despedirse con una mano y llevándose la otra a los ojos.

23.2.06

Un modelo de gestión

Para concluir este informe de gestión, no podemos dejar de referirnos a la profundización democrática operada en nuestra estructura durante el último ejercicio. La elección de cada jefatura de área mediante sufragio de sus miembros (“un hombre, un voto”) permite no sólo el gobierno democrático del conjunto, sino también de cada una de sus parcelas: narcotráfico, prostitución, corrupción institucional, extorsión y venta de armas. Las cinco divisiones han elegido, mediante votación secreta y directa, sus propios consejos directivos; y éstos a su vez, investidos de la representatividad que les concede emanar de las bases, han designado al rector máximo de la organización.

Se han armonizado así participación y eficiencia, democracia y resultados. Ésta es la clave de nuestro éxito, patentizado por el crecimiento de las cinco áreas de negocio.

Igualmente se ha avanzado en la independencia de nuestro sistema de justicia. Los tribunales han actuado autónomamente, sin injerencias de la jefatura al enjuiciar desviaciones. Ello no ha impedido la ejemplaridad de las decisiones tomadas en aplicación de nuestro código (incluida, en caso necesario, la pena capital). Para el próximo ejercicio parece conveniente incidir en la descentralización. A tal fin se crearán tribunales especiales para transgresiones en prostitución y corrupción pública, tal como ya se hizo para los sectores de armas y narcotráfico.

De entre las agrupaciones que operan extramuros de las leyes y tratados, la nuestra se ha afianzado como la más eficaz y cohesionada, merced a su vertebración democrática. He aquí lo que diferencia una auténtica organización, como la nuestra, de una simple banda de secuaces regida por la arbitrariedad.

En suma: nuestra corporación, cuyo ámbito de negocio es inconciliable con la legalidad exterior, requiere fortalecer su entramado jurídico como presupuesto de perduración. Y esa solidez únicamente puede proceder de su aprobación por cargos electos, lo que otorga legitimación de origen, garantiza el apoyo de las bases y confiere estabilidad organizativa. De ahí nuestro empeño en potenciar los resortes de la democracia.

(Aplausos.)

22.2.06

Gente cumplidora

(Se reproduce este relato, pues en el anteriormente enviado -que aparece más abajo- había una errata.)


-Confiesa que fue Dios quien dijo “no matarás”, o probarás mi espada.

-Nada de eso. Lo ordenó Alá mediante su profeta. Y aunque acabes conmigo, sus fieles te darán muerte en nombre del Altísimo.

-Me dais asco los dos. Fue Yahvéh quien mandó eso. Y ahora rendiréis vuestras vidas si no lo proclamáis. Así que, mientras os apunto, responded: ¿quién dijo “no matarás”?

Otra versión

Tras expulsarlo del paraíso, dijo Yahvéh al hombre:

-Porque comiste del árbol del que te prohibí coger diciéndote “no comas de él”, maldita será la tierra por tu causa. Con trabajo sacarás de ella el alimento todos los días de tu vida. Espinas y cardos producirá, y la hierba del campo tomarás. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que retornes a la tierra, pues de ella fuiste tomado.

El hombre dijo:

-En esas condiciones, prefiero ser devuelto a la nada, como antes de crearme.

Yahvéh se apiadó:

-Para que tu existir no siempre sea mezquino, te daré la imaginación. Es un trasunto de mi fuerza. Podrás inventar, fabular, soñar fantasías. Contarlas o escribirlas.

-¿Y en qué consiste eso?

Yahvéh lo explicó someramente.

Y luego el hombre, con un resto de esperanza y un ignorado impulso, empezó a escribir unos libros, o sea, una biblia.

Percusión

Sobre el suelo de la habitación donde tejía ficciones, una tubería goteaba (glop, glop) y de este modo:

a) recordaba que había que arreglarla o avisar a quien supiera hacerlo;
b) incorporaba la realidad persistente;
c) interfería con la ensoñación; y
d) confirmaba que las palabras, abstraídas o tangibles, nacen de las cosas y se componen de materia.

Era un gotear molesto, pero no inútil.

Qué lejos de aquella copla

Tras poner el último punto a su novela, iniciada dos años atrás, se asomó al patio de luces para sentir el fresco. Justo en ese instante una voz con acento andaluz, procedente de algún apartamento, entonó a modo de copla:

No canto pa que me escuchen
ni pa sentirme la voz.
Canto pa que no se junten
la pena con el dolor.


Oído lo cual, el escritor exclamó: “Eso sí que es literatura”. Y aunque el primer impulso fue quemar su novela, finalmente optó por guardarla en un cajón bien hondo.

Gente cumplidora

-Confiesa que fue Dios quien dijo “no matarás”, o probarás mi espada.

-Nada de eso. Lo ordenó Alá mediante su profeta. Y aunque acabes conmigo, sus fieles te darán muerte en nombre del Altísimo.

-Me dais asco los dos. Fue Yahvéh quien mandó eso. Y ahora rendiréis vuestras vidas si no lo proclamáis. Así que, mientras os punto, responded: ¿quién dijo “no matarás”?

21.2.06

El traje nuevo del emperador.

No por ello resucitaron los fusilados de Goya (aquel cuadro del 3 de mayo) ni los caídos en los frentes de Austria, Polonia o Rusia. Eso tiene que admitirlo. Pero (dentro o fuera de su cabeza) se instaló un rumor de aclamaciones cuando sacó el spray y sobre la pomposa tumba del emperador Bonaparte rotuló “Sinvergüenza”. Seguidamente la gendarmerie se abalanzó sobre él, varios visitantes le señalaron con el dedo y un niño pequeño (hijo de algún turista) batió palmas con sus manitas, uniéndose al coro de reconfortados.

30.1.06

Un poco de coherencia

Aún sigue, en la casa de sus padres, el libro de las tapas verdes: “Pinocho. Por Carlo Collodi”. Es el primer cuento que leyó, hace veinte años.

Busca la página donde el hada dice:

-Estoy viva, Pinocho. Te hice creer que había muerto de pena para que te arrepintieras de tus malas acciones. Has hecho sufrir mucho al pobre Gepetto.

Y ahora, antes de donar el libro a una biblioteca, va a perpetrar el sacrilegio. Tacha la respuesta de Pinocho y en su lugar escribe lo que siempre pensó que el muñeco debió contestar:

-De acuerdo, señora hada, he sido malo. Pero no veo bien que, habiéndome prohibido mentir, me haya hecho creer que usted había muerto. Me parece muy mal que, después de haber dispuesto que mi nariz creciera cada vez que yo mentía, me haya engañado de este modo. No entiendo que, habiendo ordenado a un niño (¡qué digo a un niño, a un trozo de madera!) decir siempre la verdad, incumpla usted sus propias reglas.

26.1.06

Lavabos

Fue duro recibir una caja que contenía una cubeta de lavabo. Se me representó enseguida la imagen del pretor Poncio lavándose las manos antes de consentir la ejecución. Y recordé las veces en que, como él, me lavé las manos. Entre otras:

-Toxicómanos llevados a la cárcel en vez de a un hospital donde curarse de su adicción. (Pero la ley lo mandaba: excusa universal.)

-Impunidades basadas en defectos de forma. (¿Y qué querías? Acuérdate del juez valenciano, denostado por grabar las conversaciones. Ellos se fueron de rositas y a él nadie le defendió: lo que sacó a la luz salpicaba mucho.)

-Retractaciones debidas a amenaza del agresor. (Era fácil no hurgar en las raíces, encarpetar el asunto.)

Al margen de quién la envíe, recibir una cubeta por correo obliga a hacerse preguntas.

Poco importa que al final fuera una remesa de Suministros. Lo que cuenta es que fue instalada en los aseos del tribunal y ahí sigue, disponible, para lavarse las manos.

25.1.06

Corazón salvaje

Quizá os suene mi historia del libro o la película. Me llamo Mowgli y vivo en una aldea de la India. Vine aquí cuando tenía siete años. Desde entonces mi vida ha sido bastante anodina, nada que ver con las emociones de la infancia. Me trajeron al poblado dos animales: un oso y una pantera. En realidad, me salvaron la vida.

La pantera quería traerme a toda costa, para librarme de la amenaza del tigre. Con tal de conducirme se expuso a los ataques de serpientes y monos. Sabía que sacarme de la selva era lo mejor para mí.

El oso, en cambio, me trajo a regañadientes. Pretendía que me quedara con él en la selva, para estar siempre juntos y pasar el día jugando conmigo. Pero, llegado el momento, me salvó del tigre plantándole cara. Estuvo a punto de morir por mí.

Recuerdo bien todo aquello. Me asombra que entonces entendía el lenguaje animal.

Después de venir a la aldea volví a ver a la pantera y al oso. Se acercaban a veces para recordar viejos tiempos. Ambos murieron años atrás.

Me enternece recordar a mis dos amigos. Cuando pienso en ellos, comprendo que sentían afecto por mí. Aunque de un modo distinto: uno me quería; el otro, más bien, me amaba.

23.1.06

Un pájaro.

Mi hija cumplía seis años y sus compañeros del cole vinieron a merendar. Hubo velas, tarta, cumpleaños feliz. Y al final actuó el payaso Kiko.

Como había que atender a once niños, mandé a Estela, mi empleada de hogar, que estuviera con ellos. Y mientras el payaso hacía muecas, Estela rompió a llorar. Intentó contenerse pero no pudo. Entonces reparé en mi insensibilidad: para poder trabajar Estela había dejado a sus hijitos en Ecuador, al cuidado de su tía. Así que le dije: “Vaya a su habitación y llore cuanto necesite”.

Cuando terminó la fiesta, fui a ver a Estela y le pregunté:

-¿Cuánto tiempo lleva sin ver a sus hijos?

-Más de dos años: desde que vine a España.

-Es demasiado. Tome este dinero y compre un pasaje. Váyase un mes a Ecuador.

-Entonces ¿me despide?

-No diga tonterías. Quiero que compre un billete de ida y vuelta, para que esté un mes con sus hijos.

-Muchísimas gracias. Me hace un gran favor. No sé cómo devolvérselo.

-No hay nada que devolver.

Le pagué el vuelo y durante aquel mes contraté a una sustituta. Tuve que renunciar a algunas cosas: cosas superfluas, naturalmente.

Desde luego, esto no cambia nada. Sigo siendo ruin y egoísta. Pero sé que en algún lugar de mi corazón vive un pájaro y una vez (sólo una vez) le dejé salir.

Soy así de mediocre

No piense que le juzgo, pues no hay nadie en la Tierra con derecho a juzgarle. Tendría yo que despojarme ahora de la toga, el birrete, las puñetas, los rizos y bajar de mi estrado o pedestal para que usted, desde su pureza, me juzgue y me condene con el resto de la humanidad. No, señor Gandhi, ni le juzgo en mi nombre ni en el del Imperio Británico. Simplemente encajo unos hechos en unas leyes (como un silogismo, Mahatma: soy así de mediocre). Y como son leyes injustas, también lo es mi decisión. En fin, yo no puedo mirarle a los ojos, pero usted sí. Así que, se lo ruego, antes de que por orden mía le lleven a la cárcel concédame su bendición.

20.1.06

Y después vine yo

Cortó,
exprimió,
batió,
mezcló,
coció,
coló,
salpimentó,
probó,
condimentó,
sofrió,
reservó,
rebozó,
calentó,
horneó,
vigiló,
sirvió
y después vine yo y
vorazmente
tenazmente
fugazmente
sin decir gracias
ni exclamar qué bueno
-eso sí- me lo tragué todo.

19.1.06

Nunca en mi corazón.

“Seguramente le extrañará que le remita una carta alguien que no conoce. Lo hago, en primer lugar, porque es usted la persona a quien más admiro. En segundo lugar, porque hace tiempo que necesitaba comunicarle algo. Y finalmente, porque no quiero perder toda oportunidad de exponérselo.

He sabido que está usted hospitalizado. Deseo sinceramente que se recupere. Sin embargo, esta circunstancia me ha llevado a expresarle mi inquietud, antes de que sea tarde.

Sé que usted ha dedicado su existencia a luchar contra la injusticia. Ha pasado encarcelado la mayor parte de su vida por oponerse a la segregación racial, y tras ser liberado viajó a otros países para enfrentarse a la oligarquía. De resultas de ello ha sufrido persecuciones y torturas. He oído que lo que le tiene ahora en el hospital es consecuencia de la malnutrición padecida en sus años de cautiverio. Está claro que sólo la lucha por la justicia ha dado sentido a su vida.

Mi existencia ha sido muy distinta. A mí me faltó todo su coraje. Desde niño he sentido repulsión ante la injusticia, una furia impotente al ver la iniquidad. Pero, a diferencia de usted, me tragué la rabia y no fui valiente. No tuve madera de héroe.

Guardé la indignación para mí mismo y me dediqué a otras actividades que no comprometían mi estabilidad.

Estudié biología celular, me especialicé en aplicaciones clínicas. Me hice investigador. Durante algún tiempo participé incluso en programas militares reservados. Experimentos, ensayos biológicos secretos. Cómo me avergüenzo de ello. Finalmente cesé a petición propia y volví a la universidad.

Bien; le ahorraré detalles e iré directo a la cuestión. Lo que quiero decirle es que conozco un modo de acabar con la injusticia, de extirparla para siempre.

Sí: lo que usted y yo anhelamos existe. Es un virus, un virus que puedo poner a su disposición. Mejor dicho: puedo liberarlo. Bastará que usted me lo indique y activaré el programa de transmisión. El virus es letal para la especie humana y se contagia a la vez por varias vías. Nadie puede escapar. No distingue entre razas ni clases. No hay remedio ni curación. En pocos días toda la humanidad habrá desaparecido.

¿Se da cuenta? Si se extingue la humanidad terminará toda injusticia. Desaparecerán las guerras, la explotación, los expolios, los genocidios.

Con la abolición del ser humano se esfumará todo eso. Seguirá habiendo vida en la Tierra, vida animal y vegetal, porque el virus no infecta a los demás seres. Sólo los hombres nos extinguiremos. Y no existiendo humanos en el planeta, no habrá nadie con capacidad para el mal. Con nosotros desaparecerá la injusticia.

A fin de cuentas, ¿qué otra solución hay? ¿Acáso podemos entrever otro medio de acabar con lo injusto?

Puede que en un pasado remoto los enfrentamientos tuvieran sentido: no había bastante alimento para sobrevivir todos. Pero actualmente la tecnología ha suprimido esa escasez, y sin embargo sigue habiendo sometimiento y explotación. El progreso no ha eliminado las guerras, sólo ha sofisticado las armas. No hay justicia entre las personas ni entre los pueblos. Una pequeña parte de la humanidad vive en la opulencia mientras el resto carece de lo básico. Los países ricos no sólo no comparten su bienestar, sino que esquilman los recursos de los pobres. ¿Hay acáso esperanza de que esto cambie?

Extinguida la humanidad, seguirá habiendo vida en el planeta, pero será vida sin voluntad moral, sin aptitud para lo malo y lo injusto.

Contésteme si aprueba mi propuesta. Sólo le reconozco a usted autoridad para decidirlo. Bastará una indicación suya y pondré en práctica el plan: el único que aseguraría la erradicación de la injusticia.”

-Enfermero, por favor, tire esto a la papelera.

18.1.06

Y no seréis juzgados.

Atasco de tráfico. Vehículos retenidos. Paramos, avanzamos, paramos.

Una ambulancia se anuncia con sirena y destellos. Desplazamos los vehículos a la izquierda para dejar un espacio junto al arcén. Cuando avanza la ambulancia, un coche le sigue y se abre paso.

Cláxones, protestas. Acusamos y juzgamos:

–Tío jeta, aprovechón, caradura.

El coche se detiene. Su conductor sale y grita:

-El enfermo es mi padre. Lo llevan a Urgencias. En la ambulancia no había sitio para mí.

17.1.06

Pero el cadáver, ay, siguió muriendo.

Tras la declaración de guerra en julio de 1870, la Asociación Internacional de Trabajadores lanzó la consigna de oponerse a las hostilidades mediante la negativa obrera a participar en los ejércitos. Pese a la propaganda oficial, el llamamiento a alistarse apenas fue secundado por operarios de la industria, y entre los obreros agrícolas la respuesta fue también muy exigua. Cuando se dispuso la recluta obligatoria, tanto en Francia como en Prusia se produjo un movimiento de desacato, que se intentó aplacar amenazando con juicios por deserción. En ambos bandos se celebraron masivos consejos de guerra y llegaron a ejecutarse algunas condenas, pero la reacción duró poco tiempo ya que muchos soldados se negaron a fusilar a sus compañeros. Incluso se produjeron motines y asaltos espontáneos a establecimientos militares. La situación se hizo tan insostenible que las dos potencias tuvieron que poner fin a las operaciones armadas. Fue un enfrentamiento absurdo, que no obstante sirvió para que por primera vez una guerra quedase abortada por los soldados de ambos bandos. Algunos estudiosos opinan que, de no haber sido por la presión popular sobre los gobiernos, éstos habrían entrado en una espiral de locura, susceptible de arrastrar a Europa a un siglo de contiendas. No falta quien especula con conflictos mundiales y millones de víctimas, e incluso con el uso de la energía atómica para fines bélicos. Obviamente son planteamientos extremos y fantasiosos. Lo que resulta claro es que la acción en ambos Estados de los movimientos ciudadanos cambió el curso de los acontecimientos, haciendo prevalecer el deseo común de paz sobre los particulares intereses que motivan las guerras.

16.1.06

Una señal de alarma.

Al cumplir tres años había que escolarizar a Paula, por lo que ella dijo:

-Paula irá al colegio al que fui yo.

Y él:

-De ninguna manera. No quiero que le imbuyan religión desde la infancia. Irá a otro colegio donde no hagan eso.

-¿Ah, sí? Pues a mí no me fue nada mal en ese colegio.

-Ahora no hablamos de ti. Es una cuestión de principios: no se puede inculcar fe religiosa como se enseña el teorema de Pitágoras. Quiero que respeten a mi hija.

-No sólo es tu hija.

-Está bien: nuestra hija. Quiero que en materia de creencias pueda elegir por sí misma.

-O sea, que ya has decidido por mí.

-Eso mismo podría decir yo.

-Pues habrá que ir al juzgado. Según el código civil, si los padres no se ponen de acuerdo decide el juez.

Ambos se miraron fijamente y callaron. Desde que estaban juntos era la primera vez que invocaban un precepto legal. Sintieron miedo porque sabían que si una norma jurídica irrumpía en su convivencia, significaría que habían dejado de amarse.

Érase de un jardinero.

La señora se inclinó a oler las flores que cultivaba el jardinero y, al acercarse, exclamó con aversión:

-¡Un bicho!

Ante lo cual el aludido repuso, muy dignamente:

-No soy un bicho, soy un insecto. Y sepa que estas flores no se perfumaron para usted, sino para mí. Y también para mí colorearon sus pétalos. Para atraerme, para que con mis patas transporte su polen, para que las ayude a fecundarse. Así que, por favor, tráteme con respeto.

La señora tuvo que ser sostenida por el jardinero para no desplomarse: impresiona mucho oír hablar a un invertebrado.

Aficionado a la ventriloquia, el jardinero se había propuesto no hablar con el vientre en horas de trabajo. Pero en esta ocasión la voz, más que del vientre, le salió de las vísceras.

13.1.06

Esta noche no alumbra.

Durante los meses de noviembre y diciembre de 1939 los elementos rojos (copio textualmente) que merodean por los alrededores del pueblo de C., sector de V., declarado zona de guerra a efectos de persecución y captura de aquellos rebeldes, bajan con frecuencia desde los montes limítrofes hasta el pueblo, en donde se instalan transitoriamente en casa de sus familiares, que los encubren, e incluso deambulan por calles de la localidad, llegando a celebrar en una de las casas del pueblo un baile que empieza a las nueve de la noche y termina tres horas después, amenizado por gaita gallega y al que asisten, entre otros, seis rojos huidos del pueblo y otros rebeldes en la misma situación.

Es de notar que C. es una aldea que no cuenta con más de treinta vecinos, sin que el caserío esté muy diseminado, y que quien organiza el baile es la famosa partida del V. Desde el 8 de noviembre de 1939 existe en C. un puesto de la Guardia Civil (tú eres el comandante), del que además de ti forman parte cinco guardias.

No evitas que bajen al pueblo ni irrumpes en el baile. No detienes a nadie. Eludes encontrarte con los fugitivos.

Te juzga el Consejo Militar. Testifica la hija de la maestra. Era novia de uno de los huidos, ahora lo es de un guardia. Declara que vio a su antiguo novio en la calle; que te informó y no hiciste nada.

Te imponen cuatro años de cárcel.

Me encuentro contigo por casualidad, en un repertorio de sentencias. (Ni siquiera viene tu nombre: sólo las iniciales.) Así que, aunque parezcas ficción, de hecho exististe.

Es de suponer que a estas alturas estés muerto. Tú sí, pero tus actos no.

Heridas de amor

“Su dolor es severo y la enfermedad incurable, lo mejor es sacrificarla”. “Sí, qué remedio”, respondes al veterinario. Y mientras él le pone la inyección (ofrenda el sacrificio), descubres en tu mano el rasguño de hace sólo una semana, cuando todavía tenía fuerzas para arañar jugando. Está ya borrándose. Si mandaras en tu piel, lo guardarías para siempre.

12.1.06

Patentes y marcas

Una luz que se enciende cuando vemos a alguien por última vez antes de su muerte o de la nuestra. Que indica que es la última oportunidad de decirle “déjame que te explique” o “perdona” o “te quiero”.

Una lámpara que se ilumina cuando sin saber dañamos a alguien. Que alerta de nuestro poder ignorado. (Es difícil no herir a quien nos ama.)

Un interruptor que permite cesar de odiar. No sólo sirve para desistir de la venganza, sino que la máquina abduce el rencor.

Un botón para dejar de envidiar. Sirve para no desear a otros nuestro infortunio ni nuestras carencias; para alegrarnos de que otros posean lo que nos falta, de que no sufran lo que sufrimos.

Un pulsador que se aprieta y olvidamos acciones, propias o ajenas. Al que se ordena “olvida este trozo de vida” o esa traición o ese error, y se disipan de la memoria.

Una palanca que al moverla nos cambia los gustos, para que nada sórdido ni abyecto nos atraiga.

Cibernética de última generación. Alarmas que se activan a tiempo, botones que automatizan el perdón y el olvido.

11.1.06

Plántame

Después de la tormenta un árbol flotando con todas sus raíces blancas peludas un árbol arrancado de cuajo tumbado arrastrado por la corriente río abajo con sus ramas me suplicaba plántame y yo lo siento amigo soy parvo y medroso pero ojalá que luego alguien más grande o valiente te quiera ayudar.

10.1.06

El nombre exacto de las cosas

Debió servirse de alguna clase de hipnosis, porque de otro modo no se explica que aquel hombre, supuesto perturbado mental, pudiera entrar en la Academia de la Lengua, eludir el control de acceso, irrumpir en la sala de juntas y lograr sin violencia que los académicos adoptaran aquellas decisiones. Fueron esenciales cambios semánticos: definir democracia como “poder ejercido por persona autodesignada”; definir sufragio como “decisión tomada por quien detenta el poder”; definir libertad como “veto o impedimento”; objetividad como “actuación arbitraria”; igualdad como “diferencia en el trato”...

Veintiséis vocablos con acepción política mudaron su significado.

Fue gran suerte que a continuación aquel hombre se quedara dormido en un sillón. Y más fortuna aún que los académicos reaccionaran a tiempo, repentinamente libres de su influjo hipnótico.

Así pudo votarse oficialmente el regreso a las definiciones anteriores y abortarse el golpe de Estado.

Ahora que el profanador ha sido sacado de la Academia, habrá que tomar medidas que garanticen la seguridad lingüística; que impidan que otra vez alguien penetre en la Academia y, doblegando la voluntad de sus miembros, vuelva del revés nuestra Constitución.

9.1.06

Donde habite el olvido

1. A toda persona que haya sido condenada penalmente se le reconocerá, una vez cumplida su condena y a solicitud suya, el “derecho a empezar de nuevo”.

2. Tal derecho implica la atribución de nueva identidad, totalmente distinta de la anterior.

3. Asimismo el “derecho a empezar de nuevo” comprende la garantía de no ser perturbado por hechos anteriores a la obtención de la nueva identidad.

4. Quienes tengan reconocido el “derecho a empezar de nuevo” no podrán ser obligados a responder preguntas sobre hechos anteriores a haber asumido su nueva personalidad.

5. A las peticiones de acogerse al “derecho a empezar de nuevo” se les dará publicidad suficiente para que, durante un año, quienes sean titulares de créditos o derechos ejercitables frente a algún solicitante, puedan hacerlos valer en ese tiempo, no pudiendo hacerlo con posterioridad.

6. La persona cuya identidad correspondía anteriormente al solicitante se considerará muerta, a todos los efectos, una vez asumida la nueva personalidad.

7. A quien haya ejercido el “derecho a empezar de nuevo” se le proveerá de la documentación administrativa básica, acorde con su nueva identidad.

8. En caso de que el interesado haya alterado su fisonomía, su sexo u otros caracteres, la documentación administrativa que se expida se adaptará a dichos cambios, incorporando fotografías en que aparezca con sus nuevos rasgos físicos.

9. En ningún registro o fichero aparecerá mención alguna que relacione al interesado con su antigua identidad.

10. Se concederán ayudas a quienes, habiéndose acogido a este derecho y deseando alterar sus rasgos corporales, carezcan de recursos para sufragar la cirugía necesaria.

11. También se dispondrán ayudas para quienes, en la misma situación, deseen residir en algún lugar donde nunca hayan vivido.

12. Se otorgarán asimismo subvenciones a quienes pidan la extirpación de parcelas cerebrales en que almacenen recuerdos anteriores a su nueva identidad.

5.1.06

Un modelo de gestión

Para concluir este informe de gestión, no podemos dejar de referirnos a la profundización democrática operada en nuestra estructura durante el último ejercicio. La elección de cada jefatura de área mediante sufragio de sus miembros (“un hombre, un voto”) permite no sólo el gobierno democrático del conjunto, sino también de cada una de sus parcelas: narcotráfico, prostitución, corrupción institucional, extorsión y venta de armas. Las cinco divisiones han elegido, mediante votación secreta y directa, sus propios consejos directivos; y éstos a su vez, investidos de la representatividad que les concede emanar de las bases, han designado al rector máximo de la organización.

Se han armonizado así participación y eficiencia, democracia y resultados. Ésta es la clave de nuestro éxito, patentizado por el crecimiento de las cinco áreas de negocio.

Igualmente se ha avanzado en la independencia de nuestro sistema de justicia. Los tribunales han actuado autónomamente, sin injerencias de la jefatura al enjuiciar desviaciones. Ello no ha impedido la ejemplaridad de las decisiones tomadas en aplicación de nuestro código (incluida, cuando ha sido necesario, la pena capital). Para el próximo ejercicio parece conveniente incidir en la descentralización. A tal fin se crearán tribunales especiales para transgresiones en prostitución y corrupción pública, tal como ya se hizo para los sectores de armas y narcotráfico.

De entre las agrupaciones que operan extramuros de las leyes y tratados, la nuestra se ha afianzado como la más eficaz y cohesionada, merced a su vertebración democrática. He aquí lo que diferencia una auténtica organización, como la nuestra, de una simple banda de secuaces regida por la arbitrariedad.

En suma: nuestra corporación, cuyo ámbito de negocio es inconciliable con la legalidad exterior, requiere fortalecer su entramado jurídico como presupuesto de perduración. Y esa solidez únicamente puede venir de su aprobación por cargos electos, lo que otorga legitimación de origen, garantiza el apoyo de las bases y confiere estabilidad organizativa. De ahí nuestro empeño en potenciar los resortes de la democracia.

(Aplausos.)

4.1.06

Volver a los diecisiete

Cinco monas capuchino de la variedad marrón han sido sometidas al experimento en la Universidad de Emory, Atlanta. Se pretendía estudiar su capacidad de reacción ante el trato desigual.

Se les pidió una tarea a cambio de una recompensa (un pedazo de pepino), si bien una de ellas recibía uvas de premio, fruto más apreciado por la especie.

En la mayoría de las pruebas en que no se produjo un intercambio servicio/pago ajustado a las reglas de la igualdad, las primates se rebelaron lanzando al aire el objeto de la prueba o el premio recibido. Es decir, rechazaron el pepino cuando observaron que otra colega obtuvo un premio más valioso (uvas) por el mismo o menor esfuerzo. Además, al ver que una de las monas recibía uvas sin haber trabajado, las demás se negaron a continuar la tarea.

(Lo encuentras en el periódico, no en lugar destacado sino en un rincón: ¡como si fuera una bagatela! Lo relees varias veces. Has cumplido 40 años. No sentías nada igual desde El Manifiesto Comunista.)

3.1.06

Rosa y Rosario

No es coherente ir con un libro de Rosa Luxemburgo en el bolsillo y dejar que otra persona te haga la cama. A los 18 años en la residencia universitaria uno puede admitir que le preparen la comida, le laven la ropa…, pero no que le hagan la cama. Esto último es degradante, indigno, servil. Por eso, cuando Rosario entra en mi habitación encuentra la cama hecha.

-Gracias, pero ya la hice yo.

Rosario barre un poco y sale sin despedirse.

Tres días después dice:

-Tengo que hablar contigo. Si todos hicieran lo que tú, me echarían. Sobraría aquí, ¿me entiendes? Y vivo de esto. Soy viuda y tengo tres hijos. Así que, por favor, no te hagas más la cama.

Comprendo que tiene razón. Dejaré que Rosario haga mi cama cada día.

Saco el libro del pantalón y, mirando la portada, intento explicárselo a Rosa Luxemburgo.

2.1.06

Inutilízame

(Al abuelo de Mati que no conocí.)



Yo me envuelvo la rodilla en un paño y tú me golpeas con el rulo de amasar, fuerte, varias veces, hasta que la oigas crujir, un chasquido, y veamos que se hincha y se pone morada o negruzca, la sangre derramada por dentro, y así poder decir que sufrí un accidente, el caballo tropezó y me caí, me golpeé en la rodilla, la tengo inflamada, conseguir una baja del médico y librarme, ser eximido de formar el pelotón. Porque yo no voy a fusilar a nadie, ni aunque lo mande el jefe del Estado, ni aunque lo ordenase en persona el duque de Ahumada, ni aunque me arresten, ni aunque me fusilen. (Bueno, de esto último nadie puede estar seguro.) Vamos, Carmencita, atiza fuerte, da otra vez con más brío, ensúciame las rodillas con mi propia sangre y preserva mis manos de sangre ajena.

Confieso que he reído

El niño tiene once años. Le han contado un chiste y él, a su vez, lo ha contado a otras personas.

Le remuerde la conciencia y por eso el domingo va a confesarse.

-Me acuso de haber contado un chiste.

-Está bien, hijo, ¿era un chiste de mayores?

-Es que en él interviene Dios y no sé si es pecado.

El niño cree que, para obtener la absolución, tiene que contar el chiste al sacerdote.

-Un obispo está jugando al golf con otra persona. Cada vez que el obispo equivoca un golpe, grita “¡coño, qué fallo!”. Su acompañante le dice: “Reverendo, no es propio de un obispo usar esa expresión. El Señor puede castigarle”. A la tercera vez que el obispo exclama “¡coño, qué fallo!” se abre el cielo y un rayo fulmina, no al obispo, sino a su acompañante. Ante lo cual una voz procedente del Más Allá grita: “¡coño, qué fallo!”.

El confesor rompe a reír y durante un minuto (o sea, una eternidad) sus carcajadas se amplifican por el confesionario y retumban en las paredes. El niño siente que toda la parroquia lo mira mientras siguen sonando las risotadas y hasta el techo de la iglesia parece desternillarse.

Ojalá que te vaya bonito

Un convenio regulador tiene que aquilatar todos los detalles, no debe dejar nada a la improvisación. Por eso había que determinar la custodia de Aida. Entre personas maduras este asunto tenía un modo claro de resolverse. Descartada la custodia compartida (pues tras el divorcio iban a residir en ciudades distintas), la solución natural consistía en situar a Aida en el jardín, ponerse cada uno en un lugar equidistante y dejarla decidir con quién se iría. No valían trucos para atraerla: ni llamarla, ni mostrarle un obsequio... Que sus sentimientos actuaran con libertad.

Llegado el momento, Aida miró a izquierda y derecha. Sin moverse un centímetro decidió dormir una siesta. Ambos esperaron sin cruzar palabra durante hora y media, lamentando no haber cogido nada para leer.

Aida se incorporó. Bostezó, estiró regiamente sus músculos y empezó a caminar. Sin tomar impulso salvó los dos metros que había entre el suelo y la ventana de don Damián, el viejecito que nunca sale de casa. No era la primera vez que Aida saltaba hasta allí. Desde el alféizar volvió a mirar tristemente a ambos lados, hasta que el anciano la cogió y la abrazó contra sí. El ronroneo era suave pero audible.

21.12.05

Abraxas

Abraxas.



-No hemos querido molestarla hasta que saliera de la UCI. Ahora que su hijo se encuentra bien y usted ya está en planta, querríamos que contestara algunas preguntas. Es para el atestado.

-No hay problema. Responderé hasta donde me acuerde.

-Bien, vamos allá. ¿Recuerda cómo se produjo el choque?

-Al entrar en la curva la furgoneta invadió mi carril. De pronto la vi de frente, venía directa hacia mí. Instintivamente giré el volante hacia la derecha y nos salimos. De repente me encontré “cabeza abajo”. Miré atrás y vi a mi hijo. Lloraba, así que estaba vivo. Con mucho esfuerzo conseguí salir por el parabrisas. Intenté sacar al niño, pero los brazos no me obedecían. Entonces vino aquel hombre. Recuerdo cómo soltó el cinturón de la sillita, agarró a mi hijo y lo levantó. Todo pese a llevar las manos esposadas. Lo sacó del coche y lo apartó de allí.

-¿Estaba ya ardiendo su coche en ese momento?

-Creo que todavía no, porque el niño no ha tenido quemaduras. Ni yo tampoco. Sólo traumatismos.

-Entonces, ¿cuándo se dio cuenta usted de que su coche ardía?

-Un poco después, dos minutos o así. Pero ¿por qué es tan importante el momento?

-Mire, señora, aquel hombre murió carbonizado. La hipótesis que manejamos es que sus ropas se prendieron al rescatar a su hijo.

-Así que ha muerto...

-Queremos aclarar el modo como se incendiaron sus ropas. Dese cuenta de que ese hombre estaba detenido, así que el Estado era responsable de su custodia.

-Entonces ¿murió abrasado?

-Sí. Con las esposas debió serle imposible quitarse las ropas. Y como estaban ardiendo...

-Me dejan atónita... ¿Y por qué fue detenido?

-Bueno, en realidad no estaba detenido. Ya había sido condenado. El furgón que chocó con su coche venía de la Audiencia. Era un traslado penitenciario: lo conducían a prisión, a cumplir condena.

-Condena... ¿Por qué delito?

-Homicidio.

Calle Valdivia nº 10

Calle Valdivia nº 10.


A Pedro Bago y Consuelo Ruiz


La casa de Pedrito tiene dos habitaciones junto al patio a las que llamamos cuadrillas. En una de ellas solemos jugar. También tiene un pozo dividido por una pared, medio pozo para su casa y otra mitad para la contigua. A veces su madre habla con la vecina a través del pozo. De la pared cuelga un nido de barro seco, las golondrinas vuelven cada primavera (hay que respetarlas porque arrancaron a Cristo su corona de espinas). Hay también un tejado por el que andan los gatos.

La madre de Pedrito se llama Consuelo, llama alfileres a las pinzas de tender la ropa, alacena a la despensa, peros a las manzanas, y en lugar de jersey dice saquito. Si va a comprar no dice voy al mercado, sino voy a la plaza. Cuando a Pedrito se le desarregla la ropa o lleva la camisa por fuera, dice
¡qué hechuras!
y yo no lo entiendo. En casa de Pedrito hay un botijo del que se debe beber a caño, me atragantaba siempre, por eso lo hago a morro cuando nadie me ve. La madre de Pedrito hace los polos más ricos del mundo, de leche canela y azúcar, con forma de cubito que se cogen con un mondadientes. También me da la merienda a la vez que a Pedrito, para que
no se te salte la hiel.
Me comía primero el pan para disfrutar después del chocolate solo. A veces ella, cuando ve que he comido todo el pan y aún me queda chocolate, me ofrece más pan.

En casa de Pedrito hay patos y gallinas. A los patos les damos moscas que cazamos, su padre nos regaña porque
las moscas se posan en las cacas y los patos son para comerlos.

Cada vez que su madre mata un pato, Pedrito se enoja y se niega a tomar la carne.

El Guadalquivir queda a varios kilómetros, pero se ataja por la vía abandonada del Baeza-Utiel. Por otra parte, un pato cabe en el macuto de gimnasia.

Asustado, no quiere salir, pero le empujamos y cae sobre la hierba. El agua le llama. Sumerge medio cuerpo, suelta un graznido, se aleja nadando. ¿Será verdad que este río pasa por Sevilla y desemboca en Sanlúcar provincia de Cádiz?

20.12.05

Hemorragia interna

Hemorragia interna.




Entra en la habitación del hospital como si temiera llegar tarde a una cita. Mira al enfermo y éste, tras la mascarilla y los tubos, reacciona con sorpresa. El visitante y el hombre encamado se estrechan las manos, fuerte, largamente, hablándose con la mirada. El silencio lo ocupa todo, así que la hija del enfermo tiene que salir. Fuera, con la vista nublada y una presión que crece en la garganta, la muchacha identifica a aquel hombre como el viejo amigo de su padre. Recuerda las charlas y risas de ambos, años atrás, cuando ella era pequeña. Ahora el visitante sale abatido al pasillo. Se acerca a la muchacha y dice: “Dejamos de hablarnos hace años. No recuerdo el motivo. Por una sandez…”. Se gira y echa a andar, haciendo gesto de despedirse con una mano y llevándose la otra a los ojos.

Espeluy

Espeluy.




Tarde plana en el tren. Vagón de no fumadores. Se incorporan viajeros. Se animan a hablar. Uno dice que viaja para poner orden en un asunto de familia, ajustar cuentas con alguien y dar un escarmiento.

Al acercarse a su destino afloran nervios. Saca un cigarro, lo enciende.

Miradas de soslayo, murmullos. Uno le recuerda que no puede fumar. Los demás se unen, forman un grupo, le exigen que apague el cigarro.

Tensión.

El hombre se levanta, planta cara al grupo, les reta a decidir quién va a quitarle el cigarro.

Viaja también una madre con su bebé. Esta mujer dirige al fumador una mirada tierna, como la que mostrará a su hijo cuando un día le sorprenda en una travesura. El niño también mira al fumador, y sonríe.

El hombre apaga el cigarro, se sienta. Vuelve la calma.

Tras el viaje dos personas estrechan sus manos, comparten perdón.

17.12.05

Como una grandiosa espina

-Tapiceros. Dígame.



-Buenos días. Querría saber si pueden tapizar un sillón.



-Sí, claro. ¿Lo va a traer usted o hay que recogerlo?



-Pues... ¿Pueden hacer el trabajo en el domicilio?



-Depende de cómo sea el encargo.



-Bueno, verá. Es un sillón antiguo...



-¿Un sillón solo o un tresillo?



-Un sillón, o sea, una butaca con reposabrazos.



-¿Y sabe ya cómo lo va a tapizar? ¿Ha elegido tela?



-Pues no, sería una tela similar a la originaria, pero... Verá, es que hay un problema adicional. Resulta que he perdido un papel, se ha metido por esa raja que hay entre el asiento y el brazo del sillón. Y por más que he intentado sacarlo, no he podido. Así que, como es un papel importante, quizá haya que desmontar el mueble para sacarlo. He pensado que ustedes... Así además aprovecharíamos para tapizarlo.



-Bueno, pero nosotros el armazón no lo tocamos, eso más bien sería cosa de carpintería.



-Ya. En fin, lo que quiero es que vengan a verlo y así decidir.



-Pero entonces tendremos que facturar el desplazamiento, nosotros el presupuesto no lo cobramos pero el desplazamiento sí.



-Se comprende... Lo que sí querría es que vinieran de seis a siete de la tarde, a esa hora mi madre está fuera. Es que a ella el sillón le trae recuerdos y prefiero que no sepa que vamos a tocarlo.







-Hay que descoser por aquí.



-Haga lo que sea necesario.



-A ver si hay suerte y no tengo que mover listones... Parece que veo algo dentro... pero no es un papel, es una cosa dorada... Ya lo tengo, ah y el papel también.



-¿Y esto? Pues sí que es bonito, no lo había visto nunca.



-Tiene pinta de antiguo. Igual lleva cien años ahí dentro. Esos relojes de bolsillo ya no se fabrican.



-En fin, un descubrimiento. Supongo que mi madre sabrá cómo llegó ahí.





-Hola, mamá. ¿Te has fatigado en el fisio?



-No es fatiga, hijo mío, es desesperación porque los músculos no me obedecen.



-Comprendo. Además, por lo que veo se ha alargado la sesión. Bueno, ahora mismo te llevamos a la cama, entre Silvia y yo. Cuando hayas cenado tengo que enseñarte algo.



(...)



-¿Qué me querías enseñar?



-Lo tengo en el bolsillo. Mira.



-Pero... ¿dónde has encontrado esto?



-En la butaca del salón. Estaba dentro. Tuve que abrirla para recuperar un cheque (nada menos que el talón de la venta de la casa), se me salió del pantalón y se coló por una raja. Y, mira por dónde, además del cheque apareció esto. Pero, ¿por qué lloras?



-Era de tu padre. Su reloj de bolsillo.



-Claro, te trae recuerdos...



-No lloro por eso. Es otra cosa... Es que creímos que lo habían robado... Tu padre lo echó en falta y llegó a la conclusión de que sólo podía haberlo cogido la criada.



-¿La criada? Pero ella lo negaría.



-Todo el tiempo. Pero no sirvió de nada. La despedimos. Figúrate: en un pueblo pequeño, todo el mundo se enteró. Quedó como una ladrona.



-Vaya metedura de pata...



-Y ya ves, ahora resulta que nadie lo robó. Medio siglo ha hecho falta para demostrarlo. Pobre muchacha... Debimos de hacerle mucho daño.



__________________________________________



-¿Quién es?



-Buenos días, señora. Soy Pablo Villanueva, notario. Aquí tiene mi tarjeta. Pero mi visita no tiene que ver con mi profesión. Quería hablarle de un asunto personal. Necesito un poco de tiempo para explicárselo. Puedo volver cuando usted diga, o estaría encantado de invitarla a un café donde guste.



(...)



Pues verá, es una historia larga. Mis padres vivieron en este pueblo hace unos cincuenta años. Mi padre también era notario, y éste fue uno de sus primeros destinos. El caso es que en casa de mis padres estuvo trabajando una mujer, joven, entonces tendría unos veinte años. Un día, mi padre echó en falta un reloj de bolsillo. Era un reloj valioso, de oro. Buscaron por todas partes pero no apareció. Como mi padre estaba seguro de haber traído el reloj a casa y no haberlo perdido fuera, sospecharon de la cria... o sea, la asistenta. Ella negó haberlo cogido, pero el caso es que mis padres perdieron la confianza en ella y... la despidieron. Poco después mi padre se trasladó a otra notaría. No volvieron a saber más de aquella mujer.



Ahora hay que dar un salto en el tiempo. Hace apenas un mes, estando yo sentado en una butaca, del bolsillo del pantalón me desapareció un cheque. Estaba tan seguro de que lo llevaba ahí, que sólo encontré una explicación: se había metido por la raja, ésa que tienen los sillones antiguos entre el asiento y los brazos. Intenté meter la mano para cogerlo pero fue inútil. Tuve que avisar a un tapicero. El caso es que, al desmontar el sillón para sacar el cheque, apareció también el viejo reloj de mi padre. O sea, que siempre estuvo allí: nadie lo había robado.



-¿Y por qué me cuenta todo esto?



-Pues el caso es que la asistenta a la que mis padres despidieron podría ser... su madre.



-¿Y cómo ha llegado a esa conclusión?



-Mi madre me ha proporcionado algunos datos, más bien pocos, porque ha transcurrido mucho tiempo. Y esos datos los he pasado a una agencia de investigación. Ya sé que le sonará raro, contratar a un detective para esto. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?: no sé hacer averiguaciones, y ni siquiera conocí a esa mujer: cuando eso ocurrió yo aún no había nacido.



-¿Y para qué la busca?



-Para que mi madre pueda disculparse. Necesita disculparse con ella, pedirle perdón.



-Vamos a ver si lo he entendido: Su madre echó de su casa indignamente a la mía, y ahora, al cabo de un montón de años, quiere lavar su conciencia.



-Sí, podría decirse así.



-¿Y ha venido su madre al pueblo con usted?



-No, ella está impedida, en silla de ruedas. Precisamente el cheque que perdí era por venta de nuestra anterior casa: nos hemos tenido que mudar porque ya no puede subir escaleras. Por desgracia le queda poca vida. Su enfermedad es incurable, una cuenta atrás. El favor que quiero pedir a su madre es que viaje conmigo para que la mía pueda disculparse. Para que no muera con esa comezón.



-Tengo que pensarlo. En principio me parece que, si eso es verdad, lo que hicieron con mi madre fue una cabronada. Y eso no se borra diciendo “lo siento” al cabo de cincuenta años. Por lo menos, que quienes lo hicieron lleven ese peso en su conciencia.



-Comprendo su reacción. A mí también me subleva, ¿sabe?, aunque los autores de esa infamia fueran mis padres. Lo único que le pido es que me permita hablar con su madre, o al menos le transmita mi ruego. Piénselo, por favor, y dígame cuándo podríamos vernos otra vez.



_______________________________________________



-Ya he hablado con mi madre. No es la persona que busca.



-¿Ah, no?



-No.



-Pues... tendré que seguir indagando.



-No hace falta.



-¿Cómo?



-Que no es necesario. Su detective iba bien encaminado, sólo se equivocó un poco. La persona a la que busca es mi tía.



-Ah, entonces se explica el error: los mismos apellidos, el mismo pueblo... Y ¿me permitiría usted hablar con su tía?



-No puede ser: está muerta. Murió hace dos años.



-Vaya... Me deja de piedra.



-Pues eso es lo que hay.



-No sé cómo va a encajarlo mi madre cuando se lo diga. No tiene ánimo para nada desde que apareció el reloj.



-Lo siento, y perdón por haber estado áspera el otro día. Usted no tiene culpa de lo que hicieron sus padres. Tengo que dejarle.



-¿Sabe? Ya que su tía ha muerto, me gustaría al menos explicar a mi madre cómo fue su vida: qué pasó después de que la despidieran.



-Se fue del pueblo. Quien mejor conoce la historia es mi madre.



-Entonces, por favor, permítame hablar con su madre.



-Está bien, le daré las señas del hospicio, anótelas si quiere.





-Buenos días, señora. Soy Pablo Villanueva.



-Mi hija me ha hablado de usted.



-Bueno, ya sabe por qué he venido. Querría que me hablara de su hermana.



-Mi hermana... Cuando la despidieron de casa del notario, se marchó del pueblo. Aquí todo el mundo la miraba como a una ladrona. Porque se corrió la voz.



-Pero encontraría trabajo en otro lugar.



-Le daba igual todo. Algún trabajo tuvo, pero al final se fue con las monjas. En el convento vivió en paz, hasta que le vino la trombosis. Va para dos años que murió.



-Estoy pensando... Señora, lo que voy a pedirle quizá le parezca un despropósito. Pero mire, mi madre va a sufrir mucho si sabe la verdad. Ella necesita pedir perdón por aquella injusticia. Y no se puede pedir perdón a una persona muerta. Si usted aceptara venir conmigo y hacerse pasar por su hermana... Se lo suplico. El viaje no es largo, y luego… Será un momento. Simplemente para que mi madre pueda, antes de morir, implorar su perdón.



_______________________________________________



-Mira, mamá, ha venido conmigo Ino.



-Acércate, ven que te abrace. ¡Cuánto te hicimos sufrir, y sin ninguna razón!



-Vamos, señora. El tiempo lo cura todo.



-Perdona, hija mía, ¡qué injustos fuimos!



-Está perdonada, señora. No dé más vueltas a eso.



-Y cuéntame, Ino, ¿qué fue de ti?



-Pues ya ve, señora, me casé, tengo una hija, dos nietos...



-¿Seguiste viviendo en aquel pueblo?



-Sí, señora, allí sigo. Aunque ahora estoy en el asilo municipal, por no dar la lata a la familia.



-Pero... ¿Seguro que eres Ino? De pronto me ha venido a la cabeza... Ino tenía una hermana, yo creo que... Durante un tiempo estuvo viniendo a casa cuando ella enfermó. Las mismas facciones, ese lunar en...



-Ha acertado, señora: soy Adela, la hermana de Ino. Pero da igual. Yo la perdono a usted en su nombre. La perdono como Ino la habría perdonado. ¿Sabe? Ino se hizo monja, estuvo en clausura y fue feliz a su manera. Va a hacer dos años que murió. Ino está en el cielo y allí la ha perdonado. Y Dios también. No llore, señora.



-¿Has ideado tú esta farsa, Pablo?



-Lo siento, mamá. Sólo quería que dejaras de sufrir.



-...Y toda mi vida así, sin pintar nada. Fue mi marido quien se empeñó en despedir a Ino. Dijo que bastante hacía con no denunciarla al juez. Habría sido aún peor: ¡una denuncia del señor notario! Con esto no me justifico: yo también soy culpable por no afear más la conducta a mi marido. Una reputación destruida sin pruebas, temerariamente... ¿Y qué importaba, siendo una pobre criada?



-Vamos, señora, tranquilícese. Yo también me he prestado a esta simulación, para consolarla. Abráceme otra vez y será como si abrazara a Ino.



-Gracias. ¿Sabes que me queda poco tiempo de estar aquí? Pronto... No sé dónde iré cuando muera, si es que voy a alguna parte. Pero, sea como sea, ya no veré más humillación ni injusticia.

La Verdadera espina

La verdadera espina (o Así me lo contaron).







A Javier L., que lo vivió.

A Ino, esté donde esté.



Ocurrió cuando yo tenía ocho años.



Estando mi padre sentado en un sillón (un viejo sillón de terciopelo azul que había pertenecido a mis abuelos maternos), de un bolsillo de su pantalón se salió accidentalmente un documento (creo que un talón bancario) que se coló por una de las ranuras existentes junto a los brazos del sillón. Al percatarse, mi padre intentó sacarlo, pero le fue imposible porque el documento se había metido hasta el fondo y la abertura resultaba estrecha. Incluso mis padres recurrieron a mí, pensando en que al tener las manos más pequeñas podría extraerlo, pero tampoco lo logré.



Como aquel papel era muy importante para mi padre, no hubo más remedio que desmontar parte del butacón para extraerlo de su interior. Cuando lo hicieron, mis padres consiguieron recobrar el documento, pero además encontraron otro objeto dentro del sillón. Era un reloj de bolsillo, dorado, con una larga cadena. Al verlo, mi madre exclamó que aquél era el reloj de su padre.



Efectivamente se trataba, según supe después, de un reloj que perteneció a mi abuelo. Al conocer la noticia, mi abuela (que entonces vivía con nosotros) rompió a llorar. Todos pensamos que sollozaba por la emoción que aquel objeto le producía al recordarle a su marido (mi abuelo), ya fallecido. Pero no. Según nos contó, la causa de su aflicción era otra. Se debía a que aquel reloj lo echó en falta su marido hacía varias décadas, y al notar su ausencia mis abuelos sospecharon de la criada que entonces servía en la casa. La interrogaron varias veces y, pese a sus constantes negativas, decidieron despedirla porque estaban convencidos de que ella había hurtado el reloj. Pues bien: casi treinta años después aquel reloj había aparecido dentro del armazón de una butaca vieja. Un hallazgo casual exhibía, muchos años más tarde, la iniquidad acusadora de mis abuelos, su terrible injusticia con esa pobre mujer.



Espoleada por su conciencia, mi abuela decidió viajar al pueblo en que había vivido cuando eso ocurrió, confiando en que aquella sirvienta seguiría residiendo allí. Deseaba vivamente disculparse e implorar su perdón después de tanto tiempo. Pero su propósito fue vano: cuando llegó al pueblo le informaron de que aquella mujer había muerto hacía dos años.



Nunca he vuelto a ver aquel reloj de bolsillo. Al morir mi abuela no lo encontramos entre sus pertenencias.



A aquella criada, según dijo mi abuela, la llamaban Ino. Intuyo y se me clava su nombre completo.

Vosotras moscas vulgares

Como continuación del atestado instruido acerca del accidente de tráfico que afectó al camión arriba referenciado, por esta comandancia se han practicado diligencias ampliatorias, que se relacionan seguidamente.



Ha podido constatarse que la carga que el camión transportaba, parte de la cual cayó durante el accidente y quedó esparcida en carretera y arcén, no se corresponde con la mercancía para cuyo transporte estaba autorizado el camión. Este hecho ya fue advertido al tiempo de redactarse el atestado inicial, toda vez que la licencia se hallaba concedida para el transporte de hortalizas y frutas, mientras que la carga desprendida del remolque consistía fundamentalmente en pequeños gusanos o larvas de insecto. Estas larvas estaban vivas, siendo transportadas en cajas acondicionadas para su traslado y mantenimiento con vida, disponiendo incluso de una pasta o preparado para su alimentación.



Cautelarmente se intervinieron dichos insectos.



Como quiera que las expresadas circunstancias, aparte de la irregularidad administrativa inherente al transporte de mercancía no autorizada, pudieran comportar otras conductas ilícitas, con transcendencia incluso penal en caso de productos tóxicos o infecciosos, se han practicado averiguaciones en varios ámbitos.



En primer lugar, se ha recabado informe de un zoólogo de la Facultad de Ciencias Biológicas, que se adjunta al presente y que concluye que las larvas intervenidas son de mosca común. Por tanto, no se trata de especie potencialmente dañina, más allá de las consabidas inconveniencias o molestias que las moscas vulgares ocasionan.



En segundo término, se ha interrogado al conductor del camión, quien, si bien en un primer momento declinó contestar a las preguntas que se le formularon, posteriormente y tras efectuar una llamada telefónica (a lo que fue autorizado por esta comandancia), accedió a ello realizando las siguientes manifestaciones:



Preguntado por la razón de transportar larvas de insecto, responde:



Que la fábrica de insecticidas en que trabaja ha reducido notablemente sus ventas en los últimos tiempos, lo que entiende es debido a la disminución de moscas en el entorno.



Preguntado sobre qué proyectaba hacer con las larvas, responde:



Que pretendía dejarlas en libertad en cuanto se desarrollaran lo suficiente para volar.



Preguntado si pretendía establecer un criadero, responde:



Que no lo descartaba.



Preguntado sobre la procedencia de las larvas, responde:



Que las ha adquirido en el extranjero, no deseando concretar su origen ni las personas que las han suministrado, si bien quiere precisar que las ha obtenido a precio módico.



Preguntado si ha recibido instrucciones de su empresa para que traiga moscas a nuestro país, responde:



Que no.



Preguntado sobre quién le ha encargado dicho transporte, responde:



Que nadie se lo ha encargado.



Preguntado por el motivo último de transportar larvas de mosca, responde:



Salvar su puesto de trabajo.



Invitado a concretar más su respuesta, añade:



Que la empresa ha iniciado ya los trámites de regulación de empleo, en la planta de insecticidas domésticos, para suprimir esta línea de producto y cesar a los trabajadores de la sección. Que pensó que, de aumentar la demanda de esos insecticidas, la empresa podría desistir del ajuste y mantener su plantilla.



Preguntado sobre si además del declarante hay otros trabajadores involucrados en el transporte de larvas, responde:



Que no desea contestar.



Preguntado si quiere añadir algo más a su declaración, responde:



Que el declarante no es ningún delincuente porque no ha robado ni dañado a nadie. Que siempre ha habido moscas y la gente ha usado insecticidas para librarse de ellas. Que sólo quiere que sigan vendiéndose matamoscas, para salvar su puesto de trabajo y los de sus compañeros. Que si pierde su empleo en la fábrica de insecticidas, se quedará en paro y no sabe de qué vivirá. Que tiene tres hijos menores de edad. Que ahora ocurre esto con las moscas pero después será con las hormigas. Que el consumo de cucarachicidas también está decayendo. Que puede ser a causa de la contaminación.







-Bueno, ya está transcrito. ¿Lo damos por terminado?



-No, hombre, hay que añadir que no se desprende relevancia penal y por eso le hemos dejado irse.



-A mí me parece un tío valiente.



-Al menos no se resigna a que lo echen.



-Los que deciden los recortes son unos capullos. Con qué indolencia tiran a la gente, pero en cambio sus sillones de directivo son sagrados.



-Pero es que… Tiene su lógica: si la gente no compra insecticidas, no tiene sentido fabricar algo que no se vende. Entonces hay que despedir a quienes trabajan en eso. O sea, amortizarlos. Es la ley del mercado.



-Así visto parece simple. Pero no deja de ser una putada. Imagínate que de repente no se cometieran delitos, que todo el mundo cumpliera las leyes: ni un homicidio, ni un robo… Entonces tú y yo sobraríamos: todos los policías, guardias, vigilantes… al paro.



-Quieres decir que cobramos gracias a los delincuentes. Vamos: que vivimos de ellos.



-Ríete, pero es así. Si no hubiera delincuentes tendríamos que plantearnos ser policías de día y ladrones de noche. Así no nos considerarían prescindibles, ex-ce-den-ta-rios. Una vez leí en el periódico que un bombero forestal provocaba incendios para evitar que suprimieran su retén.



-¿Ah, sí? Tiene gracia.



-¡Toma!, y hace un siglo hubo obreros que rompían máquinas porque por su culpa perdían el jornal.



-Cómo se ve que lees historia.



-Me interesa, aunque no sirve para nada. Fíjate que, actualmente, la industria militar se las arregla para que siempre haya alguna guerra: para las fábricas de armas, la paz significa su quiebra.



-Pero todo eso es insensato. Lo único claro es que, si no pudiéramos seguir trabajando en esto, intentaríamos dedicarnos a otra cosa.



-Sí, pero imagínate que mañana te despiden. No es fácil empezar de nuevo. Antes tienes que encontrar otro empleo, aprenderlo, reciclarte…



-Tendría derecho a cobrar el paro.



-Pero no es lo mismo. Mucha gente se siente fracasada al perder su trabajo. De pronto los ingresos se reducen al mínimo, se hace difícil convivir, la familia paga los platos rotos. Tus hijos se van al colegio y te preguntan: “papá, ¿por qué no trabajas?”. Y encima, desde fuera te miran con suspicacia, como a un defraudador o un parásito. Y tampoco sabes cuándo acabará eso.



-¿Y qué solución se te ocurre? Si no hay moscas, es una ventaja. Igual que si no hubiera delitos. Lo que la gente ahorre en insecticidas o en blindajes, se lo gastará en otras cosas. Y eso generará nuevos empleos. Las necesidades humanas son ilimitadas.



-No estoy de acuerdo: las necesidades son limitadas, lo ilimitado es la codicia.



-Bueno, llámalo como quieras.



-¿Recuerdas cuando para sacar dinero del banco tenía que atenderte un cajero, un cajero-persona? ¿Y cuando había cobradores en los autobuses (no como ahora, que cobra el conductor)? Y los cobradores seguían siendo útiles, los quitaron para ganar más dinero. ¿Crees que esos puestos se han sustituido por otros? Más bien se han perdido, sin más.



-No; es distinto. Lo que digo es que, si siguieran los cobradores en los autobuses y los cajeros en las ventanillas, esos servicios serían más caros. Entonces la gente tendría menos dinero para gastar en otras cosas, y eso impediría surgir nuevos empleos.



-Es posible, pero debe haber otra forma de progresar, sin tirar gente a la calle. El precio es demasiado alto. Si hay que pagarlo, repartámoslo entre todos. Porque, aunque esa gente acabe encontrando otro empleo, el problema es “mientras tanto”. Y… Hola, amiguita, ven aquí. ¿Has visto… qué mosca más guapa?